El día que lo marcaron en el brazo con el número 8225 de la Serie B, Jaime Bromberg olvidó su nombre y sus apellidos. Olvidó su pasado, a sus padres asfixiados en las cámaras de gas nazis, a sus hermanos quizá calcinados, porque allá adentro, en los campos de concentración de Auschwitz, era preferible no decir nada, “pues entre nosotros mismos había espías. Les decíamos capos, eran vendidos que tenían acceso a los oficiales alemanes a cambio de mejor comida, de cigarrillos, aunque también eran útiles para nosotros pues nos informaban cuándo iba a haber masacres o traslados”.
Sí, era mejor no recordar, aunque los recuerdos lo persiguieran por el resto de sus días. La sopa salada de mañana y tarde, los rostros de sus compañeros muertos, el letrero que precedía a las duchas de gas, los hornos, los perros que se comían los despojos, el olor a carne chamuscada, y el día de enero de 1945, cuando se tiró a una zanja medio cubierta de pasto y se quedó ahí con otros tres judíos, casi sin respirar, durante horas y horas.
“Nos salvamos por una gallina que pasó a la mañana siguiente por ahí, fue nuestra única comida en seis días”. Luego, a cualquier hora, escucharon algunos lejanos acordes del himno israelí y él, Bromberg, sacó la mano y sintió otra mano que lo haló y oyó una voz que le dijo: “shalom”.
Entonces salió. Caminó. Se repuso como pudo y como pudo retornó a su pueblo, Lodz (Polonia), y a su casa para dejar una nota en la puerta que dijera que él estaba vivo. Nadie la leyó, nadie podía haberla leído. Viajó a París y se metió en un barco que iba a Colombia, una de las tres palabras guía que alguien le escribió en español. Las otras eran Bogotá y Manizales. Meses más tarde llegó a Buenaventura. Después, a Bogotá.
Apenas allí se dio cuenta de que habían transcurrido tres años. Luego le contarían que aquella revuelta que había visto antes de irse a vender telas en Caldas a plazos y a caballo, fue consecuencia del asesinato de un líder popular que se llamaba Jorge Eliécer Gaitán. Pero él no la sufrió demasiado, ya se había vuelto inmune.
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Fernando Araújo Vélez | EL ESPECTADOR
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