Cultura |22 Jun 2012 - 12:12 am

Literatura infantil

El niño interior de Juan Villoro

El escritor mexicano lleva al lector a descubrir tesoros mayas en la selva o a enormes bibliotecas donde los libros están vivos.

Por: Santiago La Rotta
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En los libros de Juan Villoro suelen mezclarse Peter Gabriel y Bono con un guionista que le cuenta la historia de un México ficticio a un cronista gringo que termina secuestrado por creer en sus mentiras. Un par de páginas más allá, hay una crónica emotiva del último terremoto en Chile o un recorrido por las calles sin electricidad de La Habana. En un rincón están Mick Jagger en una suite de hotel en Londres y un pobre hombre que llama a su exnovia desde una cabina telefónica en frente del apartamento de ella, en la calle Ámsterdam. “¿En dónde estás?”, le pregunta ella: “Estoy en Ámsterdam”, responde él.

Esto sucede en una realidad del escritor mexicano. En otra, sus personajes están más allá de la ficción: habitan la fantasía. En esa parcela de su obra, hay tíos que viven en laberínticas casonas repletas de libros que se mueven a voluntad. Hay valientes adolescentes que se internan en la selva mexicana para descubrir un exótico tesoro maya. También existe un hijo cuyo padre es un gigante que logra ver el mar por encima de las cordilleras.

El niño interior de Villoro es juguetón y ligeramente caprichoso. Sus relatos salen en forma de cuento corto infantil, pequeños libros ilustrados con impecable gusto (generalmente para el sello Barco de Vapor); o bajo el atuendo de cómic, una breve historia de aventura contada gráficamente (La calavera de cristal, que a Colombia trae el Fondo de Cultura Económica); o con el traje formal de una novela, esta ya sin dibujos, pero cuya trama evoca algunas de las imágenes más bellas trazadas por el autor (este relato, El libro salvaje, se encuentra en el país bajo el sello Siruela).

Justamente esta novela es una de las historias más apasionantes del lado infantil de Villoro. El relato presenta a dos personajes principales, Juan, de 13 años, y su tío Tito, a cuya casa llega el adolescente para pasar vacaciones. A medida que el tío se reencuentra con su sobrino, a quien no ha visto en un largo tiempo, la trama se devela: Juan deberá encontrar el libro salvaje, uno que jamás ha sido leído y que se esconde de los lectores que no saben domarlo, que no son dignos de él.

Tito es un tipo afable, aunque extraño, demasiado interesante para ser real, lastimosamente. Es un lector voraz, una especie de sabio ermitaño que suelta cosas como: “¡El pay de Newton! —exclamó el tío, feliz de la vida—. Mira, sobrino, tiene chipotes crujientes, en recuerdo de la manzana que cayó en la cabeza de Newton. Gracias a eso descubrió la ley de la gravedad. El pay está relleno de manzanas que ayudan a la digestión y comprueban la ley de la gravedad: todo termina por caer, querido sobrino. Primero comes, luego haces caca”.

La historia es un viaje a través de una biblioteca eterna, una sucursal urbana de Alejandría, por decirlo de cierta forma. Los libros de este lugar son seres vivos (pues, obvio, están hechos de árboles con vida propia) y su voluntad sólo es dominada por un buen lector, alguien que sepa apreciar el verdadero valor de estos objetos. La colección de Tito está organizada bajo criterios caprichosos y fascinantes. Una de las secciones de la biblioteca reza “Cómo gobernar sin ser presidente”; una lástima que muchos políticos hayan conspirado tanto y leído tan poco.

La búsqueda de Juan es aventura y aprendizaje, la novela es entretenimiento y enseñanza. El mensaje resuena alto y claro en diferentes momentos y tonos. “Hay gente que cree que entiende un libro sólo porque sabe leer. Ya te dije que los libros son como espejos: cada quien encuentra ahí lo que tiene en su cabeza”. “Un libro es el mejor medio de transporte: te lleva lejos, no contamina, llega puntual, sale barato y nunca marea”. O esto: “Siempre encontrarás un libro que te apoye. Los libros son leales. Ningún soldado ha luchado tanto por su patria como un libro por su lector”.

Los personajes de Villoro (manía de escritor, tal vez) tienden a orbitar alrededor de libros; la clave de la aventura suele estar tejida con letras. En La calavera de cristal, Gus, el personaje principal, logra restaurar la honra de su padre (un piloto que murió en un accidente) cuando encuentra un valioso tesoro maya que éste había puesto a salvo de las garras de un coleccionista inescrupuloso; el secreto de la ubicación del artefacto se esconde en un antiguo códice y en otros documentos.

No todos los relatos del autor mexicano vienen con mensaje incluido. La gota gorda, por ejemplo, es apenas un pequeño cuento con gigantes y pueblos lejanos. El libro, sin embargo, es un objeto bello, atractivo para un público infantil (el texto fue escrito para Inés, la hija más pequeña del escritor).

“La escritura nunca debe responder al deber ser de ningún orden, sino al campo del ser, por decirlo de alguna forma. Yo siempre he respondido con reticencia a eso: la etiqueta de escritor para chicos, escritor para grandes, así como la de este es ensayista, poeta y así”, dice la escritora argentina María Teresa Andruetto (actual ganadora del premio Hans Christian Andersen). La aldea en donde habita el pequeño Juan Villoro es un buen ejemplo de esto: literatura que no está escrita en clave para niños, sólo buenas historias a bordo de libros producidos con cuidado y cariño.

¿Quién es Juan Villoro?

“... es un escritor muy alto que duerme en camas especiales. Jugó fútbol, pero la portería le quedaba chica y mandaba el balón fuera de la cancha. Es aficionado a los perros y a las pizzas, por eso escribió Cazadores de croquetas, que trata de cachorros golosos.

Hace muchos años se le perdió su juguete favorito y se preguntó si habría un refugio para juguetes perdidos. Gracias a esta experiencia escribió El taxi de los peluches. Tiene una hija pequeña, que se llama Inés, y para ella escribió La gota gorda. Su pasión por el fútbol lo llevó a escribir La cancha de los deseos, ubicada en un país donde los jugadores son muy malos, pero el público los quiere mucho.

A Villoro le gusta viajar, comer quesadillas, abrir cajas misteriosas y ver los ojos de los niños para descubrir si ahí se esconde una historia”.

* Tomado de La gota gorda.

Por: Santiago La Rotta
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