Bogotá |28 Oct 2009 - 9:43 pm

Angustiante jornada en Briceño

Por: Elespectador.com

Fredy Castillo mantuvo como rehenes durante varias horas a cinco personas en una casa de este lugar. El hombre, un ex convicto armado, pedía la custodia de uno de sus hijos, llamado Jefferson, de cinco años.

Fredy Castillo
Foto: Diana Sánchez
Momentos de tensión en los que el secuestrador apunta a las cámaras de la prensa y a la Policía.

En la tarde del viernes, Fredy Castillo Villamil, con una granada en una mano, un revólver en la otra y un cigarrillo en la boca, se acercó a la ventana de una casa de un barrio de Briceño (Cundinamarca) para echar una mirada a los policías, curiosos y periodistas que vigilaban atentamente la vivienda desde hacía varias horas. Luego de inspeccionar el horizonte, obligó a que Elvira Pulido, su compañera sentimental y con quien tiene dos hijos, le prendiera el cigarrillo. Fumó un rato enfrente de las cámaras de los medios y los cañones de las autoridades y después se retiró hacia las sombras.

Castillo repitió la misma rutina desde las 9:00 a.m. De tanto en tanto improvisaba gritos a la prensa (“¡No quiero sapos!”) y disparos al aire y hacia los periodistas (las cuentas decían que habían sido entre cinco y siete balazos). El hombre, que salió de la cárcel hace unos tres meses, presuntamente luego de purgar una condena por homicidio, decidió retener en la casa a Pulido, la madre de ésta (Olimpia Pulido), una niña del barrio que estaba visitando a doña Olimpia, una inquilina que vive en el lugar y a su propio hijo, Jefferson, de cinco años y cuya custodia (en manos de la madre) desató todo el drama.

Pasadas las 7:00 a.m., Castillo llegó hasta el domicilio de Pulido. Ya venía armado y sabía muy bien cuáles serían sus palabras, cómo movería sus fichas para lograr su cometido. No lo pensó mucho y tan pronto tuvo a la mamá de sus hijos enfrente, le dijo “Usted sabe a qué vine, malparida”. Sacó el 38, frío y áspero, que le pesaba dentro de la chaqueta, y disparó. El tiro fue a dar contra un furgón, propiedad de Pulido.

En algún momento de la discusión, Castillo entró a la casa y le ordenó a Pulido que fuera hasta el jardín donde estudia Jefferson para que lo trajera. Algunas hipótesis apuntan a que el hombre habría amenazado a doña Olimpia y a las demás personas que se encontraban dentro de la casa y que por esto Pulido accedió a la petición de Castillo. Dos horas después, la madre regresó a la casa con Jefferson en los brazos. Oficialmente se había iniciado la espera.

Las horas pasaron, espesas, entre la monotonía y el sobresalto. Hacia el mediodía, una comisión integrada por las autoridades locales intentó una salida negociada con Castillo. Las negociaciones con el hombre, lleno de ira y de una sorda maldad, fallaron. Un par de periodistas lograron entrar a la vivienda, para ser expulsados de ella minutos después. Luego se sabría que no eran periodistas, sino miembros camuflados del Gaula.

Mientras todos los vecinos observaban el espectáculo desde la confortable lejanía del cerco levantado por la policía, algunos efectivos trasteaban una escalera, con la presunta intención de improvisar una entrada por el techo de la casa. Una y otra vez salió Castillo a la ventana, su ventana hacia el mundo, para fumar, gritar y disparar. En algunos momentos en su rostro se notó una sonrisa, un gesto de desprecio por todos aquellos que observaban el teatro de su desespero.

A la 1:30 p.m. fueron dejados en libertad doña Olimpia, la niña que le hacía visita en el momento del ingreso de Castillo a la vivienda y Jefferson, el hijo de la discordia. Antes de que el reloj diera las 2:00 p.m., el hermano de Pulido entró a la vivienda para dejar el almuerzo. A las 5:30 p.m., Castillo dejó ir a la inquilina, que fue recibida por su hermana, quien se encontraba entre la angustiada multitud que observaba el desarrollo de los hechos.

La tarde siguió su curso y Castillo, entre los gritos y los disparos, pedía que le dieran a su hijo y un vehículo para poder salir de la zona “No me voy sin uno de mis hijos”, dijo varias veces desde la ventana. De tanto en tanto volvió a disparar, el revólver siempre firme en la mano derecha, y en la izquierda la granada, que según las autoridades es de fabricación israelí; Castillo aseguraba que tenía tres más de éstas en la casa.

Hasta el miércoles en la noche, una moto de la Policía había sido quemada por parte de Castillo y la tensa situación continuaba.

Fredy se expone a perder a su hijo

Con su erróneo proceder, Fredy Castillo no sólo será investigado penalmente por la Fiscalía, sino que se expone a una condena por secuestro, porte ilegal de armas y violencia intrafamiliar, entre otros delitos, que le significarían pasar varios años en la cárcel, caso en el cual no podrá pedir la custodia de su hijo, sino que se expone a perder la patria potestad del menor, es decir, que perderá todos sus derechos sobre la crianza, aunque será obligado a responder económicamente para sostener al niño.

  • Elespectador.com| Elespectador.com

0
Opinar| Enviar | Imprimir |
0

Opiniones

Este es un espacio para la construcción de ideas y la generación de opinión.
Este espacio busca crear un foro constructivo de convivencia y reflexión, no un escenario de ataques al pensamiento contrario.

Para opinar en esta nota usted debe ser un usuario registrado.
Regístrese o ingrese aquí

Publicidad
Publicidad
Suscripciones El Espectador

Edición impresa

Suscríbase
 
Círculo de experiencias

ACTIVE LA LLAVE DE SUS PRIVILEGIOS

Beneficios para suscriptores

CONÓZCALOS
 
 

El uso de este sitio web implica la aceptación de los Términos y Condiciones de COMUNICAN S.A. Todos los Derechos Reservados D.R.A. Prohibida su reproducción total o parcial,así como su traducción a cualquier idioma sin autorización escrita de su titular. Reproduction in whole or in part, or translation without written permission is prohibited. All rights reserved 2012