Opinión |16 Ene 2011 - 11:00 pm
El Festival de Música de Cartagena
Por: Álvaro Forero Tascón
LAS PALABRAS ELOGIOSAS QUE SE han escrito sobre el Festival Internacional de Música de Cartagena no son producto de la infatuación de asistentes que viven una experiencia maravillosa en un escenario bucólico.
Son resultado de que ésta supera ampliamente las expectativas. Antes de llegar, pocos se imaginan que van a asistir a un evento de tanta calidad.
En Colombia estamos acostumbrados a hablar de lo maravillosas que podrían ser las cosas si se hicieran con el rigor, el desprendimiento y el profesionalismo con que se hacen en otras partes. Por eso constatar aquí una de esas cosas maravillosas nos produce tanto asombro. La primera reacción es pensar ¿cómo fue posible esto?
A pesar de que los escenarios cartageneros son hermosísimos, no son la explicación, algunos llevan siglos ahí. La buena música tampoco lo es, la hay por todo el mundo. Tampoco el formato, muchos festivales en lugares tan acogedores como Salzburgo han fracasado.
La explicación de por qué el Festival de Cartagena es tan exitoso, como casi todas las buenas explicaciones, es simple: es resultado del liderazgo. Sólo con él es posible movilizar la cantidad de esfuerzos que se requiere combinar para que un emprendimiento tan ambicioso logre hacerse permanente.
La fundadora del Festival aplicó con destreza tres elementos fundamentales del liderazgo. Primero, la visión para ver lo que otros no habían visto: que Cartagena tenía las condiciones para aspirar a entrar al cerrado circuito mundial de festivales de música clásica si se hacía durante la época de invierno en el hemisferio norte. El elemento central de esa visión fue que el Festival debía nacer grande, teniendo desde el principio proporciones internacionales en términos de la calidad de los músicos. Con un criterio incremental más temeroso, muy posiblemente el primer Festival no hubiera generado la masa crítica que le permitió proyectarse en el tiempo.
Otro elemento esencial fue la confianza. La fundadora del Festival tenía la credibilidad y la mística para que un inmejorable director musical como Charles Wadsworth aceptara la tarea, que músicos reputados accedieran a aventurar y que patrocinadores escépticos quisieran invertir. Eso hizo posible que en un país sin tradición de inversión económica en la cultura, hoy se realice un evento que cuesta varios miles de millones de pesos al cual el Estado aporta una mínima parte y que no es exclusivo de ningún patrocinador.
El tercer elemento, y el más importante, fue hacer un festival al servicio de la cultura y no del entretenimiento, con clases para los estudiantes, conferencias para los interesados, talleres para los artesanos, conciertos gratuitos en las plazas y en los barrios y, sobre todo, gran calidad musical. Un festival que no sólo contribuye al turismo y a la economía, sino que refuerza la capacidad transformadora de la cultura.
Y el liderazgo sigue. A partir de marzo habrá otro festival, de música de cámara, esta vez en Medellín. Al de Cartagena, que ha superado los mayores retos, sólo le queda remontar uno, creado por su propio éxito: encontrar un escenario con mayor capacidad para seguir creciendo.
Por lo elogioso de esta columna, debo advertir que con la líder del relato —Julia Salvi— no sólo me une una gran admiración, sino un parentesco.
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