Judicial |29 Ene 2008 - 12:34 pm

Testimonio de una desertora de las Farc

“Quiero ver a mi niña”

Por: Redacción Judicial

Según el Ejército, el año pasado desertaron 47 integrantes del frente 16 de las Farc. Este año ya son 50 los guerrilleros que abandonaron las filas del frente, que parece derrumbarse después de la muerte del ‘Negro Acacio', en septiembre de 2007.

Desertora de las Farc
Foto: Cortesia - Ejército
‘Carolina' tiene 25 años y una hija de ocho que quiere recuperar nuevamente.

Tomas Medina Caracas, alias El Negro Acacio (ex comandante del frente 16 de las Farc, muerto en combate por el Ejército el 3 de septiembre de 2007) le había prometido a Carolina (guerrillera desmovilizada en Vichada la semana pasada) que cuando cumpliera tres años en las filas de la guerrilla, le iba a dar salida para que se reencontrara con su hija, Natalia, una niña de ochos años que la madre sólo vio crecer hasta los cuatro. Tuvo que dejarla con una amiga para entrar a trabajar como empleada a una casa de familia.

Con la muerte del jefe guerrillero, dice Carolina, se murió su esperanza de reencontrarse con la pequeña. Se murió la ilusión que la llevó a enfilarse en la guerrilla hace tres años, cuando trabajaba en Tomanchipán, un caserío al oriente del Guaviare. “Deje de sufrir”, le dijo una guerrillera a la que llamaban La Pizca. “Ella fue la que me convenció. Me prometió muchas cosas y yo le creí. Me dijo que dejara de trabajar, que allá me ayudaban y no era tan duro. Y además me dijo que era posible llevar a mi hija a donde ellos estaban”.

La convencieron, abandonó el trabajo y viajó a Puerto Nápoles (alto Inírida), a entrenarse en el oficio de la guerra, ese que conocía sólo por los noticieros que hablaban de guerrilleros quemando carros, guerrilleros secuestrando gente, “guerrilleros que les hacían daño a los civiles que tienen plata —enfatiza Carolina—, eso había escuchado yo, que ellos no les hacían daño a los pobres”.

En una semana le enseñaron a cocinar, a prestar guardia y le dieron el uniforme, “de los que usaba el Ejército antes. Durante el entrenamiento me compraban de todo, me consentían para que no me fuera a aburrir, para que me quedara con ellos. Y yo pensaba ‘así va a ser siempre’ ”, dice y se ríe, como burlándose de sí misma, de su ingenuidad.

Las lecciones para prestar guardia no parecían muy difíciles: dar rondas al campamento, estar atenta a algún movimiento extraño para alertar a los compañeros y escuchar, esa era su tarea principal. Pero no le hablaron del frío y la soledad y la negrura de la selva por las noches, no le avisaron que tendría que sortear animales salvajes y guerrilleros, que también se portaban como animales, y querían atacarla y tocarla aprovechando la oscuridad.

“Después de esa semana de entrenamiento atravesamos un río para llegar a Guaviare. Eso fue una pica muy inmensa, había que romper selva para abrir el camino. Yo no estaba acostumbrada a caminar tanto y me cansaba mucho. Me ponía a llorar. Ahí me comencé a dar cuenta de que todo eran mentiras”.

El primer año sus tareas se limitaron a la cocina (“cocinábamos lo mismo que se come en el Ejército: fríjoles, arvejas, pasta”) y a la guardia (“me tenía que montar en un palo que quedaba como a diez minutos del campamento. Ahí era cuando los compañeros se querían aprovechar de uno”). Para protegerse aceptó la compañía del comandante guerrillero Fidel. “No me gustaba. Me tocó aceptar ser su novia para que me enseñara y me acompañara; lo hacía por interés”. Fidel ya está muerto, “me quitaron un peso de encima”, dice Carolina sin ningún remordimiento, y aclara que la frialdad de sus palabras es una herencia de las Farc, “allá le enseñan a uno a que no sienta pesar por nadie”.

Cuando cumplió tres años en las Farc, cuando estaba a punto  de volver a ver a su hija, la trasladaron a Vichada a la unidad Oliverio Ortiz del frente 16. Pocos días después de estar allí, llegó la noticia de la muerte del jefe guerrillero El Negro Acacio. “Eso para todo el mundo fue muy horrible, fue como si se nos hubiera muerto el papá, porque ese señor era muy responsable, nada nos faltaba, todo lo que uno necesitaba, él ahí estaba. Para todos fue muy duro. Yo sabía que él me iba a dar la salida para encontrame con mi hija, pero se murió y perdí todas las esperanzas”.

Después de un operativo de tres semanas, las Fuerzas Armadas de Colombia dieron uno de los golpes más fuertes a la guerrilla: la muerte de uno de los principales miembros de las Farc, responsable del tráfico de armas y droga en el suroriente del país. Dos días después de la muerte de El Negro Acacio en las filas del frente 16 no se volvió a hablar de él, dice Carolina. “Ordulles, el comandante de nosotros, no volvió a mencionar nada de él, no consentía que lo nombráramos. A nosotros nos pareció muy raro”.

El nuevo cabecilla del frente 16 fue Efraín Méndez, alias Guillermo Cochornea, responsable directo de la jefatura de finanzas y narcotráfico con organizaciones internacionales, según información oficial. “Con la llegada de él todo fue muy diferente —cuenta Carolina—, nadie le paraba bolas, no lo escuchábamos porque no nos cumplía con las peticiones que le hacíamos. Comenzó a faltarnos y por eso empezamos a desertar. Ese comandante no le caía bien a la mayoría”. En diciembre, la desmovilización de dos comandantes del frente 16, alias Mascalengua y Arialdo, incentivó también el retiro de otros guerrilleros. “Nosotros, viendo que hasta los mismos comandantes se estaban yendo, nos sentíamos aburridos. ¿Para qué nos íbamos a quedar? Después me di cuenta de que desde diciembre no volvieron a ver a Guillermo, decían que él se había ido porque se estaba yendo mucha gente y le iban a hacer consejo de guerra”.

Carolina se entregó al Ejército después de un combate. “El comandante siempre me metía adelante a puntear, para que los cuidara. Yo no era capaz de quemar, de apuntarle al enemigo, y eso no le gustaba a mi comandante. Cuando veían que el Ejército estaba más cerquita, empezaron a correr y me dejaron sola. Yo quería que el Ejército me encontrara, pero que no me fueran a hacer nada. Me imaginaba que me iban a matar. Fui avanzando. Todo se calmó. Los militares ya se iban a retirar y yo empecé a gritarles ‘no me vayan a hacer daño, yo quiero entregarme, pero no me vayan a hacer daño’ ”. Se entregó porque no quería combatir, porque estaba cansada, porque ya había perdido la esperanza de reunirse con su hija por intermedio de las Farc. Todavía no ha tenido noticias de la pequeña, pero ese es su único cometido: “organizar mi vida, encontrar a mi niña”.

  • Redacción Judicial | Elespectador.com

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