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¿De tal padre tal hijo?

La mayoría de los individuos de la región tienen escasas probabilidades de mejorar sus ingresos o posición social. Informe del BID.

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Rita Funaro Gustavo Márquez*
11 de diciembre de 2007 - 02:34 p. m.
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Nacer pobre es morir pobre. Así piensan muchos latinoamericanos -y puede que sin falta de razón-. En la región hay poca movilidad social, lo cual tiene su costo en términos de motivación, iniciativa y, en última instancia, producción. El hecho de que América Latina exhiba la mayor desigualdad de ingresos del mundo ha sido motivo de preocupación desde hace mucho tiempo. Que la región sufra además de desigualdad de oportunidades es, de hecho, sumamente inquietante.

Algunos líderes latinoamericanos, como Hugo Chávez en Venezuela, están empeñados en abordar este problema con generosas dádivas oficiales. Pero la ayuda en metálico es un pañito caliente en el mejor de los casos y no hace nada por alentar el trabajo duro, que debería ser el motor de la movilidad y la fuerza que impulsa la producción económica.

El Banco Interamericano de Desarrollo aborda el tema de la movilidad social en su más reciente informe regional, titulado "¿Los de afuera? Patrones cambiantes de exclusión en América Latina y el Caribe". Los diseñadores de políticas, provistos de un mejor diagnóstico del problema, deberían estar en condiciones de concebir mejores soluciones que beneficien a los individuos, las familias y a la sociedad en su conjunto.

La movilidad social es menor en América Latina y el Caribe que en los países desarrollados, pero los niveles de movilidad varían según los grupos de ingresos. Mientras que los grupos de ingresos medios disfrutan de cierta libertad de movimiento en la escala social, los grupos más adinerados y los más pobres se mantienen prácticamente estacionarios. La falta de movilidad hacia arriba entre los pobres, especialmente los grupos excluidos tales como los descendientes de los africanos en Brasil y los trabajadores rurales, puede guardar relación con las trampas de la pobreza y la exclusión de los servicios básicos y los mercados debido al aislamiento geográfico, la segregación o la discriminación en el mercado laboral. Por lo general se vincula con la falta de oportunidades de recibir educación superior o con la segmentación de los mercados laborales.

La seguridad de la condición social de los adinerados también se vincula con ciertos rasgos tales como la pertenencia a algún grupo racial o étnico tradicionalmente privilegiado (como los blancos en Brasil) y el vivir en regiones más desarrolladas. Los adinerados también tienen un camino más fácil hacia empleos mejor remunerados, gracias a su acceso preferencial a la educación superior y los contactos sociales. La falta de movilidad en los extremos de la gama de ingresos puede obedecer a dos fuentes de exclusión: la falta de oportunidades para los niños de los pobres de adquirir mejores destrezas y mejorar sus perspectivas de empleo, y la reproducción de privilegios socioeconómicos entre los hijos de los adinerados. Curiosamente, al menos en Brasil, es más probable que una persona pobre se haga rica, antes que una persona adinerada pase a ser pobre.

En América Latina, 62% de los hijos de padres cuyos salarios se ubican por debajo de la media terminan en el mismo grupo de salarios que sus padres, mientras que esta fracción es mucho menor (53%) en el caso de hijos de padres con salarios por encima de la media. Esto a duras penas sorprende, porque es menos probable que la inversión en sus hijos constituya una fuente de dificultades económicas para las familias adineradas. Entre las demás explicaciones de la movilidad intergeneracional figuran el nivel de formación académica, la ocupación y la raza de los padres, que representan alrededor de 20% de la desigualdad de ingresos en Brasil y Chile.

Cada vez más pesimistas

Los latinoamericanos son en general pesimistas en cuanto a sus perspectivas de movilidad y no piensan que sus sociedades sean meritocráticas. Una encuesta de opinión de Latinobarómetro en 17 países de la región revela que 74,1% de los encuestados en 2000 pensaba que hay desigualdad en cuanto a las oportunidades de superar la pobreza y 63,6% pensaba que la pobreza no es una consecuencia de la falta de trabajo duro. Por el contrario, 71,5% de los encuestados atribuyó el éxito a los contactos personales.

Con pocas excepciones, la mayoría de los individuos de la región tienen escasas probabilidades de mejorar sus ingresos o posición social, o la de sus hijos, independientemente del empeño que le pongan o de su capacidad. Los incentivos para trabajar, adquirir destrezas o abstenerse de conductas socialmente indeseables son sumamente escasos cuando no hay un camino claro para sustraerse a la exclusión social. Por el contrario, los estratos superiores en América Latina tienen prácticamente asegurada una vida de lujos, también en este caso, independientemente de (la falta de) empeño o capacidad. Con el futuro asegurado, es poco probable que asuman actitudes innovadoras o que asuman riesgos que conduzcan al crecimiento económico y otras formas de dinamismo social, y puede que se ocupen más en mantener su condición social que en promover el bienestar general.

Los diseñadores de políticas encaran entonces toda una gama de retos. El primero es cómo concebir políticas y programas, incluidas las mejoras a la educación, la atención médica y el acceso al crédito, que doten a los individuos adecuadamente para participar tanto en los beneficios como en las responsabilidades de la sociedad. En segundo lugar, las instituciones laborales, los mecanismos de seguridad social y las condiciones macroeconómicas deben asegurar que se recompense el esfuerzo, el talento y las conductas socialmente deseables, tanto en el plazo inmediato como de una generación a otra.

Pero lo más importante es que los diseñadores de políticas deben abstenerse de jugar a Robin Hood tratando de resolver la insuficiencia de movilidad social con redistribuciones cortoplacistas de la riqueza, que aunque resultan populares en un principio, a largo plazo hacen poco por mejorar la condición socioeconómica de los beneficiarios. Las políticas deben hacer hincapié en la igualdad de oportunidades mediante el desarrollo del capital humano y social, en vez de en intentos efímeros de igualar los ingresos.

* Rita Funaro es la Coordinadora de Publicaciones y Gustavo Márquez es el Asesor Principal Laboral del Banco Interamericano de Desarrollo. Los puntos de vista expresados en este artículo son los de sus autores y no necesariamente representan los puntos de vista del BID.

Por Rita Funaro Gustavo Márquez*

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