La ecuación de Nicanor Parra

A los 97 años el poeta chileno recibió el Premio Cervantes, el más importante de la lengua. Historia de un encuentro.

Fue hace dos años largos, el 28 de octubre de 2009, un día misterioso en que conocí a los dos más grandes poetas chilenos vivos, ambos nonagenarios. Por la mañana había tenido un encuentro casual en el hotel con Gonzalo Rojas, que tenía 93 años, y se murió hace poco, en abril. Al mediodía había recorrido Isla Negra, la casa de Pablo Neruda frente al Océano Pacífico. Y al salir de ahí, mi guía en Chile, la mejor lazarilla, Cecilia García-Huidobro, me propuso que fuéramos a un pueblo vecino, Cruces, donde vivía Nicanor Parra, ese otro poeta maravilloso y esquivo, de 95 años, que casi nunca se dejaba ver. Lo llamó por teléfono: “Don Nica”, le dijo, “Don Nica, estoy por aquí cerca con un amigo colombiano. ¿Nos recibe un rato?”. Y milagrosamente dijo que sí. Le compramos almendras, para no llegar con las manos vacías, y él sacó una botella de vino tinto. Estuvimos cuatro horas charlando con él en su casa frente al mar.

Su casa, en realidad, son dos casas. Una se llama “el castillo negro” y es una ruina: unos pocos pilares y restos de vigas chamuscados. Están ahí como un memorándum del terrorismo de Estado. Se la quemaron unos vándalos azuzados por el gobierno, durante la dictadura de Pinochet. Al lado, otra casa, en parte de piedra y en parte blanca, esta sí en pie, con techo de pizarra, donde vive solo, o apenas con compañías esporádicas. Frente a la casa el Volkswagen escarabajo que todavía conduce. Y en la puerta un grafiti pintado quién sabe por quién: “Anti Poesía”.

Él mismo nos abre esa misma puerta pintada. Es la viva imagen de la vejez con la que todos soñamos: sana y rozagante, lúcida. Parece un hombre, si mucho, de setenta años, ágil de cuerpo y de mente. Nos lleva a un salón que da a un balcón con vista al mar. Al entrar, elogio la vista que hay desde su casa. “Fea no es”, me dice. Y dice también que esa es la única respuesta posible a un comentario así: “Negarlo sería falsa modestia; alabar aún más el panorama, sería vanidad”. Nos sentamos y sirve tres vasos de Casillero del Diablo. Conversa con gran fluidez, de todos los temas. De Roberto Bolaño (Cecilia García-Huidobro preside la cátedra que lleva su nombre), que siempre lo consideró el mayor poeta de Chile; de sus no fáciles relaciones con Neruda; de una frase en la carta de despedida de su hermana Violeta, la cantautora, que se suicidó en 1967, cuando tenía apenas 49 años: “Sin Nicanor no hay Violeta”. Los numerosos hermanos Parra, hijos de un músico y una modista que tocaba la guitarra, han tenido todos una vida intensa, rara, interesante.

Hablamos, sobre todo, de poesía, y para empezar de tres grandes poetas colombianos: José Asunción Silva (con sus raros poemas humorísticos), de Luis Carlos, el tuerto López, quizá el primer poeta americano en escribir anti-poemas (ese género enemigo de la retórica lírica que se consolidaría en los libros de Nicanor Parra) y de León de Greiff, otro poeta alejado de toda la poesía convencional. Parra recuerda que con este último hizo un largo viaje por China y la Unión Soviética, en 1959, y que leyeron juntos sus versos, para los atónitos ojos y oídos rusos y orientales. Todo lo cuenta con gracia, con destellos de humor, con una risa y una picardía constantes.

Me gusta mucho algo que nos revela sobre la poesía. Según él, es un secreto importante, y uno de sus mayores descubrimientos sobre el arte poética. Se trata de “la ecuación canónica de la poesía occidental”. Según Nicanor Parra (no se olvide que él estudió matemáticas y física), es la siguiente:

{14 + 8 : 2 = 11}

La ecuación se puede despejar así: los versos de 14 sílabas corresponden al mester de clerecía, el de Gonzalo de Berceo. Yo le digo que los alejandrinos también pueden contarse como dos versos de 7, pues los de 14 casi siempre tienen un cesura en el medio. Parra está de acuerdo, pero la cosa no cambia, 7 + 7 = 14. A este se le suma el octosílabo de las coplas y de los romances, el mester de juglaría, la poesía popular. La división por dos de estos dos tipos de versos canónicos da la medida intermedia, la perfecta, que no es culta ni popular: el endecasílabo. El verso típico del soneto italiano, provenzal, castellano... Y me dice algo más en lo que yo tampoco había reparado, recitando de memoria pedazos del famoso monólogo de Hamlet de Shakespeare: “To be or not to be, that is the question” es un endecasílabo. El endecasílabo es casi la medida de todas las cosas, en poesía, quizá por esa rara virtud de ser al mismo tiempo poesía alta y poesía popular. La combinación del madrigal es también maravillosa: heptasílabos y endecasílabos en distribución libre. Parra es una caja de música, divertido, ingenioso, irreverente.

Quizá de todo lo que me dijo en esa tarde misteriosa (“Por aquel tiempo yo rehuía las escenas demasiado misteriosas”, dice un verso suyo), lo que me caló más hondo es la siguiente idea literaria, una iluminación con la que no puedo estar más de acuerdo: “No hay que imaginar. El que se pone a inventar está perdido. No hay que escribir lo que uno se imagina, sino lo que oye. No hay que tener imaginación, sino oído, porque en cualquier momento las frases y las historias están en la calle, en las ocurrencias de los niños, y uno las tiene que captar. Hay que ‘cachar la güeá’”. (En chileno, algo así como “captar la güevonada”, darse cuenta de lo que está pasando, entender).

Durante la tarde le tomo algunas fotos, aunque él sea alérgico a ellas. A la primera se resiste con un gesto histriónico, típico suyo. Tiene un cartel en la mesa, que dice: “Closing Remarks”, para él la traducción correcta del título de su último libro, Discursos de sobremesa, que un gringo, en cambio, tradujo con alguna barbaridad. Otra de las fotos, quizá la que más me gusta, es la de sus manos, que parecen el espejo de su increíble juventud, a los 95 años. Son manos ágiles, sin nudos, sin torceduras, sin una sola mancha, manos de persona joven. Vale la pena verlas.

Hay que volver a Santiago, por otro compromiso, y nos despedimos cuando ya el sol está cayendo sobre el mar occidental. Lamento no haber llevado mi vieja edición de sus Anti-poemas, que leí a los 17 años, en mi remota Medellín, y en la hermosa edición de Seix-Barral. En Santiago compro tres de sus últimos libros.

Hoy, primero de diciembre del año 2011, me entero con felicidad de que le han concedido el premio literario más importante de nuestra lengua, el Cervantes. Para terminar, y celebrarlo, les copio, arriba en el ‘Poema del viernes’, uno de sus poemas más famosos, en el primer libro suyo que leí (Anti-poemas), y acá uno del último libro (Discursos de sobremesa), donde comenta con su sabia ironía lo que significa recibir un premio. Salud, don Nica, qué bueno que no lo hayan celebrado tarde, sino cuando todavía sigue siendo un hombre joven de 97 años, salud.

Una sola advertencia

Si se trata de premiar el silencio
Como creo que éste es el caso
Nadie ha hecho + méritos que yo
Soy el menos prolífico de todos
Años de años que no publico nada
Me considero
Un drogadicto de la página en blanco
Como lo fuera el propio Juan Rulfo
Que se negó a escribir
+ de lo estrictamente necesario.