Gustavo Petro, el indignado

Astuto a la hora de escoger sus enemigos, brillante en la arena mediática, de ganar la Alcaldía, el exguerrillero haría historia en Colombia.

La única vez que Gustavo Petro apareció en segundo lugar en las encuestas, un periodista le preguntó su opinión sobre el repunte de Peñalosa y la llegada al tercer lugar de una Parody recién aliada con Mockus. “En unas gana él y, en otras yo, pero es claro que, al final, la alcaldía se decide entre los dos”, afirmó cerrando la opción de una tercería pero, a la vez, estableciendo el rival que considera de su talla.

Algo similar sucedió hace casi veinte años cuando, siendo Representante a la Cámara organizó, con tres buses, una caravana de setenta personas que viajó desde la capital colombiana hasta Bahía Málaga, amenazando con una veeduría al entonces Presidente de la República, César Gaviria, por haber permitido, de manera ilegal, el tránsito de tropas gringas por el croquis nacional. Despliegue total de cámaras a su llegada a Cali. Acababa de aprobarse la nueva Constitución y el M-19 recién comenzaba a hacer parte de la vida política del país y este hombre, con menos de 35 años, ya enfrentaba al Presidente. Y lo ha hecho igual desde entonces. La última vez, contra Álvaro Uribe por la relación entre los grupos paramilitares y algunos políticos cercanos a sus afectos. En estas dos ocasiones, como en todas las demás de su vida pública, Gustavo Petro ha sabido escoger a su rival. Es parte de su éxito: graduar de enemigo a quien más le aporte réditos políticos, particularmente mediáticos.

A finales de siglo pasado, mientras los gamonales se desgastaban con sus vetustas maneras de conseguir votos -con lechona y dinero de por medio-, el tema mediático se abrió como un nuevo instrumento de acción política en el país. Petro lo supo antes que el resto de su generación. Lo descubrió como militante del M-19 (un movimiento que logró fama no tanto por sus golpes militares sino por impactos tremendamente mediáticos, como el robo de la espada del Libertador o el de las armas en el Cantón del Norte). Quizás por eso se ha convertido en un hábil creador de hechos políticos. Su debate sobre la parapolítica, sus denuncias contra el fenómeno del paramilitarismo, la ruptura con el Polo, las denuncias de corrupción en la administración distrital y la existencia del carrusel de la contratación son prueba de ello.

Valiente, es el adjetivo que más suele sumarse a su nombre. Pero no tanto por enfrentar a la muerte en la guerra (nunca estuvo en combate), sino por alzar su voz en contra de las mayorías. Le gusta ser la isla que se desprende del continente, el David que constantemente enfrenta a Goliat. Basta recordar que salió del Polo en momentos en que carecía de una curul para asumir algún tipo de vocería política. Según informó en su momento el portan de noticias La Silla Vacía, sus denuncias se volvieron un “dilema incómodo” para sus directivos. En tiempos de Samuel, un comunicado del Comité Ejecutivo del Polo, del que hacían parte Dussán, López Obregón, Navas y Robledo, casi rogaba: “Llamamos a nuestros militantes y amigos a movilizarse en defensa de la Alcaldía de Bogotá”, al tiempo que encumbraban a Petro como el peor enemigo del partido. “Él quiere hacerle graves daños al Polo Democrático”. Días muy duros para Gustavo, prácticamente expulsado del Partido que él mismo ayudó a fundar, pero ya se sabe que en política abundan los besos de Judas. “No tenía opción –el exconcejal Bruno Díaz sale en su defensa-: o se abría o quedaba cohonestando la corruptela”.

"Miedo es lo que hace que nos atrevamos a tomar riesgos", escribió Paul Auster, a lo que pregunto pensando en Petro, ¿Miedo a seguir en lo mismo? ¿A no poder elevar la propia voz? ¿A no vencer al destino y dejarse tragar por el gregarismo? “Mi interés es cambiar a Colombia”, afirmó al final de esta entrevista en la que su rubísima esposa estuvo siempre a su lado aferrando su mano derecha, quizás transmitiéndole seguridad. ¿Miedo, quizás, a no lograr esa Presidencia de la República que anhela con tanto empeño? Es un hombre que no se arredra, que nunca da una bola por perdida, que no da puntada sin dedal. “No lo han amilanado ni las acusaciones de uribista, santista u hombre de derechas -como lo tildan su excompañeros del Polo- ni las estigmatizaciones de guerrillero, comunista, extremista con que lo descalifica el establecimiento”, apuntó un alguien que lo conoce desde hace más de veinte años.

Gustavo Petro es costeño. Nació en un pueblo que para muchos no es más que un nombre perdido en la geografía cordobesa. Ciénaga de Oro -que así se llama ese lugar-, es al porro lo que la capital del Cesar es al vallenato. El hombre es bueno para bailar porro pero, para venir de un pueblo tan musical, sorprende que carezca del carácter espontáneo y festivo de sus paisanos. Quizás se deba a que desde muy niño lo mudaron a vivir a Bogotá; o a que su mamá es del Guavio, una zona cundinamarquesa; o a haber estudiado en un colegio de curas en una siempre fría Zipaquirá o; simplemente, a que es eso que llaman un “costeño controlado”, buscando señalar a aquellos caribeños que reprimen el desparpajo, no se comen algunas letras al hablar o lo hacen en el tono moderado de los cachacos. El caso es que es un hombre tímido, no muy dado al humor ni a la cháchara banal. “Es un tipo que observa y se ríe –afirman sus amigos-: todo el tiempo se expresa a través de su capacidad de análisis”. ¿Ríe como las serpientes, tal cual las palabras de Antonio Caballero en Semana? “No es de mafias ni sectario. Tiene un compromiso tan extremo con el pueblo que no resulta cómodo ni para los partidos políticos ni para quienes sólo defienden sus propios intereses”, aseguró alguien que dice conocerlo a fondo. “Es meticuloso y perfeccionista -contó sobre su carácter cierta colaboradora de la campaña-, alguien que sabe separar las ideas de los afectos”. Es un hombre tan pragmático –digo yo-, que, siendo de la izquierda, no dudó en traicionarse a sí mismo, alineándose con la extrema derecha al votar por Ordoñez para Procurador: un día, combatiendo por la guerrilla y, al siguiente, sumándose al peor de los cavernarios.

Entre sus amigos cercanos hay consenso en que nunca deja aflorar sus emociones, bien sea que se trate de rabia o de exceso de alegría. “Sí, me controlo mucho, sobre todo en los momentos de mayor tensión. No es que no sienta, pero no dejo ver la cólera o las ganas de llorar”. Es como lo dijo Zymborzca, que “El lenguaje de los poetas sirve para expresar sentimientos mientras, el de los políticos, para ocultarlos”. En 1994, cuando fue derrotado en su primer intento por llegar al senado (aquella oportunidad en que el M perdió de un solo tajo a 23 congresistas), ni siquiera se dejó ver triste ante sus colaboradores. “Lloré en el avión que me llevó a Europa”, me confesó en la sala de su casa mientras hablaba de las secretarías en algunas embajadas que, para varios miembros de esa guerrilla, se inventó como tabla de salvación el presidente Gaviria. Pero entre la fecha de las elecciones y la partida a Bélgica mediaron varios meses. ¿Tanto tiempo el dolor ahí, reprimido, para finalmente llorar en la mitad de un vuelo, entre desconocidos? Sentado en la esquina de un sofá en el amplio salón de su apartamento bogotano –apenas a un par de cuadras de la residencia de Peñalosa, en el exclusivo barrio La Cabrera- le pregunté, luego de comentarle la anterior reflexión, ¿De qué manera se relaja? “Con mi familia –contestó-: Juego mucho con mis hijas”.

Petro tenía siete años cuando vio a su papá, un laureanista de Cereté, lagrimear ante el diario que mostraba la foto del cadáver del Ché. Para entonces su papá todavía no se había apegado a la literatura clásica ni a los libros de Marx. Gustavo, que se llama como su hijo, fue el primer Petro que intentó seguir la universidad en Bogotá, pero se enamoró y tuvo que regresar a la Costa. Años después, cuando el otro Gustavo –el protagonista de esta historia- ya sabía leer y escribir, su papá regresó a la universidad, más exactamente al Externado, a estudiar administración de Empresas. “Encontró un mundo estudiantil revolucionario. Todas esas ideas que desconocía le llaman la atención y las lleva a la casa en forma de libros, y es cuando el muchachito Petro, que soy yo, empieza a acercarse a ellos”. A los de literatura, pero también a Marx. “Las ideas políticas de izquierda las leí por los libros de mi papá pero la historia de Colombia la conocí en la voz de mi mamá”. Ella era gaitanista, desplazada de la violencia e hija de un poeta admirador de Julio Flórez.

Asumir la literatura desde niño es una fortuna pero también una desventaja en cuanto a construir un mundo propio en solitario. Siendo muy mayor a sus dos hermanos, de niño jugaba a ser soldado romano, haciendo batallas él solo. Él contra él. “Ya luego, cuando crecieron mis hermanos, jugaba con ellos en los solares, hacíamos barcos piratas y construíamos historias”. Fue siempre el niño aplicado de la clase, y la pinta lo ayudaba: tenía cara de nerd, resaltada, por cuenta de la miopía, por unos lentes de esos mal llamados “culo´e botella” (también fue el nerdo del Congreso, el que estudiaba a fondo la lección y siempre regresaba a casa con el diploma del mejor de la clase. Sucedió tanto en la Cámara como en el Senado: el congresista mejor votado cada año).

“En Bogotá viví mis primeros ocho años. Pasé a Zipaquirá, donde estuve hasta los 25, cuando me sacó el Ejército”. Zipaquirá tiene una historia de rebeldía. Fue allí donde traicionaron a Los Comuneros, que venían de Santander. Fue allí también donde fusilaron a 14 “revolucionarios” en tiempos de la Colonia. “Yo me crié oyendo esas historias de rebeliones”. Zipaquirá es una de las casas -su vertiente más política- del M-19. Además de Petro, de allí también vienen Everth Bustamante y Germán Ávila, actual Secretario General del Polo.

Pero quizás lo que más vincula a Petro con este pueblo es “Bolívar 83”, un barrio de 500 familias que él ayudó a fundar. “Luchamos por conseguir un terreno. Pensé que el apropiado era el de la iglesia, pero la iglesia se opuso. En lugar de donar un viejo edificio de su propiedad, nos mandó gas lacrimógeno con policías. Estuve allí varios días, rodeado. Era mi propia revolución”. Reconoce que era muy joven y no midió las consecuencias cuando actúo como Thoureau llamando a la desobediencia civil: “Me atrincheré en el barrio y fue una tontería. El ejército nos rodeó. Una de esas noches, mi novia Katya me dijo que estaba embarazada. Se me vino el mundo encima. ¿Y ahora qué hago? Pude dormirme como a las cuatro de la mañana, justo cuando entró un muchacho anunciando la entrada de las tanquetas. El Ejército entró con toda, golpeando lo que tuvieran al frente. Capturaron a cerca de veinte muchachos. Yo me fui a la tortura sabiendo que iba a ser papá. En la cárcel conocí a mi hijo Nicolás cuando tenía nueve meses de nacido. Tenía una mirada muy triste, que no ha perdido. Ahora es abogado”. Además de este, tiene otros cuatro hijos, y se ha casado dos veces.

Que fue torturado lo ha contado en varias entrevistas. ¿En qué consistió la tortura? “Duré cuatro días sin comer, con la cabeza metida en una capucha mientras me pateaban. Yo pensé que el jefe era Plazas Vega, y así lo denuncié en una emisora radial. Luego resultó que no era él porque se había ido de vacaciones tres días antes. En todo caso eran sus hombres”, aseguró durante esta entrevista, y yo recordé aquella frase que un senador le escupió durante el debate del paramilitarismo, la que asegura que “Petro suele mezclar una cucharita de verdad con una catapila de mentiras”.

Lo cierto es que estuvo dos años en la cárcel (estaba detenido cuando la Toma de Palacio), y salió para crear disidencia al interior del M entre los militaristas y quienes, como él, se oponían a la guerra. Su brillante paso por el Congreso lo conoce el país. Ahora aspira a gobernar a Bogotá. Tomando las palabras que él copió de Álvaro Gómez en algún discurso frente a líderes conservadores, lo que podría considerarse el “Acuerdo sobre la Fundamental” de sus propuestas se resume así: 1. Lucha contra la corrupción; 2, Trabajo social; 3, Convertir a Bogotá en un puntal contra los impactos del cambio climático. Pero vale decir que su gran propuesta está definida alrededor de la educación: “Yo lo llamo la sociedad del conocimiento, un salto educativo, no marginal, que me parece imprescindible, y un salto cultural desde la perspectiva de hacer visible su diversidad. El concepto de Bogotá como Atenas suramericana se perdió, pero es recuperable –explica el mismo Petro-. El mundo económico del siglo XXI es de creación: quien quiera moverse allí necesita el saber para crear. Este tema de la sociedad del conocimiento como una articulación entre saber y creación es el gran salto que quiero generar en Bogotá”. Es cierto: siempre habrá quien tape un hueco, pero la cultura es lo único que realmente se construye. Por eso, lo que más se recuerda de los gobiernos es su ruptura cultural. Es lo que queda en la memoria colectiva.

Aun así, hay quienes le reprochan su carencia de experiencia administrativa. El presidente de ANIF, Armando Montenegro, opina que “Petro es honesto e inteligente. Su problema es que no tiene la experiencia y el conocimiento necesarios para manejar la caótica y desvencijada ciudad que nos deja Moreno”. Para Daniel García-Peña, Jefe de Debate de la Campaña, “Equiparar a un buen alcalde con un buen gerente se ha vuelto un mito. El problema no es de recursos sino hacia donde se enfocan esos recursos. Por es lo que hay que preguntarse es, para dónde llevamos la ciudad? Yo diría que Petro es el más capaz para liderar lo que la ciudad está pidiendo a gritos. No se trata solo de hablar en contra de la corrupción sino de asumir la valentía de actuar en contra de ella. El tema es más de liderazgo que de gerencia”. La mayoría de sus amigos –sobretodo quienes han cerveceado a su lado- dicen de Petro que en el mundo no hay nadie más cují, ese coloquialismo costeño que se usa por tacaño, por amarrado. ¿He aquí una pista de cómo manejará las finanzas del Estado?

La primera vez que vi a Petro fue el 15-O en el Chorro de Quevedo, la plaza fundacional de Bogotá. Varios grupos de universitarios merodeaban por el lugar. Al fondo, un cartel pedía proteger a los animales. Por primera vez un candidato a la alcaldía de Bogotá, “asume un compromiso con los animales de la ciudad, según cuenta Adriana Padilla, convocante de este evento”.

A la llegada de Petro hay gritos, vítores, voces que corean su nombre. Lo detallo: es bajito -no alcanza los 1.65-, de labios gruesos, usa gafas de marco café. De cerca, sus facciones –más que costeñas, zenúes-, resaltan y, entre ellas, sus ojos saltones. Del Chorro de Quevedo paso al concierto de adhesión de Totó La Momposina y los rockeros de Doctor Krapula. “Somos el sol, el viento, el mar, somos mi gente que hoy se levanta!”, corean los jóvenes al ingresar el candidato. Es curioso que en la actual contienda los universitarios no se sienten representados ni por Galán ni por Luna, a pesar de que ambos son más cercanos a su edad.

Para el columnista Jorge Iván Cuervo, “Los políticos valen más por lo que representan que por lo que son. Petro representa una generación que se rebeló contra el establecimiento y le disputa el poder a la clase política tradicional”. Quizás por eso, una gran mayoría de jóvenes encuentra en Gustavo Petro esa misma voz disidente de quienes en México exigen “No más sangre, no más hambre” mientras en España gritan “Si no nos dejan soñar, no los dejamos dormir”.

Es lo que se desprende de las palabras de María Angélica, una estudiante de sociología de la Nacional: “Voy a decirte qué me conmueve de Petro: su discurso progresista va más allá de fijar el andén por donde quiere hacer caminar un programa de gobierno. Va más allá de una convicción estratégica: él ha encontrado una manera de estar en el mundo. Ahí radica su coherencia. No hay nada más coherente que pensar en los más pequeños y la manera en como estos deben habitar el mundo.

No nos digamos mentiras: acá, de los 25 pa´ arriba, la tenemos perdida. No hay trabajo, ni ilusión. Lo de Petro es una apuesta rotunda a las nuevas generaciones. Además, tiene una fuerza interior que parece una cobija para uno. Lo siento como alguien armado hasta los dientes, pero espiritual y afectivamente. Esa solidez de temperamento no la tiene nadie”.

Un triunfo de Petro sería un hecho histórico: por primera vez un exguerrillero ocuparía el segundo puesto público más importante de la Nación. Hablaría muy bien de la democracia colombiana  y de la tolerancia de un establecimiento que legitimó con su silencio el genocidio infame de la Unión Patriótica. ¿La indignación de los bogotanos los llevará en masa a votar por él?