Libertad bajo palabra

A los escritores presentes en la Feria del Libro les asisten, por estos días, trece pasiones: figurar en prensa... una vez por día.

Ese afán, en parte compartido por los editores, es natural y de muchas formas sustenta su oficio. Incluso, podría decirse, lo alimenta. Por eso la mandíbula no puede menos que desencajarse y caer al suelo cuando uno escucha esta frase: “No desean ser publicados, acceden a regañadientes a la publicación, o firman con seudónimo”. ¿Qué extraños escritores son estos, para quienes el oficio de escribir nada tiene que ver con el de publicar? La respuesta a esa pregunta comienza en 2005. José Zuleta, ganador del premio nacional de cuento, se dirigía con otros escritores a una tarima puesta en la cárcel El Buen Pastor a dar un recital literario. Al pasar junto a las reclusas advierte una primera curiosidad: varias llevan libreta y bolígrafo en sus manos. Querrán tomar nota del recital, tal vez. Y enseguida la segunda curiosidad: las agendas están agobiadas de letras. Al acercarse a una,  Zuleta descubre lo impensable: literatura.

El recital, entonces, se hizo. Zuleta y los demás escritores tomaron asiento, y las reclusas leyeron “desde sus entrañas”. La vitalidad de esos textos bastó para concebir, ¡qué digo concebir!, aceptar la idea en el aire de hacer literatura en las cárceles. El taller se tituló “Libertad bajo palabra”, y ha pasado de ser un solitario esfuerzo a ser un programa con presencia en 15 cárceles de todo el país. Resultado de los talleres: se han recopilado tres antologías, la última lanzada hace dos días en la 24ª Feria Internacional del Libro de Bogotá: Fugas de tinta III. Antologías que reúnen cuentos, poemas, textos autobiográficos y, por qué no, confesiones. Sus historias, dice Zuleta, parten desde más allá del expediente, desde esa primera —y muchas veces en penumbra— infancia con rasgos comunes. “Libertad bajo palabra” no es para estos escritores una oportunidad, es una necesidad: la que habita en toda persona que ha sido privada de la libertad para proteger a la sociedad: contar su versión de los hechos.

Hace unos meses al taller que dirige Zuleta se acercó un hombre, imagen compleja y viva de una realidad que pocos conocen. Su deseo de pertenecer al taller de escritura era sostenido por el recuerdo de sus dos hijos, a quienes nunca (de más estaría escribir las razones) permitió ir a la cárcel a visitarlo. Este hombre sin nombre quería escribir una carta a sus hijos, nada más. Aquella monumental empresa abarcó seis meses de su vida, de su condena, pero toda vez que en esa carta logró expresar con exactitud lo que había pasado, allá afuera en el mundo en el que vivía, y allá adentro en su corazón oprimido, pudo al fin recibir a sus hijos en prisión. ¿Y la carta? No fue publicada, y solo él y sus hijos saben si un día fue —o será— leída.

¿Qué extraños escritores, pues, son estos, para quienes el oficio de escribir nada tiene que ver con el de publicar? Analfabetas, iletrados, delincuentes. Amanuenses de otra realidad, para quienes la búsqueda de un personaje no será jamás un problema, y cuya propia vida sería —¡cuán torpemente!— la envida, por estos días, de cualquiera de esos escritores ansiosos por figurar.