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Botellas, niños indígenas, hermosas modelos o colillas de cigarrillos, todos, objetos o personas, cobraban un valor propio ante el ojo aguzado de Irving Penn (Plainfield, Nueva Jersey, 16 de junio de 1917 - Nueva York, 7 de octubre de 2009). Su firma fue siempre la estética propia del cuerpo, sin fondos ni recovecos, el arte de ser sí mismo pero con la textura y profundidad que sólo el propio Penn, artista de corazón, fotógrafo por casualidad, daba a través de su lente.
Cuando en las portadas de las revistas de moda todavía reinaban los dibujos y las ilustraciones, Penn inició su carrera como ayudante del artista Alexander Liberman (1943), para después dedicarse al diseño de portadas. El mundo editorial lo condujo a la fotografía y fue allí donde todo su genio hizo explosión. Luego, encontró la medida de su belleza en la modelo Lisa Fonssagrives, con quien se casó en 1950. Esta musa sería a partir de ese entonces el objeto mejor enfocado de su lente.
Durante un período desarmó su estudio, lo metió en una maleta y recorrió América Latina y África, convirtiendo a personajes anónimos de lucir nativo en modelos de revista. Aunque muchos criticaron la descontextualización de los indígenas y aborígenes, Penn (seguramente con una sonrisa irónica entre dientes ante la falta de sensibilidad) aseveraba que no tenía por qué tratarlos de manera distinta: “La gente a la que fotografié no era primitiva. La gente primitiva vive en Nueva York”.
Ahora que el cuerpo de Irving Penn ha desaparecido de este mundo, ahora que su nombre y algunos hechos de su vida han llenado páginas de revistas y periódicos desde el pasado 7 de octubre cuando su hermano anunció su muerte, vale la pena revisar aquellas cautivantes imágenes. Al mirar de nuevo no queda duda de que Irving Penn no hizo otra cosa que capturar la belleza de cada cosa que fotografió a pesar de sí misma.