Vivir| 31 Jul 2008 - 6:12 am

Un aula dedicada a la tecnología

La sala de la simulación

Por: Diego Alejandro Alarcón
Con dispositivos de última generación se avanza en el estudio de la ciencia, la animación y la medicina. El salón Colivrí de la Universidad de los Andes es donde tienen lugar las investigaciones.
El Phase spase
Foto: Diana Sánchez

El Phase spase utiliza un traje de luces para captar el movimiento detalladamente.   

El Colibrí es un pájaro, pero la Universidad de los Andes quiso darle el mismo nombre a su laboratorio tecnológico. Sin embargo, hay una diferencia clara en la ortografía, el del laboratorio se escribe con “V”, porque según palabras de Pablo Figueroa, el ingeniero encargado de los asuntos técnicos del centro, “es la letra con la que se escribe realidad virtual”.

En todo caso, llamarle Colivrí resulta mucho más práctico que referirse al recinto por su nombre técnico: Colaboratorio de visualización inmersiva, robótica, interacción y automatización. Es un salón grande, de aproximadamente 250 metros cuadrados, rodeado por las múltiples aulas que hacen parte del Edificio Mario Laserna de la universidad.

Su interior parece sacado de una película futurista, tres grandes telones cuelgan de uno de los costados. En frente, apoyadas en trípodes, una serie de cámaras ultrarrojas se encargan de percibir los movimientos de la persona que viste un traje negro lleno de sensores. Un poco más a la izquierda hay un monitor de computador puesto encima de un vidrio especial, que proyecta la imagen en tres dimensiones. Al fondo, unos pequeños robots que juegan fútbol, y en la esquina de la puerta de entrada permanece apagado un aparato que simula los movimientos de una canoa de combate acuático.

Rastreando el cuerpo

El dispositivo que más llama la atención es el Phase Space. En una área delimitada por cuatro cámaras infrarrojas, un joven estudiante realiza diversos movimientos que se reproducen con líneas y puntos en un computador portátil, vía inalámbrica, en tiempo real.

El vestido negro es literalmente un traje de luces. A lo largo y ancho del cuerpo tiene distribuidos sensores conectados a pequeños bombillos rojos que se encargan de enviar 480 pulsaciones (encendido y apagado), por segundo. Las cámaras infrarrojas captan cada pulsación al instante y el movimiento queda archivado en el computador con excesivo detalle.

  • Diego Alejandro Alarcón | EL ESPECTADOR

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