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Hace 70 años finalizó la guerra española

Francisco Franco, líder de los nacionalistas que se tomaron el poder, duró 39 años gobernando en nombre de Dios y con mano de hierro.

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Fernando Araújo Vélez
31 de marzo de 2009 - 11:00 p. m.
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El día de su juicio, que terminaría con una inapelable condena de muerte, José Antonio Primo de Rivera negó que hubiera tenido algún tipo de contacto con gente distinta a la de La República. Dijo que no había participado de ninguna clase de conspiración en contra de ésta, y que los levantamientos en Alicante de La Falange, el partido que él mismo fundó en 1933, habían sido un misterio ajeno a su voluntad, pues él estaba preso e incomunicado. Sin embargo, se había extendido tanto el comentario de que él y su hermano recibían visitas en la prisión y estaban armados, que una noche los otros reclusos organizaron una pequeña revuelta para que cesaran los privilegios. Ya todos conocían la noticia del levantamiento de Alicante del 18 de julio, y sabían que la guerra entre los nacionalistas falangistas y los republicanos socialistas —comunistas, comunistas libertarios, anarcosindicalistas o anarquistas— regaba a España de muertes y sangre, de traidores, y de aquellos aborrecibles “paseos” que se hicieron norma en ambos bandos, “paseos” de ajusticiamientos, tortura y barbarie.

Primo de Rivera era enemigo íntimo de Francisco Franco, el general que lideraba la sublevación, aunque compartieran el mismo objetivo. Ramón Serrano Suñer relataba en sus memorias que con “respecto al mismo José Antonio no será gran sorpresa, para los bien informados, decir que Franco no le tenía simpatía. Había en ello reciprocidad pues tampoco José Antonio sentía estimación por Franco y más de una vez me había yo —como amigo de ambos— sentido mortificado por la crudeza de sus críticas”. Los dos buscaban el exterminio de los republicanos, aunque sus métodos fueran absolutamente distintos, tan distintos que se temían mutuamente. En realidad se detestaban. No obstante, cada uno surgiría a la sombra del otro.

Cuando Primo de Rivera fue ejecutado, el 20 de noviembre del 39, Franco dio la orden de que su muerte se callara, y la orden fue llegando a todos los frentes de La Falange, y todos los generales, Queipo de Llano, quien luchaba en Sevilla, y Goded, Mola y Yague  la acogieron, pues sabían que en nombre de José Antonio, como lo llamaría la historia de a pie, todas las atrocidades estarían permitidas. Había que vengarlo y elevarlo al sitial de los mártires.

Entonces aquel hombre comenzó a ser un ausente, y como “el ausente” se referían a él, en parte para que nadie más lo sucediera, en parte para que su mito arrastrara a los miles que en nombre de el orden combatían en campos y ciudades. Sus últimas palabras antes de caer ejecutado fueron: “Que sea la mía la última sangre española vertida en discordias civiles”, pero apenas fue conocida 30 meses más tarde. Sus otras frases y sus otros discursos fueron usados por Franco, manipulados, sobre todo aquel que decía “España puede dejar de existir. Sencillamente: si por una adhesión a lo formulario del deber permanecéis neutrales en el pugilato de estas horas, podréis encontraros de la noche a la mañana con que lo sustantivo, lo permanente de España que servíais, ha desaparecido. Cuando lo permanente mismo peligra, ya no tenéis derecho a ser neutrales. Entonces ha sonado la hora en que vuestras armas tienen que entrar en juego para poner a salvo los valores fundamentales, sin los que es vano simulacro la disciplina. Y siempre ha sido así: la última partida es siempre la partida de las armas. A última hora, siempre ha sido un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización”.

Pocos días después del final de la Guerra Civil, el cuerpo de Primo de Rivera fue exhumado y llevado en hombros desde Alicante hasta el Escorial. Una vez terminadas las obras en la basílica del Valle de los Caídos, Franco ordenó que su cadáver fuera trasladado y sepultado allí. Treinta años después, Stanley Payne escribiría en La República, la primera democracia española, que “José Antonio Primo de Rivera no llegó a alcanzar una significativa influencia política mientras vivió; sólo contribuyó negativamente a acelerar y aumentar el desastre español. Su fama y apoteósis sólo llegaron de modo póstumo y probablemente no lo hubieran hecho nunca de otro modo (...). Sin embargo, muerto llegó a ser objeto del más extraordinario culto al mártir de toda Europa contemporánea, lo que, a la larga, le ha garantizado una posición, un estatus, y un papel que nunca podría haber consumado en la vida real”.

Ya por aquellos tiempos, abril del 39, Franco era el jefe supremo del Estado español. Él mismo se hacía llamar generalísimo Francisco Franco, caudillo de España por la gracia de Dios. Declarado admirador del fascismo italiano, del que sus tropas recibieron diversas ayudas durante la guerra, amante de las derechas, defensor de las tradiciones y de lo que él y los falangistas consideraban la moral, asumió su rol de dictador en todo el sentido de la palabra, y desde el poder, en el Palacio Real de El Pardo, se dedicó durante sus 36 años de gobierno a cobrar una por una las cuentas de la confrontación. La más cruda de sus venganzas fue en nombre de la Iglesia Católica, pues Franco jamás olvidó que el primer jefe de gobierno de La República, Manuel Azaña, hubiera declarado: “España ha dejado de ser católica”.

Después, con la guerra, el odio traspasó todos los límites. Trece obispos fueron asesinados, y 4.184 sacerdotes, 2.365 religiosos, y 263 monjas. Los templos y monasterios fueron quemados. Sus obras de arte, sus libros y pergaminos, incinerados. Franco se propuso “devolver la nación al seno de la Iglesia”. Lo intentó por medio de la represión y la brutalidad, y en algunos momentos, por lo menos en apariencia, lo logró. El pánico se propagó. Si España toda se daba la bendición y rezaba ante los altares de la iglesia del Valle de los Caídos, de la catedral de Burgos o de la de León, lo hacía porque de ese modo salvaba la vida. La guerra jamás fue olvidada, y menos aún, las heridas que abrió. Y si del 36 al 39 los distintos bandos se mataban porque el lema era matar o morir, o salvar la vida, después del 1° de abril los viejos presos y sus herederos callaron. Más allá de unos cuantos que cayeron por reivindicar a los suyos, la salvación tenía nombre propio, y era el silencio.

Por Fernando Araújo Vélez

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