Por: Héctor Abad Faciolince

Certificado de negro

HOY EN DÍA LOS POLÍTICOS ALEMAnes de extrema derecha sienten que la antigua identidad germánica se ve amenazada por la invasión de turcos, árabes, africanos, asiáticos y suramericanos, extranjeros de distintos orígenes que en algunas partes son más del 15% de la población.

Vamos a suponer que alguno de estos políticos de extrema derecha propusiera la expedición de un “Certificado de Ariodescendiente”, para asegurar el acceso a la universidad (o a algún puesto público, o para comprar tierra) de la población blanca más vulnerable. No para todos los arios, sólo para los que estén en una posición social de desventaja. ¿No pondríamos todos el grito en el cielo? ¿No diríamos que el viejo racismo alemán está resurgiendo de sus cenizas nazis?

Pues bien, en Colombia, de la mano de activistas políticos bien intencionados, de gente comprometida con la promoción de los derechos civiles de la población discriminada, defensores de la “acción afirmativa” que fue en cierto sentido auspiciada por nuestra Constitución, defienden que se expidan (por parte de organizaciones sociales definidas por no sé cuál autoridad competente) “Certificados de Afrodescendencia” o “Certificados de pertenencia a la comunidad indígena”, sin que esto sea visto como una política racista. No lo es, dicen ellos, porque es posible que alguien de apariencia blanca o mulata solicite un “Certificado de Afrodescendiente” si se ha destacado por su trabajo en pro de la comunidad afro del país. ¿Disminuiría la gravedad del hipotético “Certificado de Blanco” de los alemanes si éstos dijeran que la cosa no es racial porque el hijo adoptado chino de ciudadanos arios puede tener también acceso al “Certificado de Ariodescendiente”?

¿Cómo se define, en una población mayoritariamente mezclada como la colombiana (el “falso mito del mestizaje”, llaman a esto los defensores de la “identidad” de las razas negra o india), cómo se define quién es blanco, negro, indio o mezclado en distintas dosis? ¿Se hace un test con marcadores específicos de ADN? ¿Se mide la cantidad de melanina en la piel? ¿Se apela a otras características somáticas como forma del cráneo, tipo de pelo (liso, ensortijado, churrusco), color de los ojos, anchura del anca, longitud de las piernas, ausencia o presencia de prepucio? ¿Se le pregunta a cada uno, tal como ha resuelto el gobierno ecuatoriano?

Se dice que Obama, hijo de un africano y una wasp, se define a sí mismo como “negro” a pesar de haber crecido entre su madre y sus abuelos blancos. ¿Qué sería Piedad Córdoba, hija de rubia y negro? ¿Blanca para unas cosas y negra para otras? ¿Qué sería yo, al saber que entre mis antepasados hay blancos, indios, árabes, españoles, judíos, negros y vascos? ¿Un bastardo sin identidad alguna? Pues sí, eso es lo que siempre he querido ser racialmente, y lo que defiendo con orgullo: un bastardo, una chanda, un gozque, un criollo sin raza definida, o mejor, de todas las razas, y afrodescendiente como absolutamente todos los seres humanos que hay en el planeta. ¿Habrá alguien dispuesto a darme un Certificado de Bastardía? Eso sí, un certificado que no sirva para ningún privilegio. Eso deberíamos expedir en Colombia: Certificados de Nada. Certificados de que no nos importa saber la raza a la cual pertenecemos, porque sabemos que nadie debe ser juzgado por su raza, ni discriminado (a favor o en contra) por el origen étnico que tenga.

Ya sé que esta posición será la más despreciada por los progresistas iluminados de la acción afirmativa, y por los racistas auténticos del “hispanismo”, el “arianismo”, el “judaísmo”, las “negritudes” o el “indigenismo”. Ya he sido definido como tibio en política. Ahora quiero ser bautizado también como bastardo. Mientras tanto, como existe un tráfico de estos certificados raciales (como antes lo hubo para obtener los de “limpieza de sangre”), y se pueden comprar baratos, yo voy a procurarme uno de afrodescendiente y otro de indígena. Nunca se sabe.

 

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