Por: William Ospina

Los colores de la montaña

"¿QUIÉN HA VISTO EL VIENTO?", EScribió Cristina Georgina Rossetti, "ni tú ni yo. Pero cuando los árboles se inclinan está pasando el viento".

Es lo primero que podemos decir de la extraordinaria película de Carlos César Arbeláez Los colores de la montaña. ¿Quién ha visto el miedo? En sí mismo, tal vez nadie, pero cuando los rostros espían por las ventanas, cuando las personas se esconden en los baños al oír gritos y carros en la noche, cuando los amigos se ven separados por la fuerza, y dejan atrás sus pequeñas reliquias, está cruzando el miedo.

Al parecer, fue la violencia lo que no le permitió a Carlos César Arbeláez filmar en 2003, como se lo proponía, esta película largamente preparada; y fue la muerte del productor lo que impidió filmarla en 2005. Pero esos aplazamientos tuvieron una milagrosa retribución, porque entre 2003 y 2007 el niño Hernán Mauricio Ocampo, protagonista inmejorable de esta historia, pasó de tener cinco años a tener nueve, y sólo por eso pudo convertirse en Manuel, el centro de una red de sueños y afectos que pasa sin perder su inocencia por las selvas del miedo y es arrojado finalmente a lo incierto. Esta semana el talento de ese niño ha recibido como recompensa el premio a Mejor Actor en el XIII Encuentro del Cine Suramericano en Marsella, Francia. Y la película se ha ido convirtiendo, día a día, en una de las preferidas del público colombiano desde cuando fue estrenada hace cuatro semanas.

“A mi abuelo lo mataron en la violencia partidista de los años cincuenta”, ha dicho el director en el Encuentro de Cine de Toulouse. También ha contado que vio morir a más de un amigo en las guerras de las barriadas de Medellín y, por el tono de su voz, por la fuerza de sus argumentos, por la conmovida manera de tejer ante nuestros ojos esta historia, es evidente que estamos viendo el fruto de una poderosa reflexión sobre las cosas hondas y sutiles que la violencia destruye. “No quería hacer una película esencialmente política o sociológica”, ha dicho también, y una conversación con Jorge Goldenberg le ayudó a comprender que su propósito era más eficaz que una denuncia y más vigoroso que una queja: una elaboración poética, llena de emoción y de respeto, sobre las amistades de la infancia, y sobre el modo como el mundo puede destruirlas. Ya había recibido el Premio Cine en Construcción del Festival de Toulouse, con el cual pudo concluir la posproducción, y hace poco recibió el Premio Kutxa Nuevos Directores con esta ópera prima en el 58 Festival de Cine de San Sebastián.

Una obra sobre la violencia sin la obviedad de la violencia, la atrocidad narrada con los recursos del pudor y de la sencillez, la evocación de cómo el mundo de los afectos, de las amistades, de la solidaridad, va naufragando en la trama insidiosa de las guerras, pero también la demostración de que más poderoso que el odio es esta vocación profunda de normalidad y de convivencia.

Sin discursos, sin proclamas, Los colores de la montaña nos hace sentir, con el sencillo lenguaje de la cotidianidad y en estos hermosos paisajes, que ninguna guerra hace palidecer, cuán poderosos y perdurables son los sentimientos del común de la humanidad, cómo la guerra no podrá destruir esa almendra de nobleza y de discreto heroísmo. El de ese padre que intenta resistirse a la inercia de la enemistad, la de esa profesora solitaria que trata de salvar la dignidad de su escuela. Pero Carlos César ha logrado algo más profundo: no sólo crear para nosotros tres personajes memorables por su sencillez y por su verdad, tres amigos unidos por las pequeñas fiestas de la infancia y separados por una adversidad que avanza como una erosión por casas y almas, sino, sobre todo, en un país donde la pobreza siempre fue asunto de caricaturas, esta capacidad de mostrar la persistente humanidad de las gentes humildes, esas víctimas de las largas violencias, que sólo podrán cambiar su vida cuando comprendan finalmente la profunda dignidad que hay en ellas.

El director ha contado en un encuentro en Francia que gastaron mucho dinero filmando un plano final, en el que esos pequeños desterrados y sus familias llegan al fin a la ciudad, sólo para comprender que ese no podía ser el final de la historia. Que esta no es una película sobre desplazados, un relato convencional sobre la violencia y sus consecuencias; que su escenario es otro, el corazón de unos niños que aprenden el dolor, que descubren la soledad y la ausencia.

Lo que nos está diciendo es cuán humanos podemos ser en cualquier circunstancia, cuán hechos de la sustancia común de la humanidad; y es por ello, no porque somos víctimas, sino porque somos miembros de una especie que siempre supo aprender y prevalecer, es por eso que merecemos el final de estas guerras estúpidas y el comienzo de un vivir más generoso y más pleno. Las circunstancias que viven estos niños son anormales, pero ellos son normales, son estremecedoramente humanos, como los niños de Dickens o de Mark Twain, y esa nuez es más firme que todos los poderes del mundo.

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