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La última persona que le imploró al presidente John F. Kennedy para que desistiera de viajar a hacer campaña de reelección a Texas fue su propia esposa, Jacqueline, pero él no le hizo caso. Obstinado, convencido de que no le podía ocurrir nada malo, y convincente a la vez, la calmó con un beso suave con el que de alguna forma quería decirle que en todos lados había enemigos. El 22 de noviembre, cuando los dos se asomaron a la escalerilla del jet presidencial, en pleno Love Field, para saludar a los miles de simpatizantes que habían ido hasta el aeropuerto a recibirlos, él la observó con una sonrisa a medias para decirle “¿viste?”.
Sin embargo, cinco minutos más tarde fue ella quien se dejó llevar por una mueca de pesimismo, pues en el trayecto que los llevaba hacia el centro de Dallas comenzó a ver en tiendas y bancos letreros contra Kennedy y su gobierno. Algunos curiosos, incluso, le mostraron la primera página del Dallas Morning, en la que un grupo de extremistas de derecha había publicado un aviso grosero que lo conminaba a devolverse y a no regresar jamás.
Cinco minutos después se desató la tragedia. Comenzaron entonces a atropellarse las versiones, las palabras, las órdenes y los silencios. La caravana de la limusina de Kennedy llegó a la Plaza Delay por la calle Houston, para tomar la Elm. Luego continuó hacia la Colina de Pasto. Banderitas, vítores, sonrisas, todo parecía una fiesta. “Pocas veces había yo estado en una manifestación tan colorida y alegre”, diría luego uno de los escoltas de Kennedy, Bobby Harveys. “Cuando escuché el primer disparo, pensé que eran petardos, y después, con el segundo, rogué que fueran petardos”, pero entonces Harveys vio que el gobernador Connaly, ubicado en uno de los asientos de adelante, tenía manchas de sangre en la camisa, y vio al presidente que se inclinaba sobre sí mismo, y oyó gritos. “Algo grave había ocurrido, claro. Por eso me subí al carro para proteger a la señora Kennedy y al presidente y grité que nos fuéramos al hospital más cercano”.
El tercer proyectil le dio de lleno en la cabeza a John Fitzgerald Kennedy. “Él llegó con los signos vitales muy débiles. En un principio yo no pude encontrar la herida mortal, hasta que removí el cuero cabelludo y vi el destrozo en sus huesos, en la masa cerebral, en todas partes. No había nada que hacer”, recordaba unos años atrás la enfermera Bells, quien lo recibió en el hospital de Parckland pocos minutos antes de la una de la tarde, hora del centro de los Estados Unidos. A la una, el doctor Clark le anunció, lacónico: “Nuestro presidente ha muerto”. Ella lo cubrió con una sábana blanca y rezó.
La multitud crecía en las afueras del hospital. Cada quien desplegaba su propia teoría. Que habían sido tres tiros, que sólo uno, que era una conspiración, que un cuarto disparo había salido de la Colina de Pasto, que no, que todo era obra de un loco. El loco, dictaminaría más de un año después la Comisión Warren, creada por el presidente Lyndon B. Johnson para investigar el crimen, era un ex marine muy callado, activista del comunismo, llamado Lee Harvey Oswald, quien viajó a la Unión Soviética en el 59 y retornó a los Estados Unidos con la absoluta obsesión de asesinar a Kennedy. “Oswald, y sólo él, fue el responsable de la muerte del presidente”, concluyó el documento.
Oswald disparó su rifle Carcano desde el sexto piso de un depósito de libros. Cuando la policía subió hasta allí, encontró varios cartuchos dispersos por el suelo, y una bolsa café con medio almuerzo, cajas y cajas de libros y un aire pesado, sombrío. Minutos más tarde supieron que el sospechoso había sido detenido en el Texas Teather, a pocas cuadras, luego de haber matado al agente Tipett, y que era trasladado hacia la Comisaría. “Yo no maté a nadie, a nadie, y espero que se me haga un juicio de acuerdo con la Constitución”, repetía Oswald.
El domingo siguiente, mientras atravesaba uno de los pasillos de la Comisaría, custodiado por dos guardas, el único hombre que podía decir la verdad sobre el asesinato del presidente fue asesinado a boca de jarro de un balazo por un oscuro sujeto amigo de los policías y la prensa que se llamaba Jack Ruby. “Oswald llegó a Parckland agonizante. Su caso era similar al del presidente, nosotros sabíamos que era necesario salvarle la vida para saber la verdad. No obstante, era casi que imposible”, diría la misma enfermera Bells que había atendido a Kennedy.
Ruby tampoco dijo mayor cosa, pues falleció de cáncer en prisión a mediados del 67. Ya para entonces las dudas sobre el informe de la Comisión Warren se habían propagado. En una grabación de audio de la escena que había difundido un policía, se alcanzaba a escuchar una cuarta detonación. En una cinta casera de un comerciante se veía que Kennedy había sido impactado en dos lugares. Los investigadores particulares proliferaron, igual que las teorías. Una bala fue hallada en el cesto de la basura de la sala de emergencias de Parckland.
Quienes defendían la tesis de una conspiración, aducían que era imposible que esa bala hubiera alcanzado el cuello del presidente, y después, hubiese pasado por la quinta costilla del gobernador Conally, para atravesarle el pecho, internarse en su muñeca y acabar en su muslo. Pasados muchos años, en 1978, una comisión investigativa del Congreso determinó que había un 95 por ciento de posibilidades de que alguien hubiera disparado un proyectil desde la Colina de Pasto. Sin embargo, las conclusiones se confundían con las muertes, y las muertes con las antiguas versiones, y todo era una mezcla incomprensible de probabilidades en la que era imposible descubrir la verdad.
A Kennedy lo querían muerto los exiliados cubanos y los castristas. Unos, porque había ordenado la invasión a la isla por Bahía Cochinos, y los otros, porque no había dispuesto de una real fuerza para derrocar a Fidel Castro. Lo querían muerto los comunistas, pues había amenazado con profundas retaliaciones al primer ministro soviético, Nikita Kruschev, luego de descubrir que había instalado varias bases nucleares en Cuba. Lo querían muerto las mafias organizadas de su país a las que perseguía, algunos sectores de la CIA, las extremas derechas, el círculo negro de los armamentistas y los militares. Como dijo a fines de los 60 el fiscal general de New Órleans, Jim Garrison: “En el verano de 1963 el presidente Kennedy se había distanciado tanto de los militares que, al mirar hacia atrás, nos damos cuenta de que uno u otros tenían que ser necesariamente eliminados. El primero de septiembre entabló conversaciones de paz con Cuba, y como remate, inició la retirada de tropas de Vietnam”.
Kennedy había dicho que “la humanidad debe acabar con la guerra o la guerra acabará con la humanidad”. Era un hombre que buscaba la paz, pero la paz no le convenía a sus enemigos. Su autopsia, según Garrison, fue incompleta, amañada y supervisada por un general. “Omitió el dato de un tiro que le dio de frente”. Muchas verdades se ocultaron, muchos testimonios se tergiversaron, los personajes involucrados en la historia se diluyeron, y algunos de los documentos más comprometedores se extraviaron o fueron quemados. Seis horas después de la muerte de John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson juró como su sucesor ante un juez en la sala de juntas del jet presidencial. Algunos testigos dijeron que tomó la mano de Jacquie Kennedy y la llevó a su corazón.
Las razones de un vicepresidente
El vicepresidente Lyndon B. Johnson se convirtió en presidente como resultado del asesinato. Corría el rumor de que Kennedy estaba considerando dejar a Johnson como vicepresidente para las elecciones de 1964. Richard Nixon se encontraba en Dallas el 20 de noviembre de 1963 hasta horas antes de la llegada de Kennedy, y fue citado en un periódico de Dallas el 22 de noviembre diciendo que él creía que Kennedy no consideraría a Johnson para la candidatura demócrata de 1964 debido a que Johnson estaba envuelto en varios escándalos políticos de alto nivel.
En el momento de la muerte de Kennedy, Johnson estaba sujeto a cuatro importantes investigaciones criminales, por violación de contratos gubernamentales, prevaricación, lavado de dinero y soborno. Todas estas investigaciones fueron terminadas cuando ascendió a la Presidencia. Johnson estaba relacionado tanto profesional como personalmente con un asesino convicto, Malcolm ‘Mac’ Wallace, quien a su vez estaba relacionado con el asesinato de JFK tanto por testimonio como por evidencia forense, incluyendo huellas dactilares. Para terminar, Lyndon B. Johnson nombró, a su antojo, a los integrantes de la Comisión Warren que investigó el asesinato y culpó, únicamente, a Lee Harvey Oswald.