Las tragedias de la historia y la música como redención

Una mirada crítica a las novelas de Jorge Eliécer Pardo sobre la persecución nazi y el horror de la muerte en parangón con la violencia en Colombia.

Años después de conocer las travesías de las Weismann por Europa, antes de llegar a algún rincón de esta América, seguimos los trayectos de Hendrik Joachim Pfalzgraf, quien, como ellas, llega a Colombia huyendo de la Segunda Guerra Mundial y se encuentra con el estallido de la Violencia partidista. Estamos ante dos novelas y dos momentos históricos paralelos: El jardín de las Weismann (1982), publicada en 1978 como El jardín de las Hartmann, y El pianista que llegó de Hamburgo (2012). En las dos se debate la terrible experiencia de la persecución nazi y el horror de la muerte, y se confronta la no menos horrorosa violencia vivida en nuestro país, desde la muerte de Gaitán. Las dos hablan de judíos inmigrantes, de seres que pierden su patria y a su manera buscan asidero en la existencia. En este sentido está en la línea de obras como Gentes en la Noria, de Simón Brianski, El rumor del astracán, de Azriel Bibliowicz, Los elegidos, de Alfonso López Michelsen, El salmo de Kapplan, de Marco Schwart y Los informantes, de Juan Gabriel Vásquez. Además, esta novela de Pardo pone en contexto la realidad colombiana, al hablar de desplazados que han debido abandonar sus territorios en busca del lugar que está en ninguna parte y que puede llegar a concentrarse en ese infierno que gravita en el submundo de la gran ciudad, alegoría de la diversidad de factores en conflicto que al prolongarse a nuestros días han alimentado nuestro propio desastre.

El aquí y el allá se entrecruzan, al relacionar por alusión y evocación hechos históricos de otras partes, como la terrible Noche de los Cuchillos Largos o el énfasis con el que los Camisas Negras quisieron imponer el fascismo italiano, o La Noche de los Cristales Rotos asumida como una forma de venganza de Hitler contra quienes no estuvieron a su favor, que se asocian a la ficción de un niño que se hace adulto sintiendo que la “guerra tomaba el camino del no retorno”, un niño que entendía que “donde acaban las palabras empieza la música” y que debía salir de Alemania en junio de 1940, conducido por su tío Azriel hacia Norteamérica en busca de la tierra prometida. Sería un viaje sin regreso, que después de varias peripecias desviaría a Barranquilla y luego a Bogotá, en épocas del gobierno de Eduardo Santos. Se trataba de sobrevivir a costa de todo en un país que cerraba las puertas a los inmigrantes y que afirmaba como “un fenómeno comprobado en la historia universal”, según palabras autoritarias de uno de sus representantes, Luis López de Mesa y reafirmadas por un presidente conservador, quien decía que “el semita es el enemigo del país donde reside y está siempre listo a dañar a aquel país que lo acoge”.

Si las bellas alemanas de la primera novela encontraron sitio en un lugar andino donde los jardines florecían, y donde lograron distraer las angustias de las guerras que suceden como espejos enfrentados, atrajeron las ternuras del amor para reivindicar el deseo de vivir en toda su genealogía, Hendrik, el personaje de esta novela de Jorge Eliécer Pardo, el judío alemán de ojos azules, cabellos rubios y ensortijados que quedó huérfano a los dos años y tuvo que soportar encerrado en un sótano hasta huir como desertor, ese transeúnte impenitente que ama la música y los pianos, busca en muchas partes un lugar o, mejor, busca hogar para encontrar sosiego, al hallar el amor también encuentra la plenitud y también jirones de miseria en el abandono. La guerra que lo obliga a huir se prolonga como una pesadilla que resuena en su trayecto vital durante su largo medio siglo en Colombia: “huía de la guerra pero la guerra lo persiguió siempre”, dice la voz narrativa al comienzo, lo que a su vez anuncia en las primeras páginas una suerte de destino signado por su genealogía, en esos padres que estuvieron unidos por la desgracia de la guerra; pues ellos no imaginaron jamás “que su único hijo viviría, muy cerca y en su frágil corazón de artista, la violencia, en remotas tierras americanas”.

Novela de inmigrantes, de historia, de ciudad, de aprendizaje o iniciación, de amor y tragedia, narrada por una voz omnisciente que entra y sale del personaje mientras construye el relato que acompaña hechos o situaciones históricas y de ficción, en un avanzar de manera lineal pero a la vez jugando con tiempos y espacios, así como entrecruzando discursos históricos, políticos, de otras ficciones, de poemas, de personajes, del cine, de la música, del arte, de fotografías que miran, acusan y reflexionan, todo ello en un franco diálogo de textos que dan vida a la época o a los lugares referidos. Es importante destacar la presencia de los pianos y sus marcas, los fragmentos de partituras y las fotografías que parecen sostener las paredes, pues con ellos se muestra una historia de retazos y de referentes que se desvanecen.

Como toda novela de inmigrantes que se abren camino en la nueva sociedad a la que arriban, El pianista que llegó de la guerra lee y confronta la historia y la política nacional, y en algunos aspectos revisa la de Europa, particularmente la del Holocausto en esa primera mitad del siglo XX. Si el personaje se abre camino como músico en la ciudad gris en la que estalla el Bogotazo, también encuentra refugio en la creación de una familia que una vez constituida lo abandona a su suerte en el territorio colombiano, para verse sujeto a nuevas experiencias vitales que lo hacen retomar constantes procesos de iniciación. De ahí que podamos leerla también como la reiterada aventura de viaje de un personaje sometido a permanentes desplazamientos que en sí mismos son rituales de iniciación y purificación: cada lugar que convierte en su sitio de vivienda o de exploración (Bogotá, Villavicencio, la Selva, el Cartucho), cada encuentro con otro, cada relación amorosa, cada irse y volver, en fin, cada uno de sus trayectos y travesías es una forma de conocimiento y de comunicación que se fortalece con la música: de ahí la presencia de la escuela o la enseñanza de la música, la imagen imponente de los pianos que van y vienen redimiéndolo, de ahí el dolor de la pérdida de aquellos importados de Alemania que mueren consumidos por el fuego del 9 de abril de 1948.

Una de las modalidades de las epopeyas es la del viaje del héroe, quien cumple ciclos de aprendizaje hasta convertirse en personaje representativo. Hendrik encarna al héroe moderno que pasa de la epopeya a la novela. A diferencia del personaje clásico es, pues, un antihéroe que no regresa a casa para morir y encontrar honor y gloria, es más bien un inestable individuo que viaja, busca abrirse camino, conoce, aprende, se relaciona con otros y generalmente estos son “ángeles guardianes” que no sólo lo ayudan, acompañan y compensan, sino lo orientan y le abren ventanas. Son relaciones incompletas. Sólo la música, dondequiera que vaya lo libera, lo redime, lo hace menos infeliz. En sus momentos más álgidos, cuando no compone, interpreta un concierto, generalmente el Numero Uno de Brahms, con un instrumento imaginario. Algo de Schumann, de Chopin, de Debussy, un arpa que se rasgue en el llano, una canción o una lied que rompan el aire. Para él, como para Niestzche, “sin la música la vida sería un error”, pues, como dice quien narra: “La música alejaba los malos espíritus llamando a los buenos, que lo ayudarían a ser menos infeliz”.

La violencia que lo persigue se convierte en termómetro de una época, de unos países y de la Historia: por un lado sus reiteradas pesadillas que entretejen el pasado de la patria abandonada o la presencia de una mujer ideal que lo sostiene; por otro, el desangre que inunda a Colombia durante casi todo el siglo con las imágenes de los descamisados, las de los pájaros y los chulavitas, las de las guerrillas liberales y sus personajes legendarios, las de las dictaduras, las de los camaradas, las de las componendas políticas, las de las mafias, las del MAS y tantas otras que sumadas entre sí muestran no sólo el resquebrajamiento de la sociedad y del territorio, sino la confluencia del desastre histórico.

La ciudad, Bogotá, se muestra hecha y deshecha; se reconoce en ella la paradoja: los desastres modernizan las urbes, ya que de la destrucción surgen los proyectos modernizadores que como la violencia, van aboliendo todo vestigio de memoria o van reconstruyendo lo perdido, armando lo nuevo con necesarias transformaciones arquitectónicas; en la ciudad se percibe el crecimiento demográfico causado por el desplazamiento, así como la creación de avenidas, del velódromo, del hipódromo, del estadio, de las casas Tudor y el estilo inglés, del desplazamiento de la Candelaria a Teusaquillo, a Chapinero, al norte, como una de las formas de tránsito social. Y si ella se desarrolla, también desde ella se nombra al país aludiendo sucesos o personajes emblemáticos que sugieren hitos históricos y fechas satisfactorias, “terapia del olvido histórico”: Luz Marina Zuluaga es elegida Miss Universo; Ramón Hoyos gana la vuelta a Colombia, se crea el Frente Nacional; en busca de estabilidad se viven “cacerías de brujas”, hasta llegar a un hecho culminante: el asesinato de Rodrigo Lara Bonilla. Así pues, desfilan, como una marcha fúnebre los años cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta, ochenta, prolongándose hasta la década de los noventa para mostrar un sitio sincrético y definitivo, alegoría de la devastación y la decadencia: El Cartucho, esa suerte de centro del dolor, del horror y la nada, suma de la historia y del despojo, lugar de los “hijos de los hijos de los menesterosos que desde el siglo XIX estuvieron asistidos en el Asilo de Mendigos (...)”. Lugar donde “se juntaban no sólo los que provenían de la miseria absoluta de la ciudad sino los espoleados por la guerra y el desamparo. Allí convergían de distintas zonas del país, primero con sus familias y luego desmembrados por la cloaca que todo lo destruye.”

Hendrik, es un personaje nacido en la guerra y perseguido, alimentado y devorado por la guerra. Gran paradoja para un individuo “que salió de Hamburgo huyendo de la guerra y que no era más que un expatriado que pretendía esconderse del exterminio”. Nacido para el amor, el amor lo atrapa, lo abandona y destruye. Ya el autor había explorado el tema del amor en sus obras anteriores, particularmente en Irene y en Seis hombres una mujer. Paradoja para alguien que encontraba en la poesía de Hölderlin la resonancia de sus propios sentimientos: “¿No es más bella la vida de mi corazón/ desde que amo?”. De ahí que leída como novela de amor, es claro que éste es remanso, refugio, amparo, sin embargo, los amores aquí son trágicos, pues no alcanzan la plenitud salvadora: abandonan y se ausentan, dejan en orfandad, en una soledad delirante que desequilibra y destruye.

Como en tantos autores contemporáneos, en esta novela de Jorge Eliécer Pardo, el arte es la única salida: en este caso la música que, contrario al amor y su muerte, acompaña. Es arte supremo, verdadera iniciación, fortaleza, redención, religión, es decir, en sentido estricto, religare, unión profunda, vibración del oído al corazón.

*Poeta y profesora de la Universidad Nacional de Colombia.
Acaba de publicar Llévame como un verso –Canciones del exilio–.

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