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Una publicidad honesta hace que la marca se vea honesta y por ende la credibilidad y la cercanía con las personas sea mayor. La honestidad siempre es un gestor de vínculos más fuertes y genera relaciones de confianza duraderas entre las marcas y los seres humanos. Si yo le creo a la publicidad que veo o escucho, entonces seguramente le creeré a la marca.
Hace poco estaba de viaje por Estambul, la capital de los tres imperios: el Romano, el Bizantino y el Otomano, donde la historia emerge desde cualquier alcantarilla y desde cualquier esquina.
Me encontraba como buen turista visitando el gran bazar, un inmenso mercado turco construido en unas increíbles bóvedas del siglo XV donde se vende de todo y los turistas son acechados brutalmente por miles de vendedores. Tal vez es como la versión glamurosa e histórica de sanandresito.
Pero acá todo es altamente negociable, el primer precio que te ofrecen termina siendo rebajado en un 50% y en el almacén de al lado te dan otro 25% adicional. Es tan competitivo el tema, que se pierde toda la credibilidad en el lugar, en los vendedores y en la calidad de los artículos. Después de estar una hora, se siente la carencia de confianza y se incrementa el sentimiento de sentirse estafado.
Iba caminando por un largo corredor esquivando vendedores y sus ofertas cuando de repente uno se me paró al frente, me miró a los ojos y me dijo: cómpreme a mí, acá robamos menos.
Su estrategia me impactó. Fue muy honesto. Me gustó su actitud y su discurso y ahí terminé comprando. Fue como publicidad honesta que sin duda marca un diferencial y plantea un atractivo en un mundo sobrecargado de mensajes muy similares.
He venido reflexionando sobre el tema. Incluso he pensado en cómo sería una campaña publicitaria política honesta.