Negocios| 5 Sep 2008 - 11:30 pm

Audio de un negocio con decibeles lucrativos

Música hecha empresa

Por: Edwin Bohórquez Aya
La industria de los ‘jingles’ en Colombia está sonando más fuerte que nunca. Los ingresos son cada vez más altos, los empresarios más organizados y los pautantes y agencias invierten más dinero en la efectiva herramienta. 
Miguel de Narváez
Foto: Herminso Ruiz - El Espectador

Miguel de Narváez, director musical de la empresa Sonido Comercial.   

El negocio: producción de audio con fines comerciales. La fórmula: fusionar el arte musical con las técnicas del mercadeo. El objetivo: jingles que llegan al consumidor en busca de recordación inmediata. El resultado: “TCC cuuumple, con responsabilidaaad”;  “Servientrega es entrega seguuura”;  “Coordinadora, recoge y entrega contrarreloj”. O “Quiero mi Sprint, adoro mi Sprint, su línea moderna, su espacio interior. Adoro mi Sprint porque acorta distancias, permanece conmigo. Yo quiero mi Sprint, me lleva, me trae, mi Chevrolet Sprint, es tan económico, es tan especial, quiero mi Sprint... adoro mi Sprint...”. ¿Los recuerda?

Tal vez para algunos sólo signifiquen 30 segundos más en la radio, para otros la música de fondo en un comercial de televisión o simplemente el audio de la máquina contestadora cuando se llama a solicitar un servicio en una famosa organización. Pero en realidad se trata de los jingles, que en Colombia han causado tal nivel de recordación, que lograron que la industria del audio esté de moda y aumentando cada vez más sus decibeles en producción, contenido y jugosas ganancias para toda la cadena.

Tanto, que las cifras riman a la perfección. Juan Carlos García, director de recaudo de Sayco, lo detalla: “Podemos hablar de, más o menos, proyectado para este año en ingreso por con concepto de uso y pagos de derechos de autor (comunicación pública de obras musicales en publicidad), unos US$170.000”. Una industria en ascenso si se tiene en cuenta que en 2001 el número tan sólo llegaba a los US$35.000, en el 2003 a los US$80.000 y en el 2005, a los US$100.000”.

El progreso del negocio lo confirma Miguel de Narváez, director musical de la empresa Sonido Comercial, catalogada como la primera en el ranking de productoras de audio en el país, cuando revela que su compañía facturó el año pasado “un poco más de $1.600 millones, con cuñas, jingles, etc., y esperamos este año llegar a los $2.500 millones”. Lo dice mientras toca el piano, su instrumento favorito, para recordar que detrás de docenas de composiciones de Coca-Cola, General Motors, Caracol Televisión, Davivienda y Aguardiente Cristal, entre otras, ha estado el equipo de su organización.

Atractivas composiciones que hoy tienen precios en el país más altos que los de Argentina, uno de los países líderes en la región cuando se trata de temas publicitarios. “Hacerlo hoy en día es muy costoso, lo que vale es la composición y el mérito de la canción misma. Cada jingle vale en promedio  $5’000.000, que son 30 segundos. Es fundamental que el empresario entienda que la canción no es de él, que compra una licencia para ponerla en los medios”, aclara De Narváez.

El trabajo necesario para obtener una propuesta consolidada  tarda ocho horas, en promedio, logrando allí la composición, creación y grabación. Sin embargo, es necesario hacer una preproducción que se demora un día, buscando que la idea del cliente quede plasmada en el sonido. Es en este momento cuando el compositor, el productor, junto a los cantantes e ingenieros, le dan vida a los jingles que se escuchan en los medios masivos de comunicación.

Por ejemplo, Mauricio Leyva, vicepresidente de mercadeo de Bavaria, recuerda: “Para el caso de nuestra promoción de ‘Amigos por Millones’ —el lema de campaña decía: ‘Con amigos por millones, si gana uno, ganan todos’— hicimos referencia a cómo Águila fomenta y premia la amistad  —bajo el concepto de socialización—, que es parte importante en el contexto de las ocasiones de consumo de la marca. En términos de inversión, normalmente el 30% se hace a través de radio, medio para

  • Edwin Bohórquez Aya | EL ESPECTADOR

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