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La vida de la muerte en Medicina Legal

“A mí no me gusta trabajar con los vivos. No me gusta escucharlos, hablar con ellos. Yo prefiero los cadáveres. Ellos nunca abren la boca”. María Dolores Morcillo habla con tono pausado. Se toma su tiempo para responder. Mide sus palabras.

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Santiago La Rotta
18 de mayo de 2008 - 08:28 p. m.
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Con unas manos blanquísimas, largas como ramas, se acomoda unas gafas, que de alguna forma, ocultan sus ojos ya acostumbrados a verle la cara a la muerte.  Viste toda de negro, debe ser una coincidencia. Se acomoda en la silla. Con pulso firme, mientras escucha pacientemente las preguntas, llena un formulario muy parecido al del Impuesto Predial. La burocracia es toda igual, los formatos son los mismos, tanto para declarar qué se tiene como para que alguien más diga quién fuimos.

Posa para la foto y, de repente, apenada y cohibida por la presencia de la lente, sonríe. Ella, que se dedica a encontrar las piezas del rompecabezas del dolor, que hala la cuerda que desenreda el ovillo de toda una vida, sonríe.

El doctor Germán Alfonso Fontanilla saluda enérgicamente. Con una sonrisa invita a seguir a su despacho. Se abre paso por entre los pacientes que esperan en sillas negras de plástico, arrumadas con desordenada voluntad, a la salida de su consultorio. Uno de aquellos que aguardan su consulta le ha hecho saber, con todo el aire de sus pulmones, que lleva demasiado tiempo esperando. El paciente se impacienta.

Por la escalera sube dos pisos de baldosas verdes. Su mano, ancha y pesada, se desliza por una baranda de madera a la que, poco a poco, se le ha ido cayendo la pintura lacada. Dos guardias del Inpec custodian las puertas de algunos consultorios. Los pacientes son sus protegidos. Cruza un pasillo y abre la puerta de su oficina.

Se sienta detrás de un escritorio cercado por arrumes de papeles. Sin la bata, en ese pequeño espacio tapizado de documentos, el doctor Fontanilla parece más un bibliotecario que un médico forense. “Empezamos cuando usted quiera…”, dice.

Con voz sosegada,  Morcillo dice que no puede acordarse de cuándo fue su primera autopsia, aunque sí recuerda un caso en especial. Sin perder la calma invoca el pasado: el corregimiento de San Felipe queda en el departamento de Guainía. Es un lugar remoto, perdido en los confines de la manigua. En él, en medio de la verde espesura de la selva, habitan no más de 80 personas, según la doctora.

“El procedimiento me tocó hacerlo a mí, porque no había nadie más para realizarlo. Las condiciones no eran óptimas para efectuar la autopsia, ni siquiera en el centro de salud, porque sencillamente no había centro de salud. Entonces el cadáver fue


llevado al cementerio y sin más preámbulos todo se hizo encima de una lápida, a plena vista de los habitantes del pueblo. Lo bueno es que el olor era tal, por la avanzada descomposición del cuerpo, que nadie fue capaz de acercarse. Mejor así. No me gusta trabajar con ojos detrás de mí”.

La doctora Morcillo argumenta que su labor, paradójicamente, salva vidas. Las historias que le cuentan los cuerpos que llegan diariamente a Medicina Legal ayudan a encontrar culpables, a hallar causas, a descifrar motivos. Su trabajo consiste en atar los últimos cabos, los frágiles hilos que siguen uniendo a un cadáver con el mundo de los vivos.

Como si se tratara de alguna serie de detectives, añade que le atrae la parte de investigación, saber que su trabajo resuelve dudas y problemas es gratificante. Dice que le gusta la literatura policíaca y de suspenso, Agatha Christie y Edgar Allan Poe, por ejemplo.

 Fontanilla es el coordinador del grupo de clínica forense, encargado de los vivos, de lidiar con las complicaciones y dramas de aquellos que no están en la otra parte del edificio.

Más que un médico, Fontanilla se ve como una especie de conciliador, de ser que soluciona y concierta. “Cuando todo el mundo piensa en Medicina Legal, lo primero que llega a sus mentes son los muertos, las autopsias, la morgue, las batas blancas manchadas. No me malinterprete, lo que ellos hacen es valiosísimo.

Pero lo cierto es que acá los vivos siguen mandando. Aproximadamente un 80% de todos los casos que atiende el Instituto no tiene que ver con muertos. No es una competencia. Si lo fuera, todos nos alegraríamos de que fuera la clínica, y no la morgue, la que gana”.

Cuenta que entró a Medicina Legal hace 16 años. No escogió trabajar directamente en el área clínica, simplemente le tocó ahí. Poco a poco le fue cogiendo un cierto cariño a su sección. Aprendió a escuchar. A ver más allá de las heridas para poder construir las historias. Observar sistemáticamente el dolor de los demás se puede tornar en algo anestésicamente monótono. El riesgo de aquellos que laboran con la frágil materia humana, doctores, forenses, sepultureros, es la indiferencia: pensar que se es sólo cuerpo.

“No es que a mí no me gusten los vivos. Es sólo que algunas de las personas que llegan a Medicina Legal cargan consigo historias demasiado trágicas. Escucharlos me deprime profundamente. Por eso yo prefiero los cuerpos”, rectifica la patóloga Morcillo. Las ciencias forenses requieren de un ejercicio sensorial profundo. Cuando todos los demás cierran los ojos y sus rostros producen una mueca de asco, aquellos que laboran en el Instituto se acercan, escudriñan, se untan.

Convencida de lo que va a decir, con voz firme,  ella explica: “La muerte está en todos lados. Pero más que la muerte, lo que yo veo a diario en la morgue es la vida misma. Al contrario de lo que muchos puedan pensar, este trabajo me ha hecho más sensible. Siento que entiendo un poco más qué es el humano”. Morir, entonces, es sólo otro proceso: a veces es suma, a veces consecuencia, a veces coincidencia. En últimas, morir no es más que vivir el último tramo.

Al área de patología llegan los residuos de la vida, los pedazos que quedaron luego del choque final, del balazo en medio de la noche, del momento de ira. María Dolores Morcillo admite que hay veces en que logra sentir una empatía mayor por algunas personas que llegan a su sala de autopsias. Le inquieta saber por qué están ahí, cuál fue la razón para halar el gatillo o para beber del frasco de pastillas como si de agua se tratara. La doctora Morcillo ata los cabos, une los puntos que conectan el trazado de una vida, añade el último capítulo, sella la historia y la archiva.

– ¿Y el miedo?

Ante la última pregunta   se queda pensando, como si nunca se hubiera cuestionado eso, como si jamás hubiera oído esas palabras. “Yo no le tengo miedo a la muerte. Me asustan el dolor y el sufrimiento, pero la muerte como tal: no”.

Por Santiago La Rotta

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