Los versos salvadores de Miguel Hernández

El secuestro del ex congresista Óscar Tulio Lizcano es el ejemplo más reciente de cómo la poesía del escritor español transforma y cobra cada vez mayor vigencia en un país en guerra como el nuestro.

Cuando cumplió ocho años secuestrado por la guerrilla de las Farc, el ex congresista Óscar Tulio Lizcano se sentía condenado a morir prisionero como el poeta español Miguel Hernández. Su mirada se refunde en el trauma de los recuerdos mientras le atribuye en buena medida a esos “benditos versos” haber mantenido la lucidez en la selva, a pesar de estar encadenado, siempre incomunicado, recitando para sí o para tres palos que convirtió en sus escuchas un recital que cada vez le sonaba más coherente: la poesía concebida por un campesino de Orihuela (España) encarnada en otro de Riosucio (Colombia).

“En esos años me identifiqué aún más con El Cebollero porque él también había perdido su libertad. Al comienzo, en medio de guerrilleros casi analfabetas a los que les prohibieron hablar conmigo, me fortalecía esa expresión que representaba la rebeldía del pueblo español frente a la tiranía de Franco mientras yo luchaba por sobrevivir a la de las Farc. Después comprendí en carne propia lo que debió sentir enfermo —Lizcano con paludismo, Hernández con tifo—. Admirable cómo se preparó para recibir la muerte con dignidad y resignación”: Si me muero que me muera / con la cabeza muy alta. / Muerto y veinte veces muerto, la boca contra la grama, / tendré apretados los dientes / y decidida la barba. / Cantando espero la muerte / que hay ruiseñores que cantan, / encima de los fusiles / y en medio de las batallas.

En actitud declamatoria, Lizcano se acomoda en un sofá al que todavía no logra acoplarse porque el piso y los árboles de la selva maceraron sus huesos. Cuenta que tras el cautiverio acude a Hernández en un ejercicio espiritual que le ayuda a sobrellevar los temores del delirio de persecución y las molestias de la úlcera crónica que le dejó la zozobra de la muerte inminente y el hábito de aguantar hambre o de engañarla masticando bejucos mientras evadían a diario los operativos militares. “Esta lírica fue mi pan”: En la cuna del hambre…  / Con sangre de cebolla se alimentaba.

En los primeros meses de calvario le consiguieron unos 40 libros. Fue El rayo que no cesa y otros poemas —el homenaje de Rafael Alberti a Hernández— el que removió su memoria poética. Se entregó a los sonetos hernandianos y a los que le escribió a su esposa Martha Arango para soportar el presidio. Después lo obligaron a abandonar la “biblioteca” porque el peso y su salud no daban para trastearla de campamento en campamento.

Decidió memorizarlos línea por línea, con acentos y puntuación. Los deshojó para ocultar sus citas preferidas entre los pantalones hasta que la humedad de la jungla y el roce de sus dedos las desintegraron. El último despojo de los versos de Hernández aún lo carga como amuleto. Es un fragmento de El rayo que no cesa, que repitió mil veces para darse ánimo durante su escape el pasado 26 de octubre: Un carnívoro cuchillo / de ala dulce y homicida / sostiene un vuelo y un brillo / alrededor de mi vida. / (…) Sigue, pues, sigue cuchillo, / volando, hiriendo. Algún día / se pondrá el tiempo amarillo / sobre mi fotografía.

Lizcano reconoce que, además de su familia y su último carcelero, quien lo ayudó a huir —el indígena Wilson Bueno Largo, alias Isaza—, le debe agradecimiento “al extraordinario poeta del pueblo que quiero seguir releyendo hasta el último de mis días”.

Asegura que lo salvó de volverse loco, quiere recopilar toda su obra, estudiar su métrica y dictarle a quien lo desee, ojalá de vuelta a sus labores como profesor universitario, la cátedra Miguel Hernández y, por extensión, la de su amigo Neruda, que también lo trasnocha  —los dos autores, miembros    de  la tertulia madridista de Cruz y Raya—.


Se vale entonces de Benedetti para decir: “Más que nunca la poesía es parte fundamental de mi vida, comprobé que la poesía es el único medio para no temerle a la muerte”.

“La poesía de Hernández salva a cualquiera en el peor de los instantes”, ratifica el escritor colombiano Antonio Montaña, tal vez el más ferviente promotor de la obra del vate español en Latinoamérica. El mexicano Fernando del Paso reveló hace un año en Guadalajara que en los años 50 fue Montaña quien le reveló los sonetos de Hernández y que se convirtieron en el punto de inflexión de su carrera como escritor. “Yo induje a Fernando a la poesía española, le presté libros y quedó absolutamente fascinado con Hernández. Por eso es fácil entender que Óscar Tulio Lizcano esté tan agradecido con el hombre que escribió los más bellos poemas sobre la guerra”. “Basta recordar Elegía”, me advierte desde su casa en las afueras de Bogotá, y  recita: No hay extensión más grande que mi herida, / lloro mi desventura y sus conjuntos / y siento más tu muerte que mi vida. / Ando sobre rastrojos de difuntos, / y sin calor de nadie y sin consuelo / voy de mi corazón a mis asuntos. / Temprano levantó la muerte el vuelo, / temprano madrugó la madrugada, / temprano estás rodando por el suelo.

“Los poemas que todavía no me sé los consulto en internet”, destaca Lizcano. Con ellos mitiga el fantasma de las torturas que sufrió, se deshace de la vanidad y de los pecados de la política de la que también escapó. Se inspira, escribe sus propios poemas o sigue en la reconstrucción de algunos de los 80 que devoró la selva, la mayoría dedicados a su esposa Martha, “mi barquerita”. Se emociona. Luego de un suspiro decide mantenerlos inéditos, disfrutarlos en privado, pero por lo que me cuenta se identifican con las 316 cartas que Hernández le escribió desde el encierro a su esposa Josefina Manresa, a quien llamaba “mi carcelera”. “Veo pasar un día y otro día, esperanzado y deseoso de correr a vuestro lado y meterme en nuestra casa y no saber en mucho tiempo nada del mundo, porque el mundo mejor está entre tus brazos... ¡Ay, Josefina mía! No nos queda otro remedio que aguantar todo lo malo que nos viene y nos puede venir, para el día que nos toque aguantar lo bueno. ¿Verdad que llegará ese día? Yo nunca he dudado de que llegará y de que seremos más felices que hasta aquí hemos sido”.

Amor y muerte eran los sentimientos que atormentaban al secuestrado. Como en la Canción primera, Hoy el amor es muerte, / y el hombre acecha al hombre. El primero era la única justificación para mantenerse vivo cada vez que oía por la radio a su esposa enviándole besos. El otro era su sombra, las amenazas de fusilamiento de niños en armas que parecieran conocer la Canción del esposo soldado y su sentencia: Es preciso matar para seguir viviendo. Le surgía la tentación de doblegarse con tal de no sufrir más: Mi cuerpo pide el hoyo que promete la tierra / el hoyo desde el cual daré mis privilegios de león y nitrato / a todas las raíces que me tiendan sus trenzas. Un aparte de La Boca le resulta perfecto para describir lo que sentía: Muerte reducida a besos, / a sed de morir despacio, / das a la grama sangrante / dos fúlgidos aletazos. / El labio de arriba el cielo / y la tierra el otro labio.

El Poema antes del odio también lo conmueve hasta el llanto. Amor, tu bóveda arriba / y yo abajo siempre, amor, / sin otra luz que estas ansias, / sin otra iluminación. / Mírame aquí encadenado, / escupido, sin calor / a los pies de la tiniebla / más súbita, más feroz, / comiendo pan y cuchillo / como buen trabajador / y a veces cuchillo sólo, / sólo por amor. Dos tragedias en una, como en Sentado sobre los muertos: …   Aquí estoy para vivir / mientras el alma me suene, / y aquí estoy para morir, / cuando la hora me llegue,…

El amor se impuso y lo sobrepuso ante lo que parecía imposible en su estado: la fuga. Porque dentro de la triste / guirnalda del eslabón, / del sabor a carcelero / constante y a paredón, / y a precipicio en acecho, / alto, alegre, libre soy. / Alto, alegre, libre, libre, / sólo por amor. ¿Qué pensaba en esos tres días de huida? No, no hay cárcel para el hombre. / No podrán atarme. No. / Este mundo de cadenas / me es pequeño y exterior. “–¡Y lo logré!”, anuncia, y recobra la sonrisa–. Libre soy, siénteme libre./ Sólo por amor.


¿Cómo no interesarse por la poesía?, se preguntan entonces su esposa y sus dos hijos.

Ha pasado casi un mes desde su proeza. A Óscar Tulio Lizcano todavía se le ve débil del cuerpo aunque blindado de espíritu. En un estado comparable al que Miguel Hernández describió en El herido: Para la libertad sangro, lucho, pervivo. / Para la libertad, mis ojos y mis manos, / como un árbol carnal, generoso y cautivo, doy a los cirujanos /. (...) Retoñarán aladas de savia sin otoño, / reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida. / Porque soy como el árbol talado, / que retoño: porque aún tengo la vida.

El impacto hernandiano en Colombia

La vigencia de la obra de Miguel Hernández en Colombia resulta indiscutible. ¿Quién no se ha topado en su casa, en el colegio, en internet o en alguna biblioteca con uno de sus poemas? Yo lo descubrí en una edición de los años 60 que tenía ilustraciones del pintor caldense Luciano Jaramillo. Hoy en Bogotá, a bordo de un Transmilenio, se puede comprobar por qué ‘El niño yuntero’ es una de las 45 obras literarias más leídas del programa Libro al Viento. Más de 25 mil ejemplares fueron distribuidos por la Alcaldía Mayor en seis Bibloestaciones, 22 hospitales, 220 comedores comunitarios, 44 paraderos Paralibros y Paraparques y en cinco plazas barriales de mercado donde el poema más leído es ‘El sudor’. En “España 1937” Fanny Mikey adaptó con acierto sus poemas a las tablas. Hasta en las prisiones hacen eco sus versos. Hace cinco años acompañé a un grupo de poetas, entre ellos Juan Manuel Roca, a una lectura de poemas en la Cárcel Distrital. Y fue un arrepentido ladrón de apartamentos quien primero citó al español: “Cierra las puertas, echa la aldaba, carcelero./ Ata duro a ese hombre: no le atarás el alma./ Son muchas llaves, muchos cerrojos, injusticias:/ no le atarás el alma”.

La poética de Hernández es fruto de la guerra civil española, de sus vivencias como soldado raso contra el franquismo, y por eso pervive entre los actores de nuestro conflicto. En 1996, en la cárcel de máxima seguridad de Itagüí vi a los entonces voceros de la guerrilla del Eln, Felipe Torres y Francisco Galán, subrayando los versos de Hernández. Y contaban que su máximo comandante, Antonio García, los sabe de memoria. Después, en  2004, fue el paramilitar Mauricio García, alias ‘Doble Cero’, quien me lo citó libro en mano durante otra entrevista en su último escondite en las montañas de San Roque Antioquia, antes de que sus propios cómplices criminales lo asesinaran. Mientras escribo este texto, encuentro referencias a Hernández en la página de Salvatore Mancuso y en la del Ministerio de Defensa. En esta última se valen de su verso “hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan en la carne talada” en un informe sobre las víctimas de las minas antipersona.

Símbolo de una campaña por la paz

Tristes guerras/ si no es amor la empresa./ Tristes, tristes./ Tristes armas/ si no son las palabras./ Tristes, tristes./ Tristes hombres/ si no mueren de amores./ Tristes, tristes.

Con la lectura de este poema, en septiembre pasado, se lanzó en todo Colombia la campaña “Un millón de poemas contra la guerra, la impunidad y el olvido; por la paz, la justicia social, la libertad y la vida”. Es una iniciativa de la ONG Redepaz que, según el coordinador nacional Luis Carlos Pulgarín, busca despertar la sensibilidad de los colombianos y demandar de los actores de la guerra acciones de paz. Habrá urnas poéticas en todo el país hasta 2010, año en que se cumplen los cien años del natalicio de Miguel Hernández. Quienes quieran aportar sus versos en el mayor plebiscito poético de la historia pueden escribir a [email protected]

Pensamientos

"En mis años de poeta, y de poeta errante, puedo afirmar que la vida no me ha dado contemplar un fenómeno igual de vocación y de eléctrica sabiduría verbal". Pablo Neruda, escritor chileno.

"Quisiera que los que escuchen estas canciones recuerden que su autor fue un poeta perseguido, condenado y encarcelado. Un hombre que murió en prisión por el delito de pensar y escribir. Que el destino mantenga fresca su memoria y nos libre de aquellos que asesinan a los poetas y a la poesía". Joan Manuel Serrat, cantante español que grabó un álbum con los poemas de Hernández


"La poesía de Hernández salva a cualquiera en el peor de los instantes. Es fácil entender que Óscar Tulio Lizcano esté tan agradecido con el hombre que escribió los más bellos poemas sobre la guerra". Antonio Montaña, escritor colombiano


"Antonio Montaña entró en mi vida como el ángel que me inició en los misterios de la literatura, gracias a un relámpago: ‘El rayo que no cesa' de Miguel Hernández. Los maravillosos sonetos de este gran poeta español, fueron el detonador de toda mi carrera literaria". Fernando del Paso, escritor mexicano

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