Cultura |4 Ago 2011 - 11:43 pm
La forma ya no sigue la función
Adiós a los objetos
De visita en Colombia, uno de los más importantes teóricos del diseño, Klaus Krippendorff, asegura que los diseñadores son los encargados de renovar la vieja infraestructura material de una sociedad.
Por: Angélica Gallón Salazar
Aimee Mullins es una bellísima modelo norteamericana cuyas piernas tuvieron que ser amputadas desde que era una niña por causa de una enfermedad. En su afán de convertir lo que podía ser asumido como una discapacidad en una nueva forma de potenciar su cuerpo, se hizo atleta y logró ser una de las abanderadas del uso de las piernas metálicas que simulan los pasos de un chita para correr.
En su viaje por convertirse en la arquitecta de su propio cuerpo, hizo un llamado internacional para que innovadores de otras disciplinas trajeran su talento para regalarle un poco de arte a la ciencia de construir piernas. Mucha gente respondió a su llamado. Artistas como Matthew Barney o diseñadores de modas como el inglés Alexander McQueen, convirtieron sus piernas en una escultura de cristal usable, o en unas sofisticadas botas de madera. Con sus apuestas estéticas, de alguna manera, esos foráneos del mundo de la medicina prostética admitían la urgencia de que la sociedad iniciara una nueva conversación en donde ya no hubiera una división radical entre aquellos que se ocupan de la forma, de las funciones o de lo estético. “La poesía importa, la poesía es lo que hace que se eleve un objeto banal y olvidado en algo que pertenezca al reino del arte”, reclamaba Mullins.
Esa conversación que ha incitado esta mujer y activistas para que diseñadores y artistas empiecen a interactuar activamente con otras disciplinas sociales es quizás uno de los más nuevos y radicales retos a los que los diseñadores están avocados en la sociedad actual. Porque aunque los diseñadores suelan padecer de una cierta subvaloración y suelan sobrellevar el señalamiento de tener un discurso débil, son como lo dice el teórico y profesor de la Universidad de Pensilvania, Filadelfia, Klaus Krippendorff, “los encargados de la renovación material de una sociedad”.
Krippendorff, quien estuvo de visita en Bogotá en unos talleres en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, desde sus libros y sus clases ha intentado regalarle nuevas miradas y entendimientos al diseño. Ha intentado, como lo sugiere la modelo Mullins, que el diseño tenga compromisos reales con el bienestar y la felicidad humana, y ha conseguido formular nuevos retos y responsabilidades para aquellos que están poniendo en nuestras manos los objetos con los que a diario nos relacionamos.
“Si hablamos de objetos, de los fascinantes objetos de este mundo, y miramos las formas que ellos tienen, rápidamente nos daremos cuenta de que ya no están determinados por la naturaleza de sus funciones. Esa idea de que la ‘forma sigue la función’ que alguna vez sentenció Mies van der Rohe es algo que se ha transformado radicalmente en la últimas décadas”, asegura este hombre de pelo cano, quien hace pensar que a diferencia de una silla, un celular con sus formas básicas no deja intuir todas las funciones que cumple. “Los objetos que ahora diseñamos tienen que ver con la relación entre la gente y los objetos. El diseño ya no se ocupa de los objetos en sí mismos. Lo que creo es que se ha creado una interface. Ya no se trata de los individuos, ni de los objetos, es lo que pasa entre ellos lo que realmente alienta al diseñador. Y creo que no deberíamos limitar las concepciones del diseño a las interfaces de los computadores, interface es un fenómeno general, una cámara y su fotógrafo crean una interface”, explica el profesor.
Bajo esta mirada el diseñador se convierte en alguien que comprende especialmente las situaciones sociales en las que los objetos se involucran y en esa medida su creatividad se transforma en una que debe entender la forma como los otros entienden el mundo. “Si yo quisiera diseñar algo que realmente sea útil para ti, tengo que entender tu entendimiento”.
Esos acercamientos hacen necesario que el mundo del diseño empiece a conversar activamente con otras dimensiones sociales que no le han sido tan propias y desborde su afán por crear objetos bellos o útiles, para crean nuevas formas de relación.
Es ese coqueteo entre el diseño y otras disciplinas el que ha permitido transformar la idea de la pérdida de una extremidad, por ejemplo, ya no como la superación de una deficiencia, sino como la posibilidad de aumentar las potencias humanas. Porque quizá, como Aimee Mullins y Krippendorff concuerdan, “combinar la tecnología de avanzada con la poesía, con lo antojadizo, con la creatividad y la inspiración nos acerca a la comprensión de nuestra humanidad colectiva”.
Por: Angélica Gallón Salazar
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