Sabato en carne y hueso

En la última morada del fallecido escritor argentino descubrimos que, aparte de la literatura, dedicó su vida a confidentes anónimos en su casa, en la calle y en la cárcel.

El nombre de Cristina Sosa era un secreto entre Ernesto Sabato, su amada Elvira González Fraga y la mujer a la que el destino llevó a la cárcel de Ezeiza y, desde allí, vía telefónica, se convirtió en escucha y confidente del escritor que hoy habría cumplido cien años, si no hubiera muerto el pasado 30 de abril.

Es Elvira quien quiere que la historia se sepa, porque muestra qué tipo de ser humano era el autor de El Túnel y Sobre héroes y tumbas, el melancólico tierno que se aisló de las vanidades del mundo literario en ese permanente viaje al yo más profundo y sólo tenía contacto con el mundo exterior a través de personajes anónimos como Cristina Sosa. “Cuando yo ya no podía curar su tristeza, su desasosiego,  llamaba a la cárcel de Ezeiza para hablar con ella. Oía sus desventuras largo tiempo y al final los dos se reponían con las frases de ánimo que intercambiaban. Es que Ernesto sufría por todo, era de tormentas emocionales, era como una taza de té a la que le basta una gota de leche para que se acabe la transparencia”.

¿Cómo hacía contacto con este tipo de interlocutores? Sabato prefería ir a la prisión, a llevar libros, a oír a los convictos que aceptar una invitación de una editorial o una universidad para vanagloriarse de su obra. Centenares de libros y tesis se han publicado en todo el mundo sobre el alcance literario de sus novelas y ensayos. Muy poco se ha escrito sobre el hombre que dedicó la mayoría de sus días, hasta que la salud se lo permitió, a responder los centenares de cartas que le llegaban a su humilde casa de Santos Lugares pidiéndole una voz de aliento, un consejo. Víctimas de la dictadura impactados por su informe Nunca más, jóvenes conmovidos por El Túnel, fracasados y desdichados identificados con Sobre héroes y tumbas.

Cuando no estaba frente a la máquina de escribir o dictándole cartas de respuesta a ‘Elvirita’, salía a caminar por este suburbio de Buenos Aires en busca de personajes de carne y hueso que justificaran su existencia. “Sus grandes amigos aquí eran el zapatero que vivía a la vuelta de la esquina, para él un filósofo por excelencia, el polo opuesto al peluquero que no para de hablar. Sentía que oír a los demás era su obligación. Salía y volvía con un reparto de vidas y empezaba a personificarlas. Era un actor del teatro de la vida”.

De ello dan fe los itinerantes de la Línea San Martín, el tren que conecta a Buenos Aires con Santos Lugares. Juan Carlos Heredia, de 78 años, lo recuerda: “Venía hasta la estación y se sentaba a mirar a la gente. Cuando alguien se le acercaba le gustaba hacerle preguntas y dejarlo hablar. A él le debemos que no hayan talado el último bosque que nos queda”, me dice señalando la arboleda que corre junto a la línea férrea. Pretendían talarla para darle más espacio al Tren de Desarrollo Social y Sanitario. Junto a los cipreses crece un cementerio de vagones. “Un gran hombre, aunque no he leído nada de él”, asegura Heredia. Se despide y se persigna frente al altar de Nuestra Señora de Luján, florido y presidido por un “Concédenos buen viaje”.

El calvo del quiosco de libros, periódicos y revistas dice no recordarlo. Ofrece Todos los nombres de Saramago, Julio Verne y sus Veinte mil leguas de viaje submarino, numerología, cocina ligth, sopas de letras, DVD de Sex and the City y de Julio Bocca. ¿Tiene algo de Sabato? Otro agresivo no.

Es un barrio que parece haber vivido mejores épocas. Un parque infantil sin niños, automóviles fuera de servicio, abandonados, una valla promocional del Centro Local de Jubilados y Pensionados. Aroma de alcantarillas colmadas. María Luisa, una prevenida vecina, es la guía hasta la calle Langeri después de advertir lo “peligroso” que se ha vuelto el vecindario. “Allá donde se ven los tres pinos altos, ahí vive. Vino el Rey de España, pero los últimos años no lo volvimos a ver ni tomando el sol”.

En la puerta estaban Gladys Aguilar, que cuidó a Sabato 35  de sus 64 años, y Gabriela, la amable enfermera que, a finales del año pasado, me recibió con un “don Ernesto no recibe visitas ni concede entrevistas por decisión médica”. Adentro estaba Diego, el ayudante que acompañaba al escritor y a las mujeres luego de que los ladrones se metieron en 2008 en busca de oro y dólares. Sólo encontraron los 4.300 pesos que había dejado Elvira para pagar los servicios.

Se llevaron una tapa de colección del libro Antes del fin. Ángel, el jardinero, no volvió, porque tras la muerte del hijo de Sabato, Jorge  Federico, en un accidente de tránsito, él dio orden de que no se volviera a tocar el jardín. Juan Carlos, su taxista, lo llevaba en un destartalado Renault 12 a ver el río de La Plata. Todos ellos, sus confidentes más cercanos. Los sentaba y les pedía que le contaran su vida, toda. Una y otra vez en busca de nuevos matices.

Elvira melancólica: “Él se identificaba con el Martín de Sobre Héroes y tumbas (ella con Alejandra), porque en esa novela, para mí la mejor, converge la gente que ha fracasado vista por Ernesto, un personaje dostoievskiano. Sintió profundamente la vida de la Argentina, encarnaba el dolor de la emigración. Su madre le hablaba en albanés y su padre en italiano. En su pueblo de Rojas se familiarizó con la gente del campo, el país invisible, le causaba placer escucharla mientras jugaba a las bochas, quería al pueblo originario, al gaucho libre y esta casa era su último refugio contra lo que llamaba ‘el avance alienante de la ciudad sobre el campo’”.

Con razón descubrió vecinos de novela como José Fernández Silva, exiliado español que llegó huyéndole a la dictadura de Franco. Dicen que por mucho tiempo sólo tuvo oídos para él y luego para su sobrino-nieto Mario Virgilio Montañez, admirador de la literatura de Sabato y con quien mantuvo una relación epistolar durante años hasta que el escritor español vino a vivir dos meses a la casa de su inspirador en Santos Lugares y el escritor argentino fue a pasar temporadas a España.

Lo evoca en el diario ibérico Sur: “Tardes tomando café en su biblioteca, charlas en las que él callaba y yo hablaba cuando deseaba que fuera al revés. Compartimos conversaciones y confidencias, que en Málaga tuvieron su plenitud. Me decía: ‘Para comprender bien a las personas que de veras quiero, necesito saber su vida. Tenemos tiempo, Virgilio, contame’. Y me oía con una sonrisa tímida y gesto de psicoanalista piadoso. No había distancias entre nosotros. Me sentía en paz”.

Juan Carlos Perera, vicepresidente del Club Atlético Defensores de Santos Lugares, muestra el álbum en el que se registra la apertura del lugar, frente a la casa de Sabato. “Él inauguró esto con lucidez”. En la primera página del libro de actas les escribió de su puño y letra a sus amigos y vecinos, el lunes 25 de abril de 1994: “Me hicieron realidad un sueño. Esto para mí es más importante que un honor en La Sorbona”. Y les advirtió frente a la Biblioteca Popular que lleva su nombre: “No hay grandes hombres sin almas grandes, ni grandes naciones sin una gran cultura, porque la cultura es el alma de una nación”.

Increíble, pero en la biblioteca no hay un solo libro de Sabato o por lo menos no lo había cuando El Espectador la visitó. José Carvalho, el vigilante de turno, comprobó la revisión anaquel por anaquel, sin rastro de Sabato. Perera cree que pueden estar refundidos o que los lectores no los han devuelto. Admite que la gente no termina de comprender la magnitud de vecino que tenían. Todavía hablan de él “como un hombre más bien de izquierda y se cree que era un montonero”. Un reciclador de botellas de vino  lo veía ir y venir con su perro ‘Roque’. Sabato se llamaba Ernesto Roque y su segundo  nombre nunca le gustó. El gran ovejero era su mejor compañero. Le hablaba por las aceras, en las plazas, haciendo fila en el correo, en el jardín frente a su casa donde quería que lo enterraran junto a él. Pero su familia, incluida Elvira, prefirieron sepultarlo en el cementerio Jardín de Paz y convertir desde hoy su casa en el Museo Sabato. Cristina Sosa ahora está libre, no tanto porque ya no esté presa en Ezeiza, sino porque era una de las preferidas en la lista de confidentes de Sabato. Nadie notó su presencia en las honras fúnebres en el coliseo del Club de Santos Lugares, como los muchachos que vienen a jugar fútbol y baloncesto jamás supieron que en frente vivía un genio. Les dejó en un muro esta frase: “cuando yo haya desaparecido, muchos de ustedes me recordarán por estas emociones”.

Eventos en Colombia y Argentina

Hoy la emisora de la Universidad Nacional de Colombia le dedicará un programa especial al centenario del nacimiento de Ernesto Sabato, entre 7:30 y 8:30 a.m. En Buenos Aires la Fundación Sabato hizo una tertulia y lectura de su obra con presencia del escritor español Juan Cruz y hoy habrá un homenaje en la Universidad de La Plata, donde Sabato se hizo doctor en física antes de dedicarse del todo a la literatura. También en la capital argentina se realizará el 1° y 2 de julio el Foro Sabato en el Paseo La Plaza, en el marco del III Foro Internacional sobre Traducción Especializada. Estarán Michel Bibard, quien lo tradujo al francés, y Peter Landelius, traductor al sueco de Sobre héroes y tumbas. El acto que más hubiera emocionado a Sabato ocurrirá en Rojas, su pueblo, donde en la Escuela Nro. 1, donde Sabato estudió, será proyectado el documental Ernesto Sabato, mi padre, hecho por su hijo Mario, y se le impondrá el nombre del escritor a un salón de actos.