La luz difícil

El Espectador publica en exclusiva los dos primeros capítulos de la novela de Tomás González que será lanzada por la editorial Alfaguara el próximo miércoles 14 de septiembre.

1. Esa noche pasé mucho tiempo despierto. A mi lado, Sara tampoco dormía. Miraba yo sus hombros morenos, su espalda aún esbelta a sus cincuenta y nueve años, y encontraba consuelo en su belleza. A ratos nos tomábamos de la mano. En el apartamento nadie dormía, nadie hablaba; de vez en cuando alguno tosía o iba a orinar y volvía a acostarse. Nuestros amigos Debrah y James habían venido a acompañarnos y se habían acomodado en un colchón en la sala. Venus, la novia de Jacobo, se había acostado en el cuarto de él. Mis hijos Jacobo y Pablo habían salido dos días antes en una van de Rent-a-Car con rumbo a Chicago, desde donde habían tomado un avión para Portland. En algún momento me pareció oír el débil rumor de la guitarra de Arturo, el tercero de mis hijos, en su cuarto. En la calle sonaban los gritos nocturnos del Lower East Side, las botellas quebradas de siempre. A las tres de la mañana, o algo así, pasaron, cavernosas, dos o tres motocicletas de los Hell’s Angels, que tenían su sede a dos cuadras de nuestro apartamento. Dormí casi cuatro horas seguidas, sin soñar, hasta que a las siete me despertó la punzada de angustia en el vientre por la muerte de mi hijo Jacobo, que habíamos programado para las siete de la noche, hora de Portland, diez de la noche en Nueva York.

2.Besé a Sara, me levanté, hice café. Sin darme cuenta, me puse a mirar la pintura en la que estaba trabajando. Era demasiado temprano para llamar a los muchachos, que se habían quedado a pasar la noche en un motel cerca del aeropuerto de Portland. El tema de mi pintura era la espuma que forma la hélice del ferry cuando, al dejar el muelle, acelera el motor en el agua verde de la que borbota. El color esmeralda del agua me había quedado pálido, superficial, pensé, como caramelo de menta vitrificado. Aún no lograba que, sin verse, sin hacerlo evidente, se sintiera la profundidad abisal, la muerte. La espuma aparecía bella, incomprensible, caótica, separada e inseparable del agua. La espuma estaba bien.

Por la época de ese trabajo, que había empezado hacía ya un año —en el verano del 98—, pasaba yo días enteros en el ferry, yendo y viniendo de Manhattan a Staten Island, una y otra vez, a veces tomando cerveza, siempre mirando el agua. Incluso me hice amigo de algunos de los músicos ambulantes de los barcos, y de un Louis Larrota (Luis Bancarrota, le decía yo para tomarle del pelo, aunque él no entendiera el chiste, pues no hablaba español ni italiano), el único lustrabotas que quedaba en el ferry. Ahora mismo lo oigo pregonar, Shine! Shine!, por los corredores del barco. Este lustrabotas cada vez tenía menos clientes, pues la mayoría de la gente había empezado a usar tenis. Al apagarse el atardecer, que había ardido detrás de las grúas de Nueva Jersey y estaba recruzado de gaviotas, regresaba yo al apartamento.

Me casé con Sara cuando los dos teníamos veintiséis años. Vivimos juntos cincuenta, hasta que se murió del corazón hace apenas dos. No conocí otras mujeres: ella fueron todas. Es difícil de explicar y de entender, pues las mujeres que deseé y no eran ella, las que nunca tuve, tanto como las muy pocas con quienes llegué a acostarme —sin que Sara se enterara, claro, pues hubiera sido el fin—, fueron ella. Aquellas infidelidades ocurrieron sólo durante nuestros dos primeros años juntos, cuando a la relación, que sufría aún de vacíos y malentendidos serios, le faltaba afianzarse. Después mi fidelidad se hizo total y sin esfuerzos.

Hubo también infidelidades de parte de ella, creo, pero las que ocurrieron, si es que ocurrieron, se darían muchos años después. Una tarde, ya en Nueva York, la vi en una cafetería, tomada de la mano con una compañera de trabajo. Se lo pregunté esa noche y ella ni lo negó ni lo aceptó; sólo dijo que las relaciones entre mujeres siempre iban a ser un misterio para los hombres. Lo cual no me dejó tranquilo, pues hay maneras y maneras de estar tomado de la mano con otra persona, pero lo fui olvidando hasta cierto punto con los años. La segunda vez fue cuando estuvo en Jamaica con James y Debrah. Por algún motivo yo no pude o no quise ir a ese viaje, y a James se le escapó una anécdota en la que se insinuaba que Sara había tenido una aventura con un muchacho de la isla. También se lo pregunté, pero esta vez me dijo que estaba loco, que cómo se me pasaba eso por la cabeza. Sin embargo, hasta hoy algo me dice que la aventura ocurrió. Sara no era cohibida ni mucho menos, especialmente si se había tomado algunas copas. Aquello me dolió mucho tiempo, haya sido cierto o no, y me produjo gran tristeza, pero también terminé por superarlo.

Celos, tal vez.

En cualquier caso, sólo la vejez ya avanzada disminuyó el deseo que sentimos siempre el uno por el otro. Nunca he sido capaz de diferenciar demasiado entre amor y deseo, así que puedo decir que nos tuvimos mucho amor toda la vida. Y siempre me alegraba de volver a verla, así la separación hubiera sido de apenas unas horas. Cuando llegaba a la casa, de regreso del ferry, ya también ella había vuelto del hospital donde trabajaba, y conversábamos un poco echados en la cama; yo le contaba sobre lo que había visto en el mar, y luego iba a ver cómo estaban Jacobo y los muchachos.

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