Internacional |21 Nov 2009 - 9:59 pm

Testimonios del secuestro de barcos en Somalia

“Me hice pirata al ver el dinero que tenían”

Por: Natalia Junquera / Especial de El País para El Espectador, Madrid

Secuestradores, mediadores y abogados revelan todas las claves de un negocio que mueve más de US$75 millones.

Piratas somalíes capturados
Foto: EFE
Un grupo de cinco piratas somalíes fue capturado en el Golfo de Adén por oficiales de la fragata portuguesa Alvares Cabral. 

“Me uní a los piratas en 2005. Había combatido en la guerra civil y sabía manejar armas y luchar. Eso me facilitó la entrada en un grupo pirata. Me uní a ellos porque solían alquilar mi carro y pude ver la cantidad de dinero que tenían. Participé en cuatro ataques a barcos. Fracasamos en tres y tuvimos éxito en uno. Capturamos un barco gigante lleno de mercancías durante cuatro meses. Nos pagaron un rescate y nos lo repartimos. Fue a principios de 2006. Utilicé ese dinero del mejor modo para mi familia y mis parientes, y estoy feliz de haberlo hecho. Me dieron 70.000 dólares”.

El testimonio es de un pirata somalí de la región de Hobyo, entrevistado para un exhaustivo informe financiado por el Ministerio de Defensa noruego, titulado “Piratería en el Golfo de Adén: mitos, errores y remedios”. Quizá el mito más extendido es que la piratería empezó como respuesta al expolio que los barcos del mundo rico hacían en las aguas de uno de los países más pobres del mundo. En realidad, el primer barco secuestrado por somalíes, en 1994, se llamaba Bonsella y no era un pesquero, sino un buque de carga que transportaba ayuda humanitaria para Somalia. Los piratas lo utilizaron para intentar capturar a otros dos barcos, también de carga. Fracasaron y el Bonsella fue liberado, después de que los secuestradores robaran la ayuda.

La fuerza naval europea que lucha contra la piratería en el Índico (Eunavfor) alertaba esta semana del ataque pirata cometido más lejos de las aguas de Somalia: a 1.000 millas náuticas al este de Mogadiscio. La mayoría de los 11 barcos que ahora están secuestrados son buques de carga, no pesqueros. Los piratas, como confesaba el bucanero citado, eligen sus presas por dinero.

“Sabemos qué es cada barco. Si tiene radares grandes, es un barco militar y nos alejamos. Si es un barco pequeño, no lo queremos, es inútil. Pero si el barco es grande, disparamos algunas balas y esperamos para ver si responden al fuego. Después, volvemos a dispararle. Son más lentos y nosotros tenemos lanchas rápidas. Un hombre sube primero y nos pasa información. Después todos abordamos el barco”, relata un pirata que se hace llamar Red Beard (“Barba Roja”).

Buscan barcos grandes y, preferiblemente, europeos. “Su tripulación es más cara, en parte, porque son países con gobiernos sujetos a la presión política”, explica Stephen Askins, ex marine de EE.UU. y ahora abogado del bufete británico Ince&Co. Su empresa, que negocia y organiza el pago de los rescates, recibe ingresos millonarios cada año. A veces, más que los propios piratas, que han ganado cerca de US$75 millones en rescates, según calcula el Real Instituto de Estudios Internacionales, también conocido como Chatman House. “La entrega en paracaídas —precisa Askins— cuesta unos 300.000 dólares”.

Los piratas no tienen prisa. Pueden esperar durante semanas en alta mar a su presa. Los que secuestraron el atunero vasco Alakrana el 2 de octubre llevaban 19 días navegando en busca de una víctima fácil. Con una pequeña inversión —un esquife cuesta entre 1.000 y 2.000 dólares y a veces los propios somalíes pagan para participar en un ataque como inversión—, pueden conseguir un rescate de entre dos y tres millones de dólares. Los precios son directamente proporcionales al tiempo que dure el secuestro. El nerviosismo aumenta la presión y la cantidad que está dispuesto a pagar un armador o un gobierno para zanjar la crisis. Por eso cada vez se toman más tiempo. El Win Far lleva retenido desde abril.

Según el mediador Andrew Mwangura, los piratas calculan el rescate en función del tipo y la antigüedad de barco (que consultan por internet), la carga y el número y nacionalidad de los tripulantes. Por eso, advierte que el precio final del Alakrana fue mucho mayor que el del Playa de Bakio (700.000 euros).

Los jefes se llevan el 20%. Otro 20% lo reinvierten en futuros ataques (armas, combustible...); los piratas se reparten un 30% de las ganancias y el 30% restante es para sobornos, según Chatman House. Todos los piratas entrevistados para el estudio financiado por el gobierno noruego se habían comprado una casa y un carro. Otros utilizaban su parte para abandonar Somalia rumbo a EE.UU., Europa Occidental, Canadá, Dubai o Kenia. En este último país localizaron un hotel comprado por piratas.

Es muy difícil seguir el rastro del dinero. Se extiende muy rápido. El Real Instituto de Estudios Internacionales explica que el método de transferencia al extranjero empleado generalmente es la hawallah, un sistema tradicional por el cual el dinero en efectivo no sale del país, sólo cambia su título de propiedad para que otro pueda sacarlo desde el extranjero. Dubai es uno de los destinos favoritos.

No mueven tanto dinero como los traficantes de droga, pero la ecuación riesgo-beneficio es mucho más ventajosa. Entre el 50% y el 60% de los piratas capturados por militares han quedado en libertad, según Chatman House, quien agrega: “No es sensato esperar que lugares como Kenia, Tanzania o Seychelles vayan a procesarlos”. Las cárceles kenianas están abarrotadas. La Unión Europea ha iniciado la segunda fase de su lucha contra la piratería: el trabajo en tierra. Por eso apoya ahora al gobierno de transición somalí, cuyo mandato termina en agosto de 2011, y espera que para entonces haya instaurado algunas instituciones democráticas. Mientras, los piratas se hacen fuertes rescate tras rescate. No sólo es el dinero. “Cuando capturas un barco, la gente te recibe como si fueras un presidente”, explicó Mohamed, pirata, en Nairobi. “Te respetan, incluso rezan por ti”.

  • Natalia Junquera / Especial de El País para El Espectador, Madrid | Elespectador.com

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