Publicidad

Un año sin el cronopio

Este viernes se conmemora un año de la muerte de Ignacio Ramírez, periodista y escritor bogotano.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Óscar Domínguez / Especial para El Espectador
18 de diciembre de 2008 - 11:00 p. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Hace un año, el 19 de diciembre, dábamos la noticia de la muerte del Cronopio Nacho Ramírez, desde el corazón, la literatura y el periodismo. Vamos por partes.

Ese día, su hija Carmencita Ramírez Boscán, recibió en sueños la visita de su padre moribundo. El cronopio bogotano no quiso despertarla y le dio –dormida– la noticia de su próxima muerte, tan anunciada como deseada y aplazada. Diez minutos después se confundía con el silencio.

Carmencita narró la partida del Cronopio en un breve correo mañanero que me escribió desde su corazón atribulado: “Mi querido Óscar: Mi padre del alma, el gran Cronopio vino esta madrugada muy a las 2:50 de la mañana a encontrarme donde estaba. Me dejó sentir su angustia y desespero. Yo le dije que si tenía que irse que no me esperara, que no sintiera miedo y que volara con sus alas nuevas de ángel, y siguiera el olfato que bien podía orientarlo con ¡tremenda nariz! Pocos segundos después, una gran paz interior me invadió, al mismo tiempo que decía adiós. Sólo quería contártelo primero. Karmen”.

Esta fue mi respuesta:

“Tenía razón tu hija Paula Van-grieken Ramírez, quien desde niña quería ser ‘escritora y pintante’: su admirado abuelo Nacho no era inmortal como queríamos todos. Sí, dejemos que el gran Nacho comparta su calidad y calidez con otros Cronopios que se nos adelantaron en el viaje con tiquete de ida nada más. Celebro la paz interior que te invadió después de pedirle que emprendiera el vuelo.

Con las equivocaciones que solemos cometer los padres para no perder la costumbre, Nacho te regaló el pez y te enseñó a pescar. Lo mismo hizo con tus  hermanos Gretel y su doble, Miguel Iván. Y con quienes estamos por fuera de su exótico árbol genealógico wayúu-bogotano, en calidad de amigos. Menos mal clasificamos dentro de su corazón, siempre más grande que tres estadios Maracaná llenos.

Los mortales solemos tener algunos amigos (no caben  más de cuatro, según las matemáticas de Carmen Balcells, apoderada del Nobel García Márquez). En el caso de Nacho no había una esquina, un atardecer, un silencio, donde no brotaran amigos suyos.

El Cronopio de la nariz quevedesca puede irse ya a oler las flores del jardín del tío Miguel a otras esferas. Tiene el visto bueno de quienes nos lucramos lícitamente – o ilícitamente, porque de todo hay en la viña del Señor– de su amistad, fuerza, generosidad y desbordado talento literario.

Me alegró mucho también ver de nuevo a Gloria, La Toya, tu mami. Me gustó más todavía que el coqueto Nacho le hubiera gastado parte de su poética prosa a la princesa wayúu, la madre de sus tres vástagos.

Que le haya acariciado su cabello en su habitación de la clínica, fue una forma muy suya de decirle adiós con toda la coquetería del caso. ¡Genio y figura! Cuando me  contaste sobre ese encuentro se me escurrió una nada furtiva lágrima. También pensé que en alguna forma se estaba repitiendo, con variantes, la historia del amor en los tiempos del cólera”.


“Queríamos harto al Cronopio”

Desde el periodismo, di así la noticia:

El Cronopio Nacho Ramírez Pinzón fue un bogotano que nació y vivió en todas partes. Desde hace una década  sobrevivió  a las múltiples despedidas que le hicimos sus amigos (¿¡). Finalmente, en la madrugada del miércoles, “lo recogió el silencio” en su habitación 102 de la Clínica del Bosque donde lo mimaron.

Junto a su lecho,  estaba su último libro “Los fantasmas felices”, editado por Teresa Montealegre. Sólo faltaba la crónica de su propia muerte que no escribió. Prefirió vivirla intensamente. Tuvo por hábitat el mundo que recorrió desde al alfa hasta el omega, haciendo intensos viajes a Ítaca.

En el ámbito de su sabiduría, regaló el pez y enseñó a pescar. Utilizó sus destrezas para darse al prójimo. Por ejemplo, dando a conocer la vida y zozobras  de escritores no mimados por las editoriales. También de los mimados, claro. Puso la cultura en la canasta familiar al lado del pan y de la leche.

Dejó huella en cine, radio y televisión.  En periodismo fue de la vieja y de la nueva guardia al mismo tiempo.  A “alegríadeleer” Ramírez Pinzón la plata – y la pensión de jubilación que nunca apareció – le  llegó en forma de amor, humor, viajes, bohemia, cine, teatro, lecturas, escritos, de vida, que en él fue de una integridad y lealtad a prueba de polígrafos.

Activista aventajado de la cofradía del “carpe diem”, hizo del escepticismo una religión.

Reservó lo mejor para dejar salir el Quijote que lo habitaba, dándole vida a su agencia cultural-virtual Cronopios. Su corazón y su agencia fueron la casa de todos.

Nacho, ahora convertido en “fantasma feliz”, no murió, quedó encantado como el verso de Geraldino, e inmortalizado en la oración fúnebre que leyó desde el computador su nieta Paula el día del adiós.

Catala final para nuestro cronopio

Ese mismo 19 de diciembre de 2007, parece que fue mañana, la escritora Lina María Pérez, daba la misma noticia a través de la red de Cronopios. Lo hacía así:

“Ignacio esperó paciente. Por fin la muerte lo liberó a la vuelta de cualquier minuto en esta madrugada. En el prólogo de Fantasmas Felices, su bello libro recién salido del horno, en el que  retrató a  los escritores que lo marcaron y a los parientes y amigos cronopios, Nacho escribió:

 ‘Vivo con la muerte bajo el brazo. La llevo a todas partes y la gente me la reconoce en el semblante... embrujo a los brujos, compruebo a los yerbateros que yerbamala siempre muere, los curas se crucifican bendiciones en el nombre del padre... Ahora soy un feliz fantasma y ahora sé que la muerte es vida disfrazada de tiempo escurridizo... y me las doy de muerto de la risa mientras llega la hora de retornar a mi condición de calavera y luego al polvo que seré volando hacia la nada y el misterio con ínfulas rampantes de Barón Calvínico....’.

La palabra de Nacho para hombres y mujeres de palabra, se hizo carne y muerte, ironía premonitoria y testimonio para releer. Nacho murió hoy 19 de diciembre a las 3 a.m.

En su lento adiós se lleva, como cola de cometa, la solidaridad y el cariño de todos sus amigos”.

Por Óscar Domínguez / Especial para El Espectador

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.