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El día había comenzado con un rumor y la prisa por conseguir algo de gasolina. La noticia de que un camión cisterna robado por los talibanes se había varado a orillas de un río en la provincia de Kunduz, norte de Afganistán, hizo que cerca de 200 personas se acercaran con baldes, tarros y ollas para llevarse algo de combustible y venderlo.
La repartición del líquido era vigilada por varios insurgentes, quienes previamente habían decapitado a los conductores del camión que transportaba la gasolina para las fuerzas de seguridad de la OTAN. De repente se escuchó un ruido ensordecedor, seguido de una gran explosión y gritos.
Horas más tarde, Christine Sidenstricker, portavoz de la misión militar internacional, informó que aviones de las fuerzas alemanas habían encontrado el camión robado y, tras bombardearlo, habían dado muerte a 56 combatientes, entre ellos a varios militantes venidos desde Chechenia, en el Cáucaso.
Sin embargo, en una rueda de prensa posterior, Anders Fogh Rasmussen, secretario general de la OTAN, admitió un error: “Es posible que también hayan caído civiles, aunque aún no está claro”.
La promesa del funcionario de adelantar una investigación para esclarecer los hechos no mermó la angustia de los cientos de afganos que acudieron al Hospital Central de Kunduz, adonde fueron llevados los heridos, para conocer el estado de salud de sus familiares.
Fue el propio gobernador de la provincia, Mohammad Omar, quien reveló el verdadero impacto del bombardeo: 90 personas habían perdido la vida, entre ellas, 40 talibanes. Mientras, en Bruselas, Rasmussen intentaba bajar la tensión. “El pueblo afgano debe saber que estamos para protegerlos”, aseguró.