Tema del dia |2 Feb 2009 - 11:00 pm

Infidencias de los cuatro uniformados liberados el domingo

Las primeras 24 horas

Por: Elespectador.com

Los recibieron con kits de aseo. Los peluquearon en la base militar de Apiay. No han parado de hablar y no lograron conciliar el sueño. Coinciden en que quisieran un tiempo a solas con sus familias.

Wálter José Lozano y familia
Foto: Cortesía Policía Nacional.
El agente Wálter José Lozano, con su hijo Camilo y su esposa Diana Guzmán, al reencontrarse en la Clínica de la Policía.     

Ni un pensamiento vanidoso por parte de los agentes del Gaula Juan Fernando Galicio Uribe, Wálter Lozano, Alexis Torres Zapata y del soldado William Giovanni Domínguez había tenido asilo en su cabeza en el último año y medio. Desde que fueron privados de la libertad el 9 de junio y el 20 de enero de 2007, respectivamente, sólo la palabra libertad circulaba por sus cabezas. Pero ayer, en el momento en que se montaron en el helicóptero que los arrancó del cautiverio, los uniformados cayeron en cuenta de que necesitaban un mejor aspecto, que fuera más acorde con la nueva vida que empezaban.

Como si hubieran leído sus mentes, la comitiva que los recibió les tenía, a cada uno, un maletín que contenía una sudadera, ropa interior y elementos de aseo como champú, jabón y desodorante. “Estaban con mucha expectativa porque sabían que los medios los estaban esperando en Villavicencio. Pero fue un impacto tan fuerte que también los confundió un poco”, contó un integrante de la Policía que ha estado con ellos la mayor parte del tiempo desde que aterrizaron en el aeropuerto Vanguardia de Villavicencio. Se cambiaron y se afeitaron en la base militar de Apiay, y de allí partieron hacia el aeropuerto militar de Catam.

Durante el vuelo hacia Bogotá, los uniformados no hicieron más que hablar. Llovían palabras, como si el cautiverio, además de privarlos de la libertad, les hubiera quitado el privilegio de construir oraciones. Querían contarles a sus familias lo que vivieron, conocer los acontecimientos de los que se perdieron con sus amigos, saber de sus compañeros. En la aeronave los acompañaban el comandante de la IV División del Ejército, general Luis Alfonso Zapata; el director del Gaula de la Policía, general Luis Alberto Pérez y otros miembros de ambas instituciones. Todos, entre deleitados y asombrados, se limitaban a escuchar el flujo de sílabas que brotaban de esas cuatro bocas.


Una vez en Bogotá, los policías y el soldado se dispusieron a asistir a la cita que tenían en la Casa de Nariño con el mandatario Álvaro Uribe y los generales Freddy Padilla, Óscar Naranjo y Jorge Ballesteros. En medio de bromas de los unos a los otros, se pusieron sus uniformes, atravesaron la avenida El Dorado y arribaron al palacio presidencial. Allí, comenzando el lunes, le dieron al país un breve testimonio de lo que fue su vida en el secuestro. Domínguez, incluso, cantó la canción que compuso a la “exitosa ‘Operación Jaque’”. Antes y después de la emisión se abrazaban todo el tiempo. Dejaban ver la camaradería que alcanzaron en medio de la desgracia.

Mientras estos cuatro hombres estaban en la Casa de Nariño, su mente se encontraba a unos cuantos kilómetros del lugar. Estaba en el Hospital Militar y en la Policlínica, en donde los esperaban sus familiares. Cada uno recibió un cuarto privado, y durante cerca de 30 minutos se empaparon de lo que más pudieron de aquellos a quienes más querían ver. La ansiedad de saber de ellos los carcomía, y así lo percibieron todas las personas que estuvieron cerca de ellos antes de ser internados. En la madrugada del lunes, los médicos de la Policía y el Ejército hicieron un sondeo rápido, por si alguno necesitaba un tratamiento urgente.

Llegaron desnutridos, con leishmaniasis y problemas dermatológicos, y ninguno pudo dormir más de tres horas. No obstante, aunque podrían presentar otras patologías, están bien. Durante el día de ayer no pasó mucho, porque su libertad se ha visto condicionada a los chequeos médicos de rutina. Sólo hasta el final de la tarde pudieron verse de nuevo con sus parientes. Sin embargo, y a pesar de no haber visto más que las paredes de los aviones, las bases militares, la Casa de Nariño y los hospitales, no se quejan porque saben que es un encierro distinto. Ya son dueños de su libertad.

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