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Las protestas que protagonizaron el lunes pasado estudiantes de diferentes planteles en tres puntos de la ciudad, y que culminaron con enfrentamientos entre la Policía y los manifestantes, no tienen una relación directa. Si bien los estudiantes del colegio Nicolás Esguerra pedían un tarifa diferencial en el pasaje de Transmilenio, los motivos que desencadenaron el malestar en la comunidad educativa del Colegio Panamericano tienen otro origen: sus estudiantes y directivas exigen la continuidad de su proyecto educativo, que desde hace más de un año se encuentra amenazado.
El bloqueo a Transmilenio que promovieron algunos miembros del colegio, a la altura de la calle 34 con avenida Caracas, funde sus raíces en situaciones que vienen de tiempo atrás. Con esta ya son tres las manifestaciones que estudiantes y padres de familia de esta institución han realizado desde finales del año pasado.
Inicialmente, y durante más de 50 años, el Colegio Panamericano funcionó en su sede propia, frente al Colsubsidio de la calle 26. Sin embargo, como dice la canción de Willie Colón, “todo tiene su final. Nada dura para siempre”. A finales de 2009, la Secretaría de Educación le entregó los predios donde funcionaba el colegio al Instituto de Desarrollo Urbano (IDU) para la construcción de la troncal del Transmilenio en la calle 26. Desde ese día, el Colegio Panamericano, que se ha mantenido dentro de los cinco mejores del Distrito, se convirtió en un ente errante. “A pesar de ser una institución con una trayectoria intachable, hoy vivimos una situación de plantel itinerante”, explicó Edilberto Castellanos, director del colegio.
Con la promesa de una nueva sede, bien ubicada y con buenas condiciones, estudiantes y maestros hicieron sus maletas, vaciaron sus casilleros y escritorios, y se despidieron de los muros y corredores, que durante más de 50 años habían visto pasar la vida: la metamorfosis de niños a adultos de tres generaciones de personas que se educaron en este colegio.
Cuando les informaron que debían desalojar la institución para la construcción de Transmilenio, les aseguraron que pasarían a una sede temporal mientras se solucionaba lo de una propia. Así, los ubicaron en dos casas, que antes habían sido la sede de la antigua Clínica de la Magdalena, en la calle 34 con avenida Caracas. A pesar de que esta construcción no cumplía con los requisitos mínimos para el funcionamiento de un centro educativo, y que además pertenecía a un funcionario de la Secretaría de Educación, sobre quien pesa una investigación disciplinaria, los casi 1.000 muchachos del barrio Panamericano, de la localidad de los Mártires, fueron ubicados allí.
El 5 de noviembre de 2009 algunos estudiantes y padres de familia salieron a manifestar su inconformidad, ya que para esta época se les confirmó que no volverían a su sede sobre la calle 26 y que debían buscar otra opción. A finales de enero de este año, una nueva protesta prendió la alarma. Los estudiantes salieron a tomarse las vías de Transmilenio. Su descontento era porque les habían informado que el colegio debía ser trasladado a las instalaciones del Camilo Torres, en la calle 32 con carrera séptima. La Secretaría comunicó ayer que se había comprometido a mantener la independencia administrativa y financiera del colegio, así como de proveer a los estudiantes los servicios de transporte y alimentación, y que esos ítems los había cumplido.
A profesores, estudiantes y padres de familia los llenó de miedo la idea de ser fusionados con el colegio anfitrión. Tras varias horas de tensión, funcionarios de la Secretaría lograron, a punta de promesas y compromisos, bajarle el ánimo al grupo de manifestantes. El acuerdo era que no habría fusión y que desde ese momento se empezaría a buscar un terreno para la construcción de una nueva sede, con las mejores condiciones.
Desde ese momento, el Colegio Panamericano empezó a funcionar en las instalaciones del Camilo Torres. Los estudiantes compartían patios y cafeterías, pero no uniformes ni profesores. La convivencia fue compleja, los estudiantes del Panamericano se sienten como invitados, como intrusos en la sede donde actualmente está funcionando el colegio. Hasta hoy, la promesa de una sede propia, con espacios amplios y biblioteca, es sólo eso, una promesa que se hace lejana y confusa.