Internacional |10 Oct 2009 - 10:00 pm

Viaje al Valle de los Caídos

¿Podrá España confrontar el pasado de su Guerra Civil? (II)

Por: Jon Lee Anderson*

En la segunda entrega de su viaje tras los huesos de Federico García Lorca, el cronista norteamericano de ‘The New Yorker’ se encontró con los investigadores, los amigos del poeta español y su familia. Exclusivo para El Espectador.

Federico García Lorca
Foto: Archivo - El Espectador
Federico García Lorca (1898-1936).

Francisco Galadí, nieto de uno de los toreros asesinados junto con Lorca, es un hombre bien parecido de unos sesenta años. Cuando me encontré con él en Granada vestía jeans y chaqueta de cuero negra. Hasta hace poco había trabajado en la cervecería local, Cerveza Alhambra, cuando había sido obligado a aceptar una pensión temprana. Ahora que tenía el tiempo se había unido a la asociación de memoria histórica.

Hace algunos años, antes de la muerte de su padre, éste le había pedido recobrar los restos de su abuelo. “Me dijo, no lo dejes allí como un perro,” explicó Galadí. “Esto es por lo que he estado luchando. Nunca imaginé que los familiares de Lorca no estuvieran de acuerdo”. El abuelo Galadí, también de nombre Francisco, había sido un popular banderillero —un torero que hace embestir al toro, clavando banderillas en su cuello—. También era anarquista. Durante algunos vanos días de julio de 1936 había liderado el pequeño grupo de resistencia que en Granada luchaba contra los militares.

Junto con un pequeño grupo de compañeros anarquistas habían logrado mantenerse a salvo en el barrio moro de Albaicín, bajo una incesante lluvia de artillería, pero eventualmente se agotaron sus municiones. “Se encontraban en una cueva al pie de la Alhambra, y mi padre, que contaba doce años en el momento, había ido a despedirse. Mi abuelo le dijo, ‘Vete hijo’. Una vez había partido su hijo, el torero se entregó. ‘Dicen que lo amarraron a una carreta y lo condujeron por las calles golpeándolo con palos’, dijo su nieto. ‘También dicen que era un hombre valiente y audaz’”. En alguna oportunidad cuando a finales de los sesenta el joven Galadí prestaba su servicio militar obligatorio, un coronel había preguntado si era familiar del “famoso Galadí”. Sonríe orgullosamente.

“En esa época Federico García Lorca únicamente era conocido por los otros miembros de la élite, aquellas personas que podían leer e ir al teatro. Pero mi abuelo, el torero, era conocido por todos. Esta era una ciudad de trabajadores y gustaban de los toros”. Tras una pausa agrega, “siempre he vivido con el miedo de mis padres. Mi madre tiene ochenta y cinco años, tenía doce cuando esto sucedió. Asesinaron a la mitad de su barrio. No fue solamente la guerra, fueron los años de represión que siguieron, de miedo y humillación. Ella me callaba cada vez que preguntaba por mi abuelo. Me decía, ‘es que son unos verdaderos hijos de puta’. Todavía hay quienes guardan rencor. He escuchado que hay algunos que van diciendo que ‘han debido matar más’. Pero yo no tengo interés en buscar los nietos de quienes asesinaron. Sólo quiero exhumar los restos de mi abuelo y darle digna sepultura. Los franquistas pueden expresarse como quieran, así lo han hecho siempre”.

La versión de Serrano

Junto con Franco, uno de los hombres acusados por Garzón de “crímenes contra la humanidad”, fue Ramón Serrano Súñer. Serrano era cuñado de Franco y actuó como Ministro del Interior durante la Guerra Civil. Como Ministro del Exterior entre 1940 y 1942, trató directamente con Hitler y Mussolini. Contribuyó al arresto por parte de la Gestapo de exiliados españoles en la Francia ocupada. Algunos de ellos fueron deportados a España, y en muchos casos luego fueron asesinados, al menos quince mil fueron enviados a Mauthausen y otros campos de concentración.

En 1948, Serrano Súñer fue la primera personal pública en admitir que Lorca había sido asesinado por los nacionalistas, aunque culpó a los “incontrolables”. Hasta ese momento el régimen franquista había negado tener conocimiento del crimen, e inclusive los medios nacionalistas habían intentado culpar a “los rojos”. Serrano Súñer murió en 2003 a los 101 años de edad, pero su hijo, don Fernando Serrano Súñer y Polo, accedió a encontrarse conmigo en mi hotel de Madrid para tomar el té.

A sus setenta y tantos años, don Pedro lucía un impecable traje de corte inglés. Su madre y la esposa de Franco eran hermanas. Me comentó que el movimiento falangista español había sido “mal interpretado” y que encontraba la investigación iniciada por Garzón un “poco deprimente”. “Es triste que después de tantos años sigamos siendo como somos. Dos de los hermanos de mi padre fueron fusilados y enterrados en una fosa común a las afueras de Madrid. En otras palabras, no todas las víctimas fueron de Franco”, dijo. Don Fernando también me dijo que admiraba la manera como los norteamericanos se habían reconciliado al terminar la Guerra Civil y luego procedió a declamar de memoria y en español el Discurso de Gettysburg proclamado por Lincoln.


El Valle de los Caídos

El Valle de los Caídos es lo más cercano a un monumento a la Guerra Civil española. Se encuentra ubicado en el centro de una enorme basílica subterránea cuya construcción fue ordenada por Franco en 1948. Enterrada bajo capas de granito en la Sierra de Guaderrama a las afueras de Madrid, la construcción del monumento tardó casi 20 años, gracias al trabajo de miles de prisioneros de guerra republicanos.

Aunque fue presentado como lugar de descanso para los muertos de ambas partes, y contiene los restos de aproximadamente cuarenta mil nacionalistas, ante todo es una conmemoración al ego y triunfalismo de Franco. En 1959, cuando se inauguró la necrópolis Franco dio un discurso hablando de cómo sus enemigos habían sido obligados a “morder el polvo de la derrota”. En el corredor central las únicas dos tumbas identificadas por nombre son las del fundador del partido Falangista, José Antonio Primo de Rivera, y desde 1975 la del mismo Franco. (Los demás restos permanecen en catacumbas selladas). No sorprende que el Valle de los Caídos se haya convertido en un santuario para los españoles acérrimos seguidores del falangismo. El pasado 20 de noviembre, fecha del aniversario de la muerte de Franco, sus seguidores acudieron como siempre a rendirle sus respetos; aunque de acuerdo con la nueva Ley de Memoria Histórica la policía debía prevenir cualquier demostración abiertamente fascista.

La tumba de Franco consta de una losa de granito colocada en el suelo, grabada únicamente con su nombre y una cruz. A su alrededor se veían ramos de rosas blancas y rojas y una corona de claveles. Varios ancianos bien vestidos se encontraban parados en silencio, mirando hacia el suelo. Un hombre luciendo una chaqueta roja se aproximó e hizo un saludo fascista, se hincó de rodillas, se levantó y repitió el saludo. Uno de los policías se aproximó rápidamente, pero no hizo más. Poco después, otros dos hombres de cabello muy corto y pequeños bigotes delgados se encontraron frente a la tumba y simultáneamente ofrecieron saludos fascistas.

Lorca se encuentra enterrado a menos de cinco millas de la ciudad de Granada. Siguiendo la presunta ruta de los asesinos de Lorca, Juan Antonio Díaz y yo condujimos hasta la cercana población de Víznar. Aparcamos en una pequeña plaza ubicada junto al Palacio Arzobispal, el cual fue construido en el siglo XVIII para luego ser convertido en un centro de comando militar en 1936. Pronto será transformado en un hotel de cinco estrellas. Un pequeño sendero, cuya curva circundaba un profundo barranco, conduce hacia Alfacar, pasando lo que antes había sido el campo de verano infantil La Colonia. Durante el verano de 1936 La Colonia fue utilizada como centro de contención para las víctimas de la purga nacionalista local. (Existieron otros campos de ejecución, incluyendo el cementerio local). Según Gibson, Lorca llegó como prisionero el amanecer del 18 de agosto, al igual que los toreros y el profesor. Luego fueron conducidos por el sendero para que tomaran un paseo.

Caminamos por ese mismo sendero. Más abajo podíamos ver la vega, los verdes prados que rodean Granada sobre los cuales escribió Lorca en sus Meditaciones y alegorías del agua, en 1921. Yo regresaba de tierras secas. Abajo en el valle veía la vega, envuelta en un resplandor azul. El plácido viento de la noche de verano llevaba la música del aleteo de los grillos. Vimos los blancos álamos erguidos, y los relucientes tejados de las nuevas bodegas industriales encadenadas unas con otras dirigiéndonos hacia Fuente Vaqueros, pueblo natal de Lorca. Esta vista, excluyendo las bodegas, debió ser una de las últimas cosas que Lorca vio.

Tras un edificio de apartamentos encontramos un pequeño espacio cercado en la colina, el cual hace algunos años se destinó, tardíamente, como parque en memoria de Lorca. Al fondo del parque un solitario olivo daba su sombra, y cerca de éste un pequeño marcador en piedra decía: “En memoria de Federico García Lorca y todas las demás víctimas de la Guerra Civil”. Según las fuentes de Gibson, incluyendo uno de los enterradores, este era el lugar aproximado donde Lorca y los otros habían sido fusilados y enterrados, “tras un viejo olivo junto a una curva en el camino”. No había nadie más allí; la carrera de dos motocicletas rompió con el silencio. En un lugar más profundo del parque encontramos una pared de piedra decorada con incrustaciones de cerámica andaluza en azul, verde y blanco, donde se veían algunos de los versos de Lorca. De uno de ellos, su poema Canción otoñal, escrito en 1918, se lee: “¿Y si la muerte es la muerte qué será de los poetas y de las cosas dormidas, que ya nadie las recuerda?”.

El juez y la familia

El 29 de mayo el juez de Granada asignado al caso de la exhumación de los restos de Lorca solicitó retirarse del caso. Esto habría causado que el caso fuera enviado a la Corte Suprema española, la cual no simpatizaba con Garzón. (Dos días antes, la Corte había acordado escuchar un caso presentado por un grupo de extrema derecha el cual acusaba a Garzón de prevaricato en el proceso de investigación.) Sin embargo, el 9 de junio el Fiscal de Granada presentó una querella apelando la decisión de la juez, y potencialmente devolviéndole el caso. Mientras tanto, la Asociación para la Memoria Histórica de Granada declaró que si las cortes españolas continuaban rehusándose a prestar atención a sus peticiones, solicitaría que las tumbas fueran exhumadas como “yacimiento arqueológico”. Durante todos estos acontecimientos la familia de Lorca permanecía en silencio.


Cuando le pregunté a Juan Antonio Díaz acerca de la familia Lorca negó con la cabeza. “Cualquier persona normal quien haya tenido un familiar cercano que haya desaparecido misteriosamente, sea padre, tío o hijo, que se presuma asesinado debe sentir un mínimo de interés por averiguar dónde se encuentra. En el caso de Lorca el interés debería ser aún mayor, ya que Lorca no es sólo patrimonio de una familia sino de todas las personas decentes de este mundo. Pero pareciera que hay personas anormales que son incapaces de resolver sus traumas personales y de familia”.

Laura García Lorca, sobrina del poeta, goza de una espectacular vista de la Alhambra desde la sala de su apartamento, ubicado en el último piso de un edificio en el centro de Granada. Hace algunos años Laura fue actriz, con sus grandes y expresivos ojos cafés, heredados de su difunto tío, hoy en día dirige la Fundación Federico García Lorca. El día en que la visité parecía estar muy alterada. Dijo que se debía a la atención de los medios, que había sido sumamente estresante.

Suspirando dijo: “Creo que nunca hemos comunicado nuestros sentimientos correctamente. Entonces, ¿por qué no queremos su exhumación? Aunque suene un poco irracional, para nosotros conocer el lugar exacto de los restos de Federico García Lorca no nos dará consuelo alguno”. Siguió diciendo: “Queremos dejarlo allí. Mucho se ha dicho acerca de esto, que no queremos que la historia se sepa. ¡Eso es una infamia! Como familia hemos hecho todo lo posible por dar a conocer la historia”.

Aquí su tono se vuelve sarcástico. “Pero no, parece que es conservador mantener la tumba cerrada y progresista abrirla. Hasta nos han llamado homofóbicos; es pura difamación, una locura. No es eso. Hay un interés lascivo en esta búsqueda por García Lorca. Es lógico, él era un símbolo. Pero nosotros queremos que sea respetado. Para nosotros, la posibilidad de exponer aún más las circunstancias degradantes de su asesinato es muy desagradable. Continuar con esta violación sería muy molesto para algunos”, dijo llorando.

Una vez recobró la compostura continuó: “No queremos que esto se convierta en un circo. Es muy difícil imaginar que los huesos y el cráneo de Federico García Lorca no terminarán siendo vistos por todos en YouTube”.

Laura comentó que las familias de aquellos que habían sido enterrados junto a Lorca estaban mucho más interesados en exhumar los cuerpos de lo que estaban las familias de otras víctimas. “No es curioso. La pregunta es, ¿por qué quieren exhumarlo? ¿Es porque quieren una reliquia, los huesos de un santo? Porque en realidad no está añadiendo nada a la historia”, dijo.

“¿Pero por qué dejarlo en la zanja donde lo dejaron los asesinos?”, insistí.

“¿Cuál zanja?”, me contestó. “Es un lugar sagrado y allí todos están en muy buena compañía”.

 * Escritor y periodista estadounidense. Este texto fue publicado en inglés por la revista ‘The New Yorker’.

  • Jon Lee Anderson* | Elespectador.com

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