Internacional |13 Oct 2009 - 10:25 pm
Ecos del Premio Nobel de Paz a Barack Obama
Por: Álvaro Corzo V. / Nueva York.
Este galardón es una forma de presionar al nuevo mandatario norteamericano para que cumpla sus promesas, y al mismo tiempo reiterarle la ola de esperanza que despertó.
Foto: Reuters
El Premio Nobel de Paz entregado el pasado viernes al presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, es una bofetada al gobierno de Bush y su legado.La última vez que George W. Bush fue recibido eufóricamente entre gritos y aplausos por alguna multitud en el mundo entero fue en Rumania, en el encuentro anual de la OTAN en abril de 2008. Para ironía suya y de su propio ego, aquel cálido recibimiento era para celebrar su salida del poder como presidente del gobierno más catastrófico y nocivo de los últimos tiempos. El mismo que en nombre de la libertad y la democracia había engañado al mundo desatando la primera confrontación bélica del siglo XXI. Hoy, luego de ocho meses de su salida por la puerta de atrás, ese sentimiento de tranquilidad y sosiego no parece haberse extinguido ni en Estados Unidos ni en el resto del mundo. Por lo menos, así nos lo recordó desde Estocolmo el comité del Premio Nobel, que tenía casada una pelea moral con Bush desde años atrás.
La primera bofetada contra Bush vendría a tan sólo meses de que el mandatario, quien llegó a la Casa Blanca envuelto en una dudosa victoria electoral, comenzara su guerra en Afganistán. El ex presidente Jimmy Carter, la voz crítica en contra de Bush y de la invasión militar preventiva que se planeaba contra Irak, fue galardonado con el Nobel de Paz en 2002.
Tres años más tarde —luego de 38.000 personas muertas entre civiles y soldados en Irak y Afganistán y del escándalo de Abu Ghraib, el cual abrió la olla podrida de las torturas, detenciones extrajuicio e interceptaciones ilegales de comunicaciones— el prestigioso reconocimiento iría a parar a manos de otros de los opositores del controvertido mandatario, Mohamed el-Baradei, cabeza de la Agencia Internacional de Energía Atómica, quien retó a Bush ante los ojos del mundo al rehusarse a confirmar la existencia de armas de destrucción masivas en Irak, deslegitimando por completo su incursión militar.
Por último y en el clímax del debate sobre el calentamiento global en 2007, justo cuando Bush jugaba un papel disociador en la arena internacional, al negar su existencia como amenaza planetaria, el premio fue a parar a manos de otro de sus antónimos políticos, Al Gore, quien reclamó el Nobel de Paz por su activismo en contra del cambio climático.
Es por estas razones que la noticia del Premio Nobel para Obama no llega por sorpresa, afirma John Nicols de la revista The Nation, “definitivamente esta es la mejor forma de ejercer presión sobre la obligación que tiene Obama con Estados Unidos y con el mundo entero. Eso lo sabe muy bien el comité”, añade Nicols, quien explica que a Obama no sólo se le galardonó por el hecho de ser el sucesor de Bush sino también de haber despertado una ola de esperanza sin precedentes en el mundo.
Días en la sombra
Antes de empacar maletas en la Casa Blanca, George Bush estaba preparado para recibir algo de lo que él mismo había cultivado. La última encuesta, al momento de salir del poder, registraba que el 78% de los Estados Unidos repudiaba su mandato y por ende su figura, razón por la cual fue necesario que sus colaboradores organizaran una campaña de bienvenida que garantizara su retorno pacífico y sin sobresaltos a la vida de civil en el pueblo de Crawford, Texas, donde está su hacienda.
Así, con un perfil muy bajo, propio del ambiente hostil que aún permanece en el imaginario colectivo, pasaron los primeros meses de Bush, hasta que decidió mudarse al norte de Dallas luego de que la Universidad Presbiteriana de esta ciudad (SMU) aceptara, a diferencia de otras tres universidades, ser la sede de la ya tradicional biblioteca para el saliente presidente.
“La principal preocupación que tenemos es el riesgo de perder la credibilidad y afecto de nuestra propia comunidad al servir de hogar a una de las presidencias más destructivas y desacreditadas de nuestra historia”, dijo Benjamín Jonson, profesor de historia de SMU, al referirse al sentir de profesores y alumnos, quienes desaprueban que la biblioteca de George W. Bush, así como el instituto de pensamiento político en el que también trabaja el ex mandatario, tenga como sede la SMU. “Traer el legado de Bush a nuestra institución no nos trae ningún prestigio, al revés, todo lo contrario”.
Y es que no es un misterio que el papel que tendrá Bush como ex presidente no será nada parecido al rol que tiene Jimmy Carter con su centro de asistencia humanitaria en Atlanta ni el de Bill Clinton con su Iniciativa Global. Reportes del Washington Speaker Bureau, compañía que representa a personajes como Condoleezza Rice, Tony Blair, Rudolf Giuliani, Madeleine Albright, Alan Greenspan y Sarah Palin, para que viajen al rededor del mundo dictando conferencias por cerca de $200 millones de pesos, indican que son muy pocas, por no decir ninguna, las solicitudes que piden la presencia del ex mandatario.
No obstante Bush sigue con la esperanza de salir de la sombra y con ese propósito prepara un libro que publicará este otoño en Estados Unidos. Puntos de decisión tendrá por nombre el texto en el cual el ex mandatario tratará a fondo las doce decisiones más importantes y controvertidas de su presidencia. Los ataques del 11 de septiembre, las guerras de Irak y Afganistán, ‘Katrina’, Guantánamo, su negativa a la investigaciones de células madres, la crisis económica, su determinación de dejar la bebida, entre otras.
Sin embargo muchos dudan de que pueda escribir un libro de su completa autoría. Como reveló recientemente Mat Latimer, jefe de discursos de la administración Bush, en su libro Speech-Less, el presidente exigía a la oficina de comunicaciones que le escribiera en cada uno de sus discursos anotaciones subrayadas, para saber ante quién estaba hablando y el por qué de su presencia allí.
Por ahora pasarán algunos años antes de que Bush vuelva a la vida pública con la frente en alto para defender, como la llaman sus detractores, su diplomacia de vaquero. Mientras tanto, Obama seguirá forzado, ahora con el peso del Nobel sobre la espalda, a velar por un futuro distinto en el que se reformen los equivocados pasos de su antecesor.
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Álvaro Corzo V. / Nueva York. | Elespectador.com
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