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Deportes 1 Ene 2009 - 7:23 pm

Ecos de la muerte de Carlos Ávila

El atletismo llora a un maestro

Carlos Ávila, adiós al Maestro

Por: José Briceño, London, Ontario, Canadá. / Especial para El Espectador
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Foto: Archivo El Espectador

Víctima de un virus pulmonar y tras soportar estoicamente una lenta agonía falleció en Cali, a la edad de 84 años, Carlos Ávila Medina, a quien merecidamente se ha considerado, en los últimos 50 años como el padre del pista y campo colombiano. Hoy el deporte está de luto y el atletismo llora sin consuelo, la partida de un irreemplazable. Como bien lo reconoce Pedro Grajales “Ávila fue el papá de todos nosotros”.

Si a alguien le debe mucho el atletismo colombiano es a Carlos Ávila Medina, quien durante 70 años respiró y transpiró deporte como nadie en Colombia. Su nombre es ampliamente conocido en el pista y campo nacional, desde que se inició como basquetbolista y luego atleta a finales de la década de los 30, afición o profesión, como se le quiera llamar, es lo mismo, ya que nunca en su vida la abandonaría.

Donde hay atletismo en Colombia ahí está Carlos Ávila directa, indirecta o circunstancialmente, sus dirigidos superaron más de 100 marcas nacionales en casi todas las pruebas del pista y campo colombiano, algunas a nivel internacional.
Nacido en un corregimiento cerca del Líbano, Tolima, el 24 de Julio de 1924, de origen campesino, siempre se sintió orgulloso de ello y lo practicó como una religión toda su vida.

Desde 1965 se instaló en su finca ubicada en La Buitrera, detrás del Club Campestre de Cali, para cultivar cítricos actividad en la cual, con el apoyo técnico de la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional, sede Palmira, también se volvió toda una eminencia.

En sus primeros años laborales trabajó como mecánico calificado para el Ferrocarril del Pacífico, habilidad que después utilizaría en el deporte para adecuar y ajustar implementos de entrenamiento y competencia. Como atleta al servicio del Valle fue varias veces campeón nacional y logró los registros de garrocha (3,60 metros), cuando se saltaba con bambú y los 110 vallas (15”3), en la década de los 50.

De la mano del técnico sueco Rolf Svamberg inició su exitosa vida de entrenador, para viajar en 1960 a Europa, enviado por la Casa del Deporte, hoy Jundeportes Valle, a capacitarse tanto en lo atlético como en la construcción y mantenimiento de escenarios deportivos, terminando su gira en la Olimpiada de Roma como oficial de la delegación de Colombia.


Debutó internacionalmente como técnico en el suramericano de Lima 1961, piedra de partida del atletismo colombiano y luego estaría al frente del equipo nacional en muchas oportunidades como Juegos Centroamericanos y del Caribe en Kingston 1962, Juegos Bolivarianos de Barranquilla 1961, Quito 1965 (la mejor actuación colectiva del atletismo colombiano en todos los tiempos), suramericanos de Cali 1963, Río de Janeiro 1965, Buenos Aires 1967, Santiago 1969, Iberoamericano en España 1962, Juegos Panamericanos Winnipeg 1967, Cali 1971, temporada de la selección colombiana por Europa 1971, Juegos Olímpicos México 1968 y Munich 1972.

Para destacar la influencia de Carlos Ávila acompañando a Álvaro Mejía a la micro olimpiada de 1966 en la cual participaron los mejores atletas del mundo y Mejía le ganó, en los 5.000 metros, al subcampeón olímpico de 10.000 m., el tunecino Mahammed Gammoudi y se ampolló la planta de los pies por lo cual se rehusaba a correr los 10 kilómetros.

Ávila le dijo: “ Vea mompita, si no quiere correr nadie lo puede obligar, haga sus maletas y nos vamos a bañar a Acapulco, pero yo le digo una cosa, usted en la forma como está nunca se volverá a enfrentar a esta gente con éxito”. Mejía entendió el sabio consejo del profesor, corrió y le ganó al primer lote del mundo también en los 10.000 metros seguido del campeón olímpico y plusmarquista del mundo el belga Gaston Roelants, tercero el tunecino Gammoudi.

Esa fue la mejor actuación deportiva en la vida de Álvaro Mejía superior a sus triunfos en pruebas de calle como Coamo (Puerto Rico 1966), San Silvestre (Brasil 1966) y Boston (Estados Unidos 1971). Con Carlos Ávila como entrenador nacional los sistemas de preparación se actualizaron y se trabajó por primera vez en “interval training”, un tiempo de trabajo por uno de descanso, se utilizó el ritmo en las repeticiones y fruto de esto salieron campeones suramericanos en Cali 1963 Álvaro Mejía y Óscar Rivera.

Atletas de todo el país, en la década de los 60 entrenaban con el plan de Ávila que permitió masificar y mejorar todo el pista y campo colombiano con elementos multiplicadores. Muchos fueron los campeones dirigidos por Carlos Ávila, el mejor de todos a nivel resultados fue Pedro Grajales, tetracampeón en los Juegos Bolivarianos de Quito 1965 y tetracampeón en el Suramericano de Santiago 1969.


Hoy el estadio de Atletismo de Cali merecidamente lleva el nombre de Pedro Grajales como reconocimiento a toda una labor exitosa de este velocista como atleta y entrenador, resultado del conocimiento de Carlos Ávila. No se puede olvidar el nombre de César León Quintero, el atleta sordomudo que bajo la dirección de Ávila ha sido el único discapacitado en Colombia que logró ser campeón nacional en el salto de garrocha y por esas paradojas de la vida, Quintero superó en 1960, saltando con garrocha de fibra de vidrio, la marca de Carlos Ávila de 3,60 m., al saltar 3,80 m. en Cartagena y en 1962 sería tercero en el mundial para sordomudos y campeón bolivariano en 1965 con 4,20 m.

Los periodistas le preguntaban a Ávila si era muy difícil entrenar a un sordomudo y sarcásticamente decía: “Es más fácil entrenar a los mudos, porque los otros hablan mucho”. No solamente atletas recibieron enseñanzas de Ávila, también tuvo a su cargo para la preparación física a nadadores como Olga Lucía de Angulo, Tomás Becerra y Julio Arango.

La cuerda de Antonio Cervantes Kid Pambelé, el mejor boxeador de la historia y el único que unificó título solicitó y obtuvo los consejos técnicos de Ávila, así como algunos preparadores físicos de fútbol profesional, ya que Carlos Ávila jamás fue egoísta con sus experiencias y conocimientos.

La huella de Carlos Ávila en el atletismo es imborrable y formó parte de ese equipo dirigencial deportivo que tuvo el Valle del Cauca con él como pieza clave y eficiente para su trabajo. Laboró al lado de Alberto Galindo Herrera, El Soñador” y luchador incansable para que Cali hiciera los Panamericanos y no vivió para verlos; Evangelista Mora; Jorge Herrera Barona, Director de los Panamericanos y Presidente del Comité Olímpico Colombiano; Adolfo Carvajal y Humberto Zuluaga Monedero, directores de Coldeportes; Nolasco Sierra y Leonardo Amaya. Dirigentes eficientes que no dejaron semilla para el atletismo del Valle.

Siguiendo el legado bíblico de que “Por sus obras los conoceréis” Carlos Ávila no solamente era un mecánico avezado, sino un entrenador calificado como ninguno, un sicólogo empírico, un experto en la construcción de pistas de atletismo en carbonilla, en varios municipios del Valle, al lado de Leonardo Amaya y campos de fútbol, ya que durante muchos años fue administrador y encargado del mantenimiento del Estadio Pascual Guerrero, para dedicarse en su merecido retiro de pensionado al cultivo de cítricos en su finca de La Buitrera, logrando comercializar: naranja, mandarina, limón , maracuyá y grey, actividad que le recordaba su lejana juventud en tierras tolimenses y que combinaba dando sus sabios consejos a atletas y entrenadores que hasta allí llegaban a buscarlos.

Es que fueron siete décadas de experiencia, con el amor a un ideal unido al sentido de la responsabilidad. Nadie puede llamarse a engaño cuando se dice que Carlos Ávila Medina es la personificación del atletismo colombiano, fue un revolucionario que viajó por el mundo en busca de conocimientos, cuya semilla sembró hace 50 años y cuyos frutos se han transmitido y multiplicado de generación en generación.

Descanse en paz, porque como en el legado bíblico “sus obras le siguen”, un sincero réquiem ante su tumba y el eterno agradecimiento del deporte de Colombia y particularmente del Valle del Cauca, que masivamente acompaña a su profesor hasta su última morada. Carlos Ávila se fue como los grandes con la satisfacción de deber cumplido.

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