José Luis Ramírez 9 Feb 2011 - 1:00 am

Mujeres que no caminan descalzas

José Luis Ramírez

NUEVE MUJERES COMUNES Y COrrientes. De aquellas que pasan al lado en la calle; que miran cansadas desde la ventana de un atestado bus a las 6 de la tarde; que van al supermercado buscando las ofertas del día; que ven las telenovelas o los programas de concurso; que se sientan solas en un café a rumiar sus desdichas cotidianas. Mujeres como Rina, Julia, Miriam, Sofía, Susy, Diana, Beatriz, Mary y Lili, o el nombre que se quiera. Qué bien podrían vivir en Buenos Aires, Bogotá o Madrid. Las mismas que habitan las páginas de Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza, la ópera prima de Margarita García Robayo.

Por: José Luis Ramírez
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La autora, joven periodista cartagenera, partió hacia Buenos Aires seis años atrás y allí logró entretejer estas “historias mínimas” cargadas de realismo, de soledad y vacío, en fin, de aquellos elementos que hacen de la vida diaria algo único y repetitivo. Al respecto dijo en una entrevista que “quería escribir sobre la soledad, la angustia, la sensación de vacío y el abandono; escogí personajes melodramáticos porque me parecieron un reto y utilicé situaciones banales para contar las historias que están cargadas de sugerencias para el lector”.


El número de mujeres y relatos trae a la memoria, aunque no fuera su intención, a El Rodabayo, la gran novela de Günter Grass que describe la historia del mundo a través de nueve historias de mujeres y de recetas de cocina, que a su vez encarnan los nueve meses de la gestación. Las 130 páginas de Hay ciertas cosas... se leen de corrido, y fluyen de manera secuencial, como si se tratara de apreciar en su conjunto una de esas grandes casa de muñecas donde todos los cuartos quedan a la vista del lector, quien posa sus ojos de un lugar a otro con la certeza del voyerista de haberse involucrado en el día a día de cada una de las protagonistas. Al final, como le sucede a Diana con Muchacha soltera, su telenovela preferida, uno desea adentrarse más en aquellos pequeños mundos que allí aparecen como en el caso de Julia, a “quien le gustaba andar desnuda por el apartamento, aunque no tenía cortinas”.


Son historias bien escritas, cuidadosamente hilvanadas, a pesar de su aparente desconexión, de personas que miran, hacia adentro o hacia afuera, y a las cuales el lector puede imaginar a su vez leyendo el libro que éste tiene en sus manos, con la seguridad, en la mayoría de los casos, de que gran parte de sus nueve personajes no alcanzarían a entender hasta dónde ellas mismas son las verdaderas artífices de la historia de sus propias vidas.


El libro es un buen bautizo literario para Margarita García, quien es conocida por sus colaboraciones en SoHo y Gatopardo, así como en diversos medios impresos en Argentina, y quien se define a sí misma como una artesana de la palabra.

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