Nacional |16 Nov 2009 - 8:59 pm
Hace 30 años, Moravia se convirtió en el basurero de Medellín
Una transformación costosa
Por: Isabel González Ramírez / Especial para El Espectador
Cinco años después de iniciado el Macroproyecto de Intervención Integral, se han invertido $104 mil millones y se han reubicado 1.519 familias. Para 2010, “El Morro” estaría desocupado.
Foto: Luis Benavides
El Macroproyecto de Moravia inició en 2005 con el objetivo de pagar la deuda social y ambiental que el municipio tenía con los habitantes de la zona.Un grupo de niños elevan sus cometas entre las casas de tabla, cinc y plástico que faltan por demoler. Sus pies descalzos pisan sin cuidado los charcos de agua mezclados con líquidos contaminantes que caen de esa montaña de basura conocida como “El Morro de Moravia”, en la que por años han vivido ellos, sus padres e incluso sus abuelos. Allí, el día pasa entre la ropa de colores que tapiza las fachadas, la música a todo volumen, las ventas de arepas asadas, las carretas llenas de frutas, las astas que indican que se derribó un rancho y, claro, ese olor a desperdicios al que todos terminaron por acostumbrarse desde hace más de 30 años, cuando una disposición municipal decidió que ese sector, ubicado a diez minutos del centro de la ciudad, sería el botadero a cielo abierto de Medellín.
Corriendo sobre toneladas de basura que parecía invisible para el resto de los habitantes de la ciudad y que hoy está tapada con tierra, pavimento o adoquines, los niños llegan hasta la única obra del arquitecto Rogelio Salmona en Medellín, otra de las construcciones que junto a la Universidad de Antioquia, el Planetario Municipal, el Parque Explora, el Parque Norte, el pasaje Carabobo y el renovado Jardín Botánico, configuran el nuevo Norte.
Salmona donó el diseño de “La Casa de Todos”, un lugar que se ha convertido en el ícono del Macroproyecto de Intervención Integral de Moravia y en donde las rimas de Stiwar Bermúdez y Ángel Moreno, un par de raperos que cuentan las vivencias de los barrios, reciben a los pequeños y a todos los que se unen a la celebración de esta transformación que, según la gerente del Macroproyecto, Paula Londoño, “se inició en 2005 con el objetivo de pagar la deuda social y ambiental que el municipio tenía con los habitantes de esas cuatro hectáreas y con la ciudad en general”.
Ahora, cinco años después de iniciado el proceso, se han invertido 104 mil millones de pesos y se ha reubicado, pese a las reticencias, a 1.519 familias, aunque se espera que para 2010 “El Morro” esté totalmente desocupado. “Al principio la gente no creía, pero ahora hay otras expectativas, aunque sigue siendo difícil desapegarse del territorio”, cuenta Londoño, al tiempo que señala que también se construirá un humedal, como planta piloto, que servirá para remover los lixiviados que bajan de “El Morro”, que son nocivos para la salud.
La celebración es una oportunidad para que quienes se fueron y quienes siguen viviendo en Moravia se encuentren y hablen de los alcances y las falencias del proyecto. Carlos Bedoya, quien está a la espera de reasentarse con su familia, recuerda que cuando llegó a “El Morro” con su papá, apenas empezaba la invasión con los ranchos de los desplazados de la violencia en los años 50. Minuciosamente relata cómo la zona se ha distinguido por la pobreza, la violencia y el abandono del Estado. “En los 80 no entraba un policía y Pablo Escobar (el capo del narcotráfico muerto por la policía en 1993) fue el que iluminó la placa deportiva”, dice.
Para Flor María Calderón y su vecina Olga Torres, otra de las dificultades para que el proceso sea exitoso es la incapacidad de vivir en comunidad. Según ellas, la mayoría de quienes hoy habitan los apartamentos a donde fueron trasladados, no han logrado desprenderse de los antiguos hábitos del basurero y esto genera problemas de convivencia. “No ha habido sensibilización que valga para que no se roben los sifones y bombillos, no dañen las zonas comunes y no tiren por el balcón los desperdicios. Por eso en este proceso de transformación los incumplimientos son de parte y parte”.
Ahora el sonido de las almádenas acompaña la vida de los que no se han ido de “El Morro”, la nostalgia embarga a los que no entienden por qué cuando todos los alrededores se han embellecido debieron irse y los niños siguen corriendo con sus cometas sin fijarse en lo que pisan, hasta que todos aporten la cuota que permita la verdadera transformación.
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Isabel González Ramírez / Especial para El Espectador | Elespectador.com
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