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Bogotá 10 Mayo 2008 - 5:30 pm

Las autoridades los desarticularon después de más de un año de investigarlos

‘Los Gatilleros’ de Cazucá

Luego de sembrar el terror, los integrantes de una de las bandas más temidas de la ciudad irán a juicio en dos meses.

Por: Diana Carolina Durán
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Foto: David Campuzano - El Espectador

Dos amigos van en un carro por las calles sin pavimentar de Oasis, un barrio de los Altos de Cazucá, en Soacha (Cundinamarca). La esposa de uno de ellos va enferma en el asiento de atrás. De repente, un hombre de altura mediana, tez trigueña y un bigote al estilo Cantinflas hace detener el automóvil, saca al copiloto, lo amarra al carro y, con pistola en mano, le dice al conductor que arranque. Él tiene que hacerlo.

Así fue como en 2003 los habitantes del barrio Oasis conocieron a Freddy Tovar Rodríguez, a quien la Policía se refería como Tomás y los pobladores, como Tomasito. Sus estudios no llegaron más allá de la primaria, pero su verdadera formación fue la recibida en el Bloque Capital de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (Accu). Tovar fue el cerebro de una banda criminal que por casi cinco años sembró el terror en los Altos de Cazucá.

El grupo nunca tuvo un nombre permanente. En sus panfletos  podían extorsionar a un comerciante pidiéndole un millón de pesos en menos de 24 horas, a nombre del  Bloque Central Bolívar. Otras veces eran el Bloque Regional Tequendama, y aunque ese grupo sí existió, la palabra ‘regional’ incluida en el nombre  fue una licencia de los autores. Incluso llegaron a ser el Bloque de Cazucá, del que no se tiene conocimiento o  registro alguno.

En los archivos de la Policía, los 18 miembros de esta banda quedaron bautizados como ‘Los gatilleros de Cazucá’. Ellos se apropiaron de la escuela, que significó para algunos de ellos, no sólo para Tovar,  el paso por las filas de las autodefensas. Habitantes, comerciantes y transportadores  de esta zona del sur de Bogotá debían pagarles una vacuna periódicamente, a pesar de ser una población tan vulnerable. Según Codhes (Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento), a Soacha  llegaron entre 1999 y 2005, 15.596 personas de manera forzada. Cazucá fue el sitio adonde más desplazados llegaron. 

 “Dejaban los muertos en las calles como para meterle miedo a la gente. Una vez nos dejaron nueve en un solo fin de semana, uno en cada esquina”, asegura uno de los agentes del caso. La investigación para desbaratar la banda duró un año, frente a un ‘reinado’ del terror de Tomasito y sus socios  de media década. En octubre del año pasado Freddy Tovar fue capturado, hecho seguido por otras 15 capturas entre 2007 y 2008 que desvertebraron a ‘Los Gatilleros’.

 De esas 16 personas judicializadas, cinco ya aceptaron los cargos imputados ante un juez. La última audiencia tuvo lugar hace menos de dos semanas, y en un par de meses se conocerá la fecha de los juicios para los once restantes. Además, está pendiente que en los próximos días se  dicte orden de captura contra cinco personas más. Para poder hacerlo, la Fiscalía procedió a la “ruptura de unidad procesal”, que se traduce en que el organismo abrió una nueva investigación. 

La vida con ‘Los Gatilleros’

Al final de una calle de Casaloma, un barrio de Cazucá, las autoridades hallaron en  un pequeño lote desocupado una especie de fosa con cuerpos descuartizados. Aunque  los investigadores  responsabilizan a esta banda por más de cien asesinatos, 


sólo están siendo juzgados por siete. Investigadores y habitantes creen que muchos cadáveres fueron arrojados a la laguna, un estanque de agua al que le han echado tantas basuras y tóxicos que hoy no es más que un lodazal. Su consistencia es tan espesa, que verificar esa hipótesis es casi imposible.

A la hora de hablar, ningún habitante de Cazucá quiere dar su nombre. Dos de las víctimas tuvieron que entrar en el programa de protección a testigos. Casi todos los vecinos fueron amenazados. Una habitante del barrio Oasis relata tímidamente cómo hace tres años  ‘Los Gatilleros’ entraron una noche a su casa y se llevaron a su nieta de 15 años de edad. “Qué denuncio iba a poner uno... Yo lo único que hice fue sacar a mi nieto de acá  para que no le fuera a pasar lo mismo”. Su nieta aún está desaparecida.

Otra mujer cuenta que cada mes tenía que cancelar 100.000 pesos de vacuna y que cuando no los tuvo le quitaron la lavadora. Un líder comunal recuerda cuando encontró en una bolsa de basura el cuerpo de un amigo suyo, un anciano de 76 años que había decidido denunciarlos, cortado en pedazos. “También recuerdo cómo unas 20 familias dejaron el barrio en un solo fin de semana”. Por eso, entre los cargos que enfrenta la banda está el de desplazamiento forzado.

“A veces llegaban a la casa y me exigían que les cocinara. Pero a ellos quién les decía que no... Por eso este diciembre festejamos tanto. Por primera vez en cinco años celebramos una Navidad”. Los pobladores de Cazucá dicen que cuando ‘Los Gatilleros’ rondaban sus cuadras, era mejor estar quietos. Preferían no salir de sus casas, ni siquiera a trabajar, y durante dos o tres días vivían de lo que pudieran conseguir en la tienda más cercana. Cuentan que hasta dejaron de prestarles plata para vivienda, porque las abandonaban.

Los asesinatos escabrosos es el recuerdo que más tienen presente. Que les gustaba que los vieran matar, que  dejaban los muertos en las calles como advertencia, que sacaban a la gente de sus casas y los asesinaban frente a sus familiares. Uno de los casos por el que “Los Gatilleros” hoy son procesados es el de Claribel Díaz Fonseca, quien tenía 20 años y a la que mataron con una piedra con la que la golpearon en la cara. Y el de Carlos Silva, un vecino de Claribel que  iba pasando justo cuando a ella la mataban.

“Antes no se podía ni caminar por aquí tranquilo”, aseguran los habitantes de Cazucá. “Bala iba y bala venía”. Ahora, 16 de ellos están detenidos (se calcula que al principio  eran unos 30), y a Tomasito lo tuvieron que recluir en la cárcel de máxima seguridad de Cómbita. Enfrentan cargos por concierto para delinquir, homicidio agravado, desaparición forzada, desplazamiento, conformación de grupos armados ilegales y porte ilegal de armas.

 La captura de Tomasito fue una escena digna de película. Después de seguirlo a él y a su grupo durante unos 14 meses, la Policía de Cundinamarca sabía que el líder de ‘Los Gatilleros’ no vivía en Soacha sino en el centro de Bogotá, en el barrio Los Laches. La noche de su captura enviaron a la unidad antiguerrilla a Soacha para despistar a los integrantes del grupo: como permanecían en las lomas, sabían que si los sentían llegar iban a emprender la huida. Esa posición de ‘vigilantes’ siempre fue una de las mejores cartas de ‘Los Gatilleros’, que se  esfumaban en cuestión de minutos por las vías destapadas de Cazucá.

Tomás, como lo esperaba la Policía, huyó hacia su casa, donde lo aguardaban agentes de la Fuerza Pública que habían rodeado el edificio y hasta les habían pedido prestada a los bomberos una escalera, por si a él se le ocurría escapar por las ventanas. La última captura ocurrió en marzo: cayó alias El Costeño. Cuando Fernando Tovar Rodríguez, otro hermano de Tomasito, y  cuatro de sus cómplices  sean capturadas, las autoridades habrán cerrado el caso. Entonces comenzarán los juicios, y las verdades irán saliendo.

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