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Sí, era mejor no recordar, aunque los recuerdos lo persiguieran por el resto de sus días. La sopa salada de mañana y tarde, los rostros de sus compañeros muertos, el letrero que precedía a las duchas de gas, los hornos, los perros que se comían los despojos, el olor a carne chamuscada, y el día de enero de 1945, cuando se tiró a una zanja medio cubierta de pasto y se quedó ahí con otros tres judíos, casi sin respirar, durante horas y horas.
“Nos salvamos por una gallina que pasó a la mañana siguiente por ahí, fue nuestra única comida en seis días”. Luego, a cualquier hora, escucharon algunos lejanos acordes del himno israelí y él, Bromberg, sacó la mano y sintió otra mano que lo haló y oyó una voz que le dijo: “shalom”.
Entonces salió. Caminó. Se repuso como pudo y como pudo retornó a su pueblo, Lodz (Polonia), y a su casa para dejar una nota en la puerta que dijera que él estaba vivo. Nadie la leyó, nadie podía haberla leído. Viajó a París y se metió en un barco que iba a Colombia, una de las tres palabras guía que alguien le escribió en español. Las otras eran Bogotá y Manizales. Meses más tarde llegó a Buenaventura. Después, a Bogotá.
Apenas allí se dio cuenta de que habían transcurrido tres años. Luego le contarían que aquella revuelta que había visto antes de irse a vender telas en Caldas a plazos y a caballo, fue consecuencia del asesinato de un líder popular que se llamaba Jorge Eliécer Gaitán. Pero él no la sufrió demasiado, ya se había vuelto inmune.