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Cultura 5 Sep 2009 - 9:00 pm

El autor del poema que acompaña ‘Los zapatos viejos’ de Cartagena

El cinismo del ‘Tuerto’ López

Hace un siglo se publicó el primer libro de Luis Carlos López, un poemario crítico y burlón de la sociedad cartagenera. En junio se cumplieron 130 años de su nacimiento.

Por: Carolina Gutiérrez Torres / Enviada Especial, Cartagena
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Foto: Archivo

El más inmortal de los poemas de amor que escribió Luis Carlos López, el Tuerto, estaba dedicado a Aura Marina Cowan, la mujer de la que se enamoró un domingo a la salida de misa, en alguna plaza de la Cartagena del siglo XIX. Anoche, parado en una esquina, te vi llegar... Y como si fuese un colegial, temblé; dice la poesía Versos para ti que le dedicó a la que fue su esposa y la madre de sus tres hijos. Nunca hubo otra composición de amor de tal recordación en su obra que hoy, 59 años después de su muerte, sigue siendo evocada por lo burlona, por lo crítica y por lo cínica.

Este año se cumple un siglo de la publicación de su primer libro, titulado De mi villorrio, y 130 años de su nacimiento. Esa es la excusa de los cartageneros para recordar al hombre que se atrevió a criticar la llegada de la modernidad a la ciudad, y que describió con nostalgia la transformación de las calles empedradas, las fachadas coloniales y los carruajes que montaba. Al hombre flaco, de cara pequeña, bigote poblado y dedos largos, que vestía con sombrero y traje blanco, y sostenía siempre un cigarrillo con una pitillera. Así se ve en las únicas fotografías que sobrevivieron al tiempo y que su nieta María Eugenia López guarda con el cuidado de un tesoro.

Ella está sentada en la sala de su casa en el sector de Bocagrande. En la pared cuelgan cinco cuadros y en uno de ellos, el más grande, están pintados Los zapatos viejos, uno de los monumentos célebres de Cartagena, que esculpió el maestro Héctor Lombana en homenaje al poema A mi ciudad nativa del Tuerto López. Noble ciudad de mis abuelos: nada como evocar, cruzando callejuelas, los tiempos de la cruz y de la espada (...) Pues ya pasó, ciudad amurallada, tu edad de folletín (...) Fuiste heroica en los tiempos coloniales.

María Eugenia recita el poema de memoria. Lo hace en voz baja, casi con timidez. Luego se entusiasma y dice que su abuelo era un “genio” de las letras. “Su poesía era cómica, inteligente y real. Hacer poemas románticos es muy fácil, pero lo que él hacía es de genios”. Los ojos de la señora López son pequeñitos y claros, de un color entre verde y amarillo difícil de describir. Ella dice que los de su abuelo tenían el mismo tono amarilloso, y aprovecha para aclarar que el Tuerto no era tuerto, como todos le decían, como él mismo firmaba sus creaciones. Era bizco y poco podía ver sin sus gafas.

El bodegón

¡Sin juventud la cosa está fregada, más que fregada viejo bodegón! Un día de 1920, en la calle del Estanco del Tabaco, un grupo de artistas, historiadores y periodistas bautizó un viejo bar de tertulias con el nombre de El bodegón. Allí, sentado, silencioso, el Tuerto López aguardaba el paso del día, entre copas de anís y poemas espontáneos. “Decían que era un hombre muy callado, pero que cada vez que intervenía en las conversaciones lo hacía con una mordacidad impresionante”, cuenta Ricardo Vélez, director de la Fundación Luis Carlos López, desde el octavo piso de su apartamento en Bocagrande. La ventana está abierta y el ventilador prendido, pero el calor es insoportable.

Vélez  abre el libro en el poema El Bodegón. Lee dos y tres líneas, agita el brazo y acomoda el tono de la voz a la rima de los versos. Cuenta que en ese lugar surgió una revista, con el mismo nombre, que recogía los sucesos más diarios de la ciudad. Allí el Tuerto le escribió a las Muchachas solteronas, Muchachas de provincia, que salen —si es que salen de la casa— muy temprano a la iglesia, con un andar doméstico de gansa. Les escribió a los curas que resultaban con hijos, a los corruptos y a los politiqueros que hurgaban puestos hasta en la basura, como perros callejeros.

Vélez, que ha estudiado la obra del Tuerto López, dice con propiedad que “a algunos críticos se les va la mano al afirmar que su obra era revolucionaria. Él no era un revolucionario, era un hombre que analizaba, observaba y guardaba silencio; y en su poesía caracterizaba personajes y situaciones de la realidad”.


La familia

11 de junio de 1879. En una casona de dos pisos de la Calle del Tablón de la Ciudad Vieja nace un niño bizco y pequeñito al que bautizan Luis Carlos Bernabé del Monte Carmelo López Escauriaza. Es el primer hijo del matrimonio de Bernardo López Besada y doña María de la Concepción, el primero de once hermanos y el único poeta de la familia. La casa luce hoy acabada y sucia. Es blanca y los marcos de las puertas y las ventanas, amarillos. De la época del Tuerto sólo sobreviven las puertas, viejas y ajadas. En el primer piso hay un taller y dos almacenes de zapatos. El segundo parece abandonado.

Detrás de un farol negro hay una placa, con letras casi ininteligibles, que reza: “Aquí nació el poeta Luis C. López”. Tres hombres negros que conversan en la mitad de la calle, y se limpian el sudor con la mano o con un pañuelo sucio, confirman que allí vivió su niñez el Tuerto. Cartagena no lo olvida.

Así lo dice El Profe, un viejo flaco y alto que se sienta todos los días en una banca del Parque Simón Bolívar a ver pasar la vida en Cartagena y a narrarles a los visitantes la vida que ya pasó. “El Tuerto López, siempre con su sombrero blanco. Repetía que al morir no quería una estatua con su rostro. Por eso le hicieron un monumento a uno de sus poemas, a sus zapatos viejos”. Cada niño cartagenero sabe, por lo menos, una estrofa de “A mi ciudad nativa”. Es lección obligatoria en los colegios. Cada viejo cartagenero recuerda, por lo menos, el último verso.  Mas hoy, plena de rancio desaliño, bien puedes inspirar ese cariño que uno le tiene a sus zapatos viejos.    

Su obra es imborrable. Pero de la vida personal del poeta poco se sabe. Su hija, Marina López, ha sido quizá la única que ha dejado testimonio de ella. “Era tremendamente generoso. Si tenía dos o tres pesos y cualquier persona le decía que le regalara algo para comer, tranquilamente se metía la mano al bolsillo”, dijo la hija, veinte años atrás, al Magazín Dominical de El Espectador. “Mamá decía ‘qué horrible es casarse con un poeta, vive uno siempre sin un centavo’”. Y en esa misma entrevista la señora Marina contó que siempre que terminaba de escribir un poema, como un ritual, el Tuerto soltaba una carcajada. “Mamá nos decía ‘ya debe estar burlándose de alguien’”.

Casi nada se ha escrito del poeta, más allá de su obra y las historias de su hija. Las biografías escuetas dicen que también estudió dibujo, pintura y unos semestres de medicina; que el ejército conservador lo arrestó en la Guerra de los Mil Días por declararse liberal a ultranza; que fue cónsul en Munich y en Baltimore; y que antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial alcanzó a admirar a Hitler por sus elocuentes y magníficos discursos.

Fue fundador del periódico La Unión Comercial, y desde sus páginas fustigó la injusticia, la politiquería y la modernidad. Él mismo se definía como “bisoño y medio cínico, conmovido por dentro y burlón por fuera”. Sonreía, siempre sonreía con timidez, a fin de cuentas, sus ironías y sus sarcasmos los desplegaba en sus poemas. Hablaba sólo cuando tenía algo inteligente por decir. Y amó a su esposa hasta el día de su muerte. Por lo menos así lo cuenta  María Eugenia, su nieta, con una foto raída y acabada del Tuerto en las manos.

SU POEMA MÁS FAMOSO

Luis Carlos López

A mi ciudad nativa

Ciudad triste, ayer reina de la mar

J.M. de Heredia

Noble rincón de mis abuelos: nada
como evocar, cruzando callejuelas,
 los tiempos de la cruz y de la espada,
del ahumado candil y las pajuelas…

Pues ya pasó, ciudad amurallada,
tu edad de folletín… Las carabelas
se fueron para siempre de tu rada…
 —¡Ya no viene el aceite en botijuelas!—

Fuiste heroica en los años coloniales,
 cuando tus hijos, águilas caudales,
no eran una caterva de vencejos.

Mas hoy, plena de rancio desaliño,
bien puedes inspira ese cariño
que uno les tiene a sus zapatos viejos…

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