Bogotá| 3 Sep 2008 - 8:08 pm

Ladrones, policías, comerciantes y desplazados, todos conviven en las mismas calles

Odiar, matar... Amar

Por: Santiago La Rotta
Las pasiones dominan buena parte de los conflictos de Ciudad Bolívar. En esta zona viven personas cuyas historias están, como todas, llenas de contradicciones. Algunos relatos hablan de muerte y odio, otros de esperanza y amor.
Las pasiones dominan

Parece salido de una película. Chaqueta negra de cuero apuntada hasta arriba. Las manos grandes y sucias, ásperas. El pulso firme. Las respuestas cortas, no esquivas, sino tajantes, certeras. Mientras habla mira a su alrededor, un hábito viejo. Con tono pausado, saboreando cada palabra como si del tabaco de un cigarrillo humeante se tratara, comienza a desgranar su pasado, a botar pequeñas dosis de horror, de macabra rutina.

Hoy está parado ahí con un propósito diferente. Como si se tratara de una novela rosa, el amor fue su redención, la esquina de la vida donde tuvo que decidir si seguiría jugando ruleta rusa con sus amigos por las tardes, viendo cómo la bala no era para él, pero sí para el de al lado, sintiendo cómo la sangre le salpicaba la cara. Él optó por la vida. Hace 12 años nació su hijo y fue entonces cuando decidió dejar el negocio de la muerte.

Él, quien tantas veces apuntó y acertó, cambió las armas por las palabras. Su pasado es su carga, pero también su legado, la tenebrosa advertencia que se instala al inicio de un camino peligroso. Trabaja desde hace siete años con jóvenes para disuadirlos de seguir la misma ruta de horror que alguna vez eligió. “Hoy les enseñamos danza y otras cosas para que ellos entiendan que la vida es mucho más grande que la droga y la delincuencia”. Muchas veces he oído el discurso en buses, semáforos. Esta vez lo creo.

“¿Cómo se hace un delincuente? ¿Por qué escoger esa vida? Tenía mucho odio. Detestaba a todo el mundo. Quería hacer daño de verdad y en el camino recoger plata para vivir y para gastar”. Cuenta que al final del día, después de cobrarles el impuesto a los jíbaros del Cartucho, podía terminar con dos millones de pesos en sus manos. Por las noches, con una moto propia, hacía trabajos por su cuenta. Lo que se podría denominar un trabajador independiente. El lenguaje corporativo es curioso, sirve para cubrir toda suerte de pecados.

“Llegó mi hijo y todo cambió. Ya no podía seguir haciendo lo que hice hasta ese entonces. Tampoco quería. Les quité cosas a muchas personas. El daño estaba hecho. Era hora de devolver algo de todo lo que tomé”. El amor como tabla de salvación.

Ciudad Bolívar tiene, en sus montañas que se alzan imponentes, cubiertas de ladrillo, algo así como un millón de personas, la mayor cantidad de desplazados de la ciudad y es la segunda localidad en número de jóvenes. Los titulares la han destrozado por cuenta de la guerra entre guerrilla y paramilitares, un evento que las fuentes oficiales se apresuran a signar en el pasado, y la delincuencia común. En últimas, en el imaginario de un ciudadano de a pie, Ciudad Bolívar es algo así como el viejo oeste, un lugar sin Dios ni ley abandonado a la suerte de los cañones. La ley del plomo, para citar una canción.

Pero debajo de los problemas bulle otra cosa. Los motivos, las razones ulteriores, están lejos de los lugares comunes de la incomprensión y la exclusión, aunque también hay de eso. Por detrás de toda la escena palpitan seres humanos, de esos de carne y hueso, que aman y odian. Para algunos, el amor fue la redención, para otros fue el abismo al que botaron la vida entera.

Álvaro Torres es un señor que pasa de los 60 años. Mientras fuma con deleite, afirma que él, uno de los 10 jueces de paz de la localidad, se encarga de conciliar, de resolver los problemas a través de la palabra. Abre los ojos, más allá de las gafas grises que le confieren un aura indefinida, una sensación de misterio, y aclara que muchos de los casos que él maneja son causados por celos, por líos del alma que no encuentran respuesta en los poemas, en las palabras del ser amado, sino en los puños, la vajilla que vuela de un lado a otro de la sala. “El juez de paz intenta solucionar problemas a través del compromiso de las partes. También puede haber sanciones, pero el objetivo primordial es lograr acuerdos, unir voluntades.

  • Santiago La Rotta | EL ESPECTADOR

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Opinión por:

WARLORD

4 Septiembre 2008 - 9:19am
Gavilleros, la unica solucion que poseen es estallar una bomba atomica eso si de verdad solucionaria los problemas de todos
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