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Tema del dia 1 Dic 2008 - 11:00 pm

Quince años después de la muerte de Pablo Escobar

Los reciclajes del cartel de Medellín

El 2 de diciembre de 1993 se creía concluido el capítulo del narcotráfico. Pero sólo había cambiado sus rostros. Mientras el país asistía al derrumbe del cartel de Cali, los antiguos socios de Escobar reestructuraron el negocio. Tras la muerte del capo, ‘Don Berna’ se convirtió en el heredero del cartel de Medellín.

Por: Redacción Judicial
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Foto: Foto: Revista ‘Semana’

Hace 15 años, cuando Pablo Escobar Gaviria fue abatido por la Policía en el tejado de una casa del barrio Los Olivos en la capital antioqueña, en el imaginario del país se le había dado el ‘jaque mate’ al cartel de Medellín y la tarea inmediata para pasar la amarga noche del narcotráfico en Colombia, era hacer lo propio con el cartel de Cali. Hoy está claro que mientras el país volcó sus ojos hacia los narcos del Valle, en Antioquia y Córdoba se vivió un reciclaje en el mundo de la droga que el Estado no neutralizó a tiempo y hoy sigue lamentando.

Cuando Escobar Gaviria fue dado de baja por el Bloque de Búsqueda el jueves 2 de diciembre de 1993, si bien conservaba una desalmada estructura terrorista, ciertamente era un capo acorralado. Las fuerzas del Estado, apoyadas por la DEA y la CIA de Estados Unidos no le daban un respiro en Antioquia. Pero ya no es un secreto referir que el talón de Aquiles del narcotraficante surgió de las propias entrañas de la droga: el grupo Perseguidos por Pablo Escobar (‘Pepes’), que aplicando sus mismos métodos logró hacerlo vulnerable y propiciar su muerte violenta.

Sin embargo, cuando cayó Escobar y tanto el Estado como la justicia norteamericana enfilaron sus armas hacia el cartel de Cali, los clandestinos ‘Pepes’ volvieron a sus andanzas sin que las autoridades extremaran esfuerzos por erradicarlos. A mediados de 1994, seis meses después de la muerte de Escobar, ya el país estaba inmerso en el escándalo de los narcocasetes que dio lugar al sonado Proceso 8.000, y las autoridades se enfocaron en desbaratar la organización de los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, cabezas visibles del cartel de Cali.

Entre 1994 y 1996, los colombianos asistieron al derrumbe de este imperio criminal y los principales capos de Cali fueron capturados. Ante esta ofensiva, la mayoría de los narcos del norte del Valle optaron por entregarse a la justicia y negociar una laxa condena que les permitió seguir manejando sus negocios ilícitos desde las cárceles. Fue la misma época en que el Proceso 8.000 intentaba develar los nexos entre el cartel de Cali y la sociedad colombiana. Un capítulo que nunca se cerró totalmente, como tampoco se hizo con los antiguos socios del cartel de Medellín.

Pero mientras el país celebraba el apresamiento de los Rodríguez Orejuela o José Santacruz, y veía cómo otros capos menos conocidos dejaban conocer sus rostros, los viejos cómplices de Escobar, después mimetizados como ‘Pepes’, avanzaban en su nueva etapa de narcos con discurso político. En otras palabras, mientras Orlando Henao, Henry Loaiza, Juan Carlos Ramírez, Víctor Patiño o Élmer Pacho Herrera protagonizaban en la pantomima de su rendición ante la justicia, los herederos del cartel de Medellín perfeccionaban su tránsito hacia las autodefensas.

El caso más claro lo representó Diego Murillo Bejarano, más conocido como Don Berna. Un maleante que se inició como jefe de seguridad de Gerardo Moncada y Fernando Galeano y que, tras el asesinato de éstos por orden de Pablo Escobar, se alió con los hermanos Fidel, Carlos y Vicente Castaño, para conformar el grupo de los ‘Pepes’. Fue precisamente Don Berna el hombre que hizo el contacto con la gente del norte del Valle y de Cali, y tras la muerte de Escobar, heredó el poder clandestino del narcotráfico en Medellín y en Antioquia.

Don Berna además cooptó dos frentes fundamentales del poder mafioso en los tiempos de Escobar: la Oficina de Cobro de Envigado, dedicada a dosificar los ajustes de cuentas en el negocio del narcotráfico, y la terrible banda de ‘La Terraza’, que poco a poco se encargó de exterminar a otras pandillas en los municipios del Valle de Aburrá. Esta organización era controlada por Elkin Sánchez Mena, quien al convertirse en una amenaza para el poder absoluto de Murillo Bejarano, fue asesinado en una sangrienta emboscada en Córdoba.

De esta manera, Don Berna y su lugarteniente Fabio Orión se convirtieron en el poder del narcotráfico en Antioquia, pero como tanto a él como a sus cómplices les resultaba imposible sostener una organización criminal al estilo del


supuestamente desaparecido cartel de Medellín, Murillo Bejarano terminó sumándose al proyecto nacional que ya solidificaban sus antiguos socios, los hermanos Castaño. De esta manera, con la base de la banda de ‘La Terraza’, pero ya como una estructura política y militar, surgió el Bloque Cacique Nutibara de las autodefensas.

A su vez, en otro sector de Medellín, Carlos Mauricio García Fernández, un ex militar experto en acciones antiguerrilleras que también había participado en el grupo de los ‘Pepes’, le dio vida al Bloque Metro, apoyado en las cooperativas de seguridad Convivir y en las bandas delincuenciales para complementar el control de las autodefensas en Medellín y los municipios anexos. Detrás del poder de García, más conocido como Rodrigo Doblecero, estaban los hermanos Castaño y obviamente Diego Murillo Bejarano, alias Don Berna.

En otras palabras, entre 1993, año de la muerte de Pablo Escobar Gaviria, y 1997, mientras el país estaba concentrado en asistir al supuesto desplome de los carteles de Cali y el norte del Valle, desde Antioquia y Córdoba, avanzando hacia Sucre, Magdalena, Cesar, Chocó, Bolívar o Santander, con la misma base del antiguo cartel de Medellín y sin renunciar al tráfico de estupefacientes, tomaba forma y se expandía a sus anchas la organización que hizo tristemente célebre a Carlos Castaño: las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc).

Poco a poco el país fue conociendo las identidades de otros personajes que habían pasado de agache en la guerra del narcotráfico de finales de los años ochenta. Carlos Mario Jiménez, alias Macaco, quien llegó a ser el mandamás en la zona del bajo Cauca antioqueño; Ramiro Vanoy, alias Cuco Vanoy, otro personaje que se inició con Gonzalo Rodríguez Gacha y se recicló en el paramilitarismo; y en general una sucesión de narcoparamilitares que siempre encontraron formas legales y políticas para esconder su verdadera fachada de narcotraficantes.

El punto de quiebre lo vio la justicia norteamericana cuando empezó a requerir en extradición, por delitos de narcotráfico, a los jefes reconocidos del paramilitarismo. Esta circunstancia no sólo cambió el ajedrez de los Castaño, Don Berna, Macaco, Cuco Vanoy o Daniel Rendón, alias Don Mario entre otros, sino que precipitó el primer cisma en el interior de la organización, a su vez convertido en conyuntura inaplazable: o desactivar el negocio del narcotráfico y negociar una rendición con el Estado, o persistir en el negocio ilícito y buscar una fórmula jurídica para sellar la impunidad judicial.

El desenlace es suficientemente conocido. Los jefes de las autodefensas que quisieron cortar sus nexos con el narcotráfico fueron asesinados, incluido Carlos Castaño y Rodrigo Doblecero. Otros optaron por entregarse, pero dejaron a sus segundos en la clandestinidad para seguir conservando el negocio. La mayoría fueron extraditados. Algunos prefirieron el rearme y su desafío es hoy la nueva cara de la Oficina de Cobro de Envigado, la banda de Don Mario, los negocios del Loco Barrera, el narcotráfico de siempre desdoblado en los herederos del mismo negocio que ayer encabezó Pablo Escobar.

Se dice que ya no hay organizaciones fuertes que puedan enfrentar al Estado, pero también las autoridades reconocen que el narcotráfico en Colombia está aún muy lejos de ser erradicado. Los cultivos ilícitos persisten, la exportación de cocaína sigue siendo un lastre en el exterior para Colombia y la guerra que protagonizan los grupos guerrilleros, las ‘Aguilas Negras’ u otras organizaciones al margen de la ley siguen pasando por el narcotráfico. Desde la multiplicación de mulas hasta los estragos del lavado de activos, la sombra de Escobar mantiene sus raíces en un país desgarrado por la droga.

Han pasado 15 años y lo que ayer parecía el final de la horrible noche del narcoterrorismo de Escobar, hoy se recuerda como el final de un capítulo de horror que sacudió al país. No ha sido una batalla perdida y la prueba es que la mayoría de narcos ha terminado en uno de sus dos destinos: la tumba o la cárcel. Pero persiste un vacío que recientemente se encargó de señalar el concejal Carlos Fernando Galán: “¿Qué pasó con el cartel de Medellín y sus vínculos sociales y políticos? Para superar los fantasmas del pasado, es hora de que se aclare hasta dónde llegó su infiltración”.

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