Bogotá |29 Oct 2009 - 9:10 pm
Veinte horas de pesadilla
De crímenes y amores
Por: Diego Alarcón Rozo
La dramática historia de Fredy Castillo y Elvira Pulido empezó en una cárcel y terminó en Briceño con la explosión de una granada.
Foto: Diana Sánchez
Fredy Castillo, en una de sus reiteradas salidas por la ventana de su casa el miércoles pasado, junto a Elvira Pulido.En la madrugada del jueves, en Briceño se escribió el último capítulo de la truculenta historia de Fredy Castillo y Elvira Pulido. Hacia las 2:30 a.m., el hombre decidió dar fin a su vida y cumplir con la amenaza de muerte que había proferido en contra de su ex mujer cerca de 18 horas antes: Castillo accionó la granada con la que tuvo en vilo a todo el pueblo, la que le sirvió de freno en contra de una operación sorpresa del grupo Gaula, la que segó dos vidas. Se escuchó una explosión y todo terminó.
Los cuerpos fueron recogidos por la Fiscalía antes de que comenzara a amanecer y los policías abandonaron la zona luego de más de 20 horas de espera. Si bien la muerte de la pareja fue el desenlace trágico de una toma de rehenes que se había iniciado el día anterior, la real historia empezó cerca de 10 años atrás, cuando los unió el infortunio.
Elvira Pulido conoció el amor, con los años convertido en verdugo, en la Cárcel Modelo de Bogotá. Visitaba a un hombre mayor, vecino de siempre, quien tuvo problemas con la justicia y debió purgar sus días tras las rejas. De visita en visita conoció a Castillo, para entonces un recluso más que pagaba una condena por hurto. Se enamoraron y una vez el joven volvió a la libertad, se establecieron como una pareja cualquiera.
Tuvieron dos hijos: una niña que hoy tiene nueve años y un niño de dos años y nueve meses, Jefferson, quien fue rehén de su padre durante varias horas en la mañana del miércoles antes de que lo liberara junto a su suegra y una menor de edad que se encontraba de visita en la casa.
La vida devolvió a Castillo a la cárcel. Esta vez, el motivo de los nueve años de reclusión a los que fue sentenciado estuvo marcado por el asesinato de una persona, una pena que terminó de pagar hace tres meses. Amparo Sepúlveda, madre comunitaria del hogar en el que Jefferson pasaba sus días, cuenta que el miércoles, cuando Elvira Pulido la visitó llorando para llevarse al pequeño impulsada por la imagen de su ex pareja apuntando a su madre con un revólver, supo que la furia del hombre se había engendrado en el rechazo. “Ella no quería volver con él”. Sepúlveda había hablado con Fredy Castillo un par de veces. Lo describía como un hombre decente y educado. Ya no piensa igual, ahora lo tilda de loco. En cambio, Marcela Cañón, hermana de la última rehén liberada, Mireya Cañón, inquilina de la casa, dice que las pocas veces que vio a Castillo le dio la impresión de ser un patán, “agresivo y tomatrago”.
Mientras en la calle la curiosidad mataba, Castillo mataba el tiempo a solas con su ex mujer. Salía de tanto en tanto a la ventana escudado por ella. A veces reía socarronamente, fumaba, bebía ron. “Se está luciendo”, dijo uno de los policías que custodiaban el área. “¿Y por qué no le disparan?”, preguntaban los vecinos.
Al parecer los planes del hombre estaban finamente trazados, no se despegaba de Pulido, mantenía el revólver atado a su brazo con una soga, se asomaba granada en mano. No quería ver fotógrafos, insinuaba que los lentes podrían ser rifles de alto alcance. Esperó todo lo que quiso hasta que le pareció suficiente su pantomima. Entonces la granada estalló.
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Diego Alarcón Rozo | Elespectador.com
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