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Desde hace tres años la rutina de Catalina*, de 11 años, es la misma. No sabe dónde va a estar estudiando el semestre siguiente, ni cómo hará para acoplarse en un lugar improvisado y estrecho. Además, no sólo tiene que cargar con libros y cuadernos, sino también con su silla de ruedas debido a una parálisis cerebral y física.
Actualmente, para que ella pueda seguir estudiando, su madre, Sandra Polanía, debe cargarla todos los días a las 6:30 de la mañana hasta el tercer piso de una casa en la carrera 15 con calle 33 sur, en el barrio Granjas de San Pablo, arrendada por el Distrito mientras se entrega el refuerzo de la sede C del colegio distrital José Martí. “Cuando la matriculé allí, antes de que empezaran las obras, había unos diez niños más con discapacidad. Todos se fueron por las dificultades de espacio y movilización, pero yo no tengo dinero para pagar transporte. Yo sigo aquí porque es la única institución distrital que cubre esta zona”, declaró Polanía.
Muchos se fueron cuando vieron que los plazos para volver a estudiar cómodamente se hacían cada vez más largos. De 700 estudiantes de primaria de la institución educativa, quedan 100. Ellos siguen teniendo clases en esta casa, como Nelson*, de diez años: “Somos dos niños por cada pupitre y quedamos muy incómodos. En el primer piso hay dos salones; en el segundo, tres; y en el tercero, dos además del salón de profesores. Hay un par de baños, pero no nos dejan entrar, toca cruzar la calle y usar los baños móviles, aunque yo me aguanto las ganas, porque huelen muy mal”, describió el menor.
Hasta hace un par de semanas, según varios padres de familia, el Distrito atendió las quejas y puso la luz y el agua en la edificación. Aún quedan muchos reclamos, como el riesgo que presenta la vía frente a la casa, pues por allí pasan carros y buses a gran velocidad. Los pequeños deben cruzarla constantemente para ir al baño o salir al parque más cercano a la hora del recreo. Por eso, hace dos semanas un taxi atropelló a un menor, el cual sufrió lesiones leves. El hecho no se convirtió en tragedia, pero dejó a la comunidad con más ganas que nunca de tener de nuevo su escuela.
La espera empezó en enero de 2006, cuando la Secretaría de Educación Distrital (SED) prometió reforzar la estructura de la sede C del colegio José Martí. El plazo para los trabajos era de 18 meses. Mientras tanto, los niños siguieron sus clases en un antiguo edificio en la calle 27 sur con Caracas. “Además de que quedaba lejísimos, no tenía ventilación”, se quejó Blanca Solano, otra madre de familia.
En junio de 2007, cuando debía estar lista la sede, empezaron los atrasos. El director de planta física de la SED, Carlos González, explicó que no ha sido culpa del Distrito: “La obra se detuvo porque hubo problemas con las licencias. Además de que se encontraron más defectos en la estructura, los contratistas se demoraron con los plazos. Cuando actualizaron las cotizaciones, el precio de los materiales se había incrementado y los recursos del Distrito ya no alcanzaron”.
Mientras la SED abría un nuevo proceso de licitación, los estudiantes seguían sin un paradero estable. “Después del edificio, trasladaron a los niños a la sede B del José Martí y los acomodaron en un sótano. Un año más tarde resultaron en el colegio Río de Janeiro, en el que tuvieron que ver clases incluso en el patio de juegos. Mientras nos entregaban esta casa, para que no se atrasaran, les tocó estudiar en pleno parque de Granjas de San Pablo”, denunció Ernesto Hincapié, de la asociación de padres del establecimiento.
De acuerdo con Carlos González, ya se firmó un nuevo contrato para entregar el megacolegio en un año máximo. “Además, hemos inaugurado, junto con el Alcalde Mayor, 20 colegios este año”, recordó el Director.
No obstante, González reconoció que al menos otros diez colegios del Distrito están pasando por la misma situación, debido a problemas con los contratistas a cargo de las obras.
Aunque la mayoría del trabajo está terminado, la asociación de padres aseguró que la construcción sigue sin ningún movimiento que les haga pensar en la posibilidad de que sus hijos vuelvan a recibir clases en un lugar digno. “Todo esto ha sido un vía crucis para nosotros”, decía una de las madres.
* Nombres cambiados por seguridad.