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En cuanto al ruido sí percibí una mejoría, pues pude caminar con un volumen 12 en mi viejo walkman (cuando suelo hacerlo por esa zona está en no menos de 20) y se podían captar mejor las conversaciones de otros peatones que quizá hacían lo mismo que yo.
Los colores de la ciudad también cambiaron. Más gente en bicicleta adornó la séptima de otros matices. Los chalecos reflectivos debían, no obstante, ganarse un “espacio vital” frente a los choferes de transporte público, que parecen no haberse subido nunca a una bicicleta (no hablemos ya de patines).
Sigue faltando más imaginación para hacer del 5 de febrero un verdadero día cívico ambiental. Podrían pensarse espacios y actividades lúdicas que animen a la gente a caminar más y a apropiarse más, y mejor, de la ciudad. Yo traté de hacerlo a mi manera, tomando algunas fotografías y observando la ciudad como un paseante de la París del siglo XIX. Mientras caminaba se me ocurrió que el Día Sin Carro debería conectarse con una especie de “noche blanca” donde la gente se lance a las calles (no a los centros comerciales), a los museos y bibliotecas de madrugada. Ojalá podamos ver una Bogotá cada vez más peatonal.