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Bogotá| 13 Mayo 2008 - 8:33 pm
Hoy se cumplen 60 años de la creación del Estado de Israel
El cementerio de los judíos
Por: Luisa Fierro / Colaboración del lector
En una de las zonas industriales de Bogotá, conocida por sus talleres y fábricas de colchones, se encuentra el lugar que conoció Edilberto Pérez a la edad de 27 años: el Cementerio Hebreo del sur, situado desde 1929 en el barrio Inglés. Por esa época el suroriente de la ciudad no estaba poblado y los primeros judíos que emigraron a Colombia, no teniendo donde enterrar a sus muertos, compraron un terreno y construyeron el primer cementerio para la comunidad judía.
El 27 de septiembre de 2005, antes de enterrar a Polea Blicstein, una anciana judía, su familia la veló en su propia casa y dejó una vela encendida toda la noche para simbolizar la presencia de Dios. Luego, siete mujeres kadishas, quienes en la tradición del judaísmo se encargan de los preparativos fúnebres, consiguieron el ataúd y lo llevaron a este viejo cementerio del barrio Inglés. Allí le quitaron su vestido y sus joyas; bañaron el cuerpo y lo envolvieron en un gigantesco pañolón con la estrella de David, que significa envolverlo en la palabra de Dios.
Los judíos comenzaron a llegar a Colombia después de la Primera Guerra Mundial. Procedentes de Rumania, Rusia, Polonia, Lituania, Austria y el norte de África, buscaban ganarse la vida y huir de los tristes recuerdos que les traían las tierras donde crecieron. Según cuenta Azriel Bibliowicz en su novela El rumor del Astracán, las primeras colonias que llegaron a Colombia le habían escuchado decir a un judío que había visitado Bogotá: “Latinoamérica es el lugar donde se prospera”. Así que muchos llegaron llenos de ilusiones y se dedicaron al comercio. Pusieron almacenes de textiles e impusieron prácticas novedosas: vendían la mercancía a crédito y ofrecían productos de casa en casa. Si en el almacén se vendía a tres pesos, a plazos se vendía a 10. Los clientes pagaban veinte centavos por semana y tenían la oportunidad de pagar toda la deuda al terminar el año. Para 1950 ya había comunidades organizadas con cementerio, club y colegio propio.
Hoy quedan unas 5.000 familias de judíos en Colombia. La mayoría se concentra en Bogotá. Luego en Cali, Medellín, Barranquilla y San Andrés. Se agrupan en comunidades: la sefardita, conformada por inmigrantes turcos, portugueses, españoles, egipcios y sirios, y la Askenazí, que proviene de Europa Oriental, construyó el cementerio y actualmente dirige el Centro Israelí.
Edilberto Pérez no sabía nada de eso hace 18 años. Trabajaba en una compañía de construcción, pero un día lo despidieron por problemas con un compañero. Como tantas veces, ese inconveniente se convertiría en una oportunidad. “Salí desesperado, no sabía qué hacer. Imagínese, uno con hijo, esposa y sin trabajo. A los pocos días un amigo me comentó que necesitaban una persona que cuidara un cementerio judío. Así fue como llegué acá”.
Durante los primeros seis meses trabajó en horario de oficina. Pintó el cementerio, arregló la entrada y remodeló la casa destinada al cuidandero. Le gustó el trabajo, por eso se alegró cuando sus jefes le ofrecieron que se quedara allí a vivir. El único problema era que la vivienda estaba dentro del cementerio. “Nunca se me olvidará que llegué el 27 de septiembre de 1991: esa fue mi primera noche. Esa noche y el resto de la semana me fue imposible dormir. Fue terrible, escuchaba ruidos extraños, y cuando me asomaba a la ventana, la única vista que tenía eran las grandes lápidas del cementerio, pero con el tiempo me di cuenta de que los ruidos venían de la calle”.
Poco a poco fue adaptándose a la compañía de los difuntos. Y recuerda muy bien ese día cuando llegó el último de ellos, la vieja señora Blicstein. Luego de que llegaron las siete mujeres con el ataúd, Edilberto abrió la fosa. “Los familiares lloraban pero con cautela: los judíos no son como los colombianos, que muchas veces nos metemos al hueco para no dejar ir a nuestro ser querido; ellos no. Ellos oran y lloran, pero discretamente”.
Cuando el cuerpo ya estaba a punto de ser enterrado, los familiares rodearon la tumba y se pusieron un suéter de lana encima de la ropa. El rabino se ubicó frente a los dolientes cercanos y, uno por uno, les cortó la prenda con una navaja, en el lugar del corazón. Simbolizaba de esa manera que el corazón había quedado roto por la pérdida. Al final, sus familiares, luego de siete días de duelo, desecharon la ropa que usaron durante ese tiempo, para por fin cerrar el círculo de muerte y reiniciar sus vidas.
A la entrada del cementerio hebreo hay una puerta gigantesca con dos estrellas de David que representan la interacción de lo divino con lo terrenal. Y en un detalle menos simbólico, una de las paredes tiene los nombres de las 892 personas enterradas, como un mapa que guía al pariente a encontrar la lápida con facilidad. A mano derecha, un baúl de tamaño mediano guarda los gorros (kipa) que usan los hombres en los lugares sagrados, los cuales les sirven para recordar que sobre su cabeza está Dios.
En el centro del cementerio, un monumento les rinde tributo a todos los judíos asesinados por los nazis: “IN MEMORIAM: que recuerden todas las generaciones judías que seis millones de nuestros hermanos judíos de Israel fueron asesinados por el nazismo en los años 1939-1945”. A su alrededor, las lápidas de mármol toman formas variadas: algunas son un triángulo,
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Opinión por:
CINDERELLA
14 Septiembre 2009 - 7:36pm
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