Judicial| 3 Ago 2008 - 11:04 pm

Hace 20 años, ni sordos ni mudos ni invidentes podían ser funcionarios judiciales

Sorda y ciega, pero justicia

Por: Diana Carolina Durán Núñez
A Soledad Castrillón y a Reinaldo Gómez les dijeron que no tenían lo necesario para ser abogados: la primera, el oído y el segundo, la vista. Pero ambos, contra todo pronóstico, obtuvieron su título y hoy laboran en el sistema judicial colombiano.
Soledad Castrillón
Foto: Luis Benavides-El Espectador

A Soledad Castrillón, el lenguaje de las señas le parece excluyente y poco útil. Por eso nunca quiso aprenderlo.    

A Soledad Castrillón le faltaron $15 para morir en el holocausto del Palacio de Justicia. Llevaba un año trabajando en la Federación Nacional de Sordos de Colombia (Fenascol) como auditora fiscal, y había escogido ese miércoles 6 de noviembre de 1985 para ir al edificio de los altos tribunales y buscar al magistrado de la Corte Suprema Manuel Gaona Cruz. “Voy si me pagan”, pensó en la víspera. Pero el cheque no llegó a sus manos ese día. Gaona Cruz murió; ella todavía vive para contarlo.

La suya es una historia de vida atravesada por la supervivencia. Mientras jugaba en un columpio, con 8 años de edad, tuvo un pequeño accidente que años después significaría el fin de los sonidos en su mundo. Poco a poco comenzó a escuchar cada vez menos. Y a medida que sus oídos perdían su razón de ser, veía cómo muchos de sus amigos se iban esfumando. “Fue una época en la que lloré mucho —recuerda Soledad—, pero lo que uno ve como malo no siempre lo es”.

Reinaldo Gómez perdió la vista en una situación mucho menos inocente. Transcurría el año 1958. La violencia bipartidista persistía. Su padre, un conservador desde la cuna, sentía su vida y la de su familia amenazada por los liberales que dominaban Caracolí (Magdalena Medio antioqueño), así que tomó a su esposa, sus hijos, una vaca, un caballo y todos salieron huyendo. En el camino Cisneros, Reinaldo se cayó de un puente. Once años después, con 15 años de edad, dejó de ver en un abrir y cerrar de ojos.

Soledad quería ser juez desde pequeña. “En mi familia cuentan que cuando nací, yo no lloré sino que alegué”, dice entre risas. Fue la menor de 17 hijos, y aunque todos los demás se inclinaron por la enseñanza, ella eligió las leyes. Deseo que, en la adolescencia, casi se convierte en su más grande pesadilla, cuando tuvo que dejar los audífonos porque su sordera ya era profunda e irreversible. “Pero soñaba con ser jueza”, repite. “Aunque una de mis frustraciones es no haber sido maestra. Porque llevo la vocación en la sangre”.

Reinaldo no sabía que lo suyo era la abogacía hasta que ingresó a la Universidad Pedagógica, en Bogotá, para ser licenciado en educación especial. Un par de semestres más tarde se inscribió en la Universidad Santo Tomás como estudiante de Derecho. “Necesitaba una universidad cercana para poder hacer las dos carreras”, recuerda. Viajó hasta Bucaramanga para conseguir un segundo crédito en el Icetex y así terminó materias en ambas instituciones.

El paso por la universidad fue, para ambos, un asunto de supervivencia. De cómo culminar sus carreras sin que su

  • Diana Carolina Durán Núñez | EL ESPECTADOR

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