Cultura |5 Ago 2012 - 9:00 pm
La muerte, su mejor negocio
El forense de la televisión
Vidal Herrera vive de los muertos. Alquila las herramientasque adquirió como forense a series como ‘CSI’ y ‘Dr. House’, construye atáudes de lujo y es asesor de guiones.
Por: Alejandro Millán / Los Ángeles /
Vidal Herrera le sonríe a la muerte desde su casa en Los Ángeles. Al fin y al cabo, es su trabajo. / Fotos: Alejandro Millán
“Cuando estamos muertos, todos somos iguales”. Parece una línea de un monje en un libro de autoayuda o un refrito de un discurso famoso, pero el hombre que lo dice está sentado en un sillón de cuero, que de la mitad para abajo es un ataúd gris que perteneció a algún finado y que él arregló, modernizó y diseñó para convertirlo en un mueble que usted puede adquirir por 3.000 dólares. Vidal Herrera es un exoficial forense del condado de Los Ángeles que ahora se gana la vida haciendo autopsias privadas, pero sobre todo, alquilando equipos de utilería para series de televisión y películas.
Su sonrisa, que bien podría ser la mismísima mueca de la muerte, no es macabra ni mortuoria, es, tal vez, lo reconoceré después de hablar con él, de la satisfacción de ganarse la vida haciendo lo que más le gusta. Y si un tipo así, que se diseña muebles a partir de féretros, que escruta los misteriosos caminos de la muerte todos los días y vive de los difuntos, dice que la parca nos iguala a todos el rasero, que a la hora de rendir cuentas la vanidad es del mismo verde que la humildad, pienso yo, habrá que creerle.
Estoy en su casa en el este de Los Ángeles. Cuando llego me hace esperar un poco en la entrada. A los pocos segundos, de la puerta principal emerge un hombre delgado empujando una camilla que lleva un cuerpo magro cubierto por una sábana roja. Vidal, en silencio, abre la compuerta trasera de un coche fúnebre para que el hombrecillo ubique el cuerpo allí y luego se queda mirando mientras su asistente sale conduciendo el vehículo. Ha dedicado 30 años con sus noches a esculcar los secretos de la muerte. “Yo le doy una voz a los cuerpos”, explica, define.
Empezó en el negocio siendo un asistente forense en el condado de Los Ángeles. Poco a poco le fueron encargando necropsias que necesitaban de todo el rigor, pero ante todo de un impenetrable sigilo profesional: muchos de esos cuerpos eran estrellas en ascenso o en decadencia que morían a causa de una sobredosis de droga o por el abuso del alcohol en las sinuosas noches de Hollywood.
En sus manos estuvo el cuerpo abaleado de Marvin Gaye, el cantante que había definido el soul en la década de los setenta con su famosa canción What’s going on y que murió cuando su padre le disparó dos veces después de una discusión familiar. O el del pionero del rap y fundador del grupo N.W.A., Eazy-E, quien murió de sida en 1995. “Haciendo ese trabajo también me di cuenta de que cuando ves el cuerpo de una estrella destruido por la droga o el alcohol, lo único que notas es todo su dolor”.
Su casa es como conocer por dentro el apartamento de Freddy Krueger, el habitante de las pesadillas de la calle Elm. Eso sí, todo en un perfecto estado de orden y limpieza: hay mesas de tortura del siglo XVIII, con los instrumentos adecuados para extraer vísceras y taladrar osamentas; más allá se levanta, a tamaño real, un consultorio médico de principios del siglo XX, lleno de botellitas de boticario y jeringas de vidrio, pedazos de cráneos y tejidos encapsulados en resina que bien podrían servir de pisapapeles, todo esto adornado con carteles de películas de terror o suspenso y series famosas de la televisión. Por ejemplo, se destaca uno de Dr. House autografiado por el elenco de la serie. “En las primeras temporadas de House utilizaban mucho mis cosas. Y un día me aparecí en el set y, empezando por Hugh Laurie, todos firmaron el cartel. Y pensar que esas cosas eran cosas para botar”.
A Herrera nunca se le olvida la tarde en que regresó de su trabajo y su esposa lo retó apenas pudo acomodarse en el sofá: “Bueno, Vidal, ¿qué vamos a hacer con toda esa basura que está en el garaje?”. La “basura” a la que se refería la mujer era una colección de objetos clínicos que incluían mesas, luces, frascos y demás utensilios que Vidal había acumulado en el ejercicio de su profesión como forense durante 20 años y que estaban a punto de colmar el sótano de su casa y la paciencia de su esposa. “Yo recuerdo que le respondí que no se preocupara, que ya haría algo con eso, pero de verdad no sabía si botarlo o venderlo como chatarra”.
A los pocos días, un conocido lo visitó en busca de alguna cosa que le sirviera como utilería para el piloto de una serie que estaba produciendo y que trataría temas sobre investigación con base en autopsias y rastros de ADN. Herrera lo llevó hasta el despelote de su garaje y le mostró lo que tenía. Su amigo no podía creer lo que estaba viendo y le ofreció 10.000 dólares por la mayoría de los objetos que reventaban el depósito.
“Cuando me dijo la oferta, yo la rechacé. Aunque parecía basura, había muchas cosas que no podía vender por tan poco”. Por ese entonces, no tenía la menor idea de las cantidades que se manejaban en el negocio de la televisión. Su amigo, que se convertiría en uno de los productores de la serie de la NBC Crossing Jordan, para la cual sería destinada toda la utilería, le respondió del mismo modo que si le estuviera revelando la ubicación exacta del santo grial: “No, Vidal, son 10.000 dólares por alquilarlos una semana”.
Vidal comprendió que esa “basura” era una mina de oro. La organizó debidamente con sus conocimientos del oficio, clasificó las cosas que eran útiles por especialidad, desechó los instrumentos gastados y rotos y construyó en el sótano de su casa un enorme cuarto de autopsias que a la vez se podía convertir en una sala de cirugía, con un mesón metálico, una enorme lámpara cenital en el techo, visor de radiografías, estanterías bien provistas para hacer creer que éste era un lugar serio donde se hacía medicina de verdad con gasas de mentiras, frascos que contenían cerebros de poliestireno, tripas de papel, tubos de ensayo de plástico, envases de blanqueador con etiquetas de la cruz roja. Y cuando tuvo listo todo el armazón médico, comenzó a ofrecer sus servicios.
Los pedidos no se hicieron esperar. Con la proliferación de series que basaban la investigación en las pistas forenses, como CSI y el reality de Discovery Channel Los Nuevos Detectives, se convirtió en el proveedor oficial de la TV. Series como Dr. House, Bones, CSI: Miami y luego películas como El juego del miedo II se llevaban cada semana una mesa, una lámpara, una estantería. “Llegué en el momento adecuado”, cuenta Vidal a través de un hueco en la pared de su morgue improvisada que simula la puerta de un refrigerador para conservar cadáveres. “Y no puedo quejarme. Con ese dinero pude pagar la educación universitaria a mis dos hijos”.
Durante los minutos que me hizo esperar Vidal en el parqueadero de su casa, alcancé a observar que en uno de los rincones estaban arrumados, como trastes viejos, unos cinco ataúdes de distintas texturas y colores. La materia prima de los sillones que después venderá a 3.500 dólares. Muchos de esos sarcófagos se los regalan en las funerarias después de los velatorios. “El primero fue una petición que me hicieron los de la serie True Blood“. Tiempo después, varios productores de Hollywood comenzaron a notar que, además de los utensilios y armatostes que les alquilaba cada semana, también necesitaban de la sabiduría artesanal de Herrera para evitar la fantasía sin estribos en los guiones de las series. Era un negocio nuevo: los programas policíacos de hombres rudos y poco seguidores de la tecnocracia y la genética como Baretta, el agente Sonny Crocket de Miami Vice o Magnun habían reinado por años, pero ahora había una nueva dinámica. Una que proponía que el bueno, y el que se llevaba a la chica, ya no era el que más puños pegara sino el que mejor dedujera un resultado a partir de unas evidencias que podían ser tan minúsculas como una gota de sangre en la bisagra de una puerta.
“Comencé respondiendo un par de preguntas que me pidieron los productores de CSI: Las Vegas cuando apenas empezaban. Después la gente me fue conociendo por la utilería y desde entonces me mandan los guiones para que los revise y les dé consejos”. De ese modo se convirtió, además de proveedor de utilería, en consultor técnico. El reto no era menor. Vidal Herrera recibía los guiones, hacía anotaciones según su criterio y los productores lo obedecían. Le tocó ser claro cuando, por ejemplo, les dijo a los creadores de una serie que una autopsia a media luz era inverosímil: “Aunque quisieran darle un ambiente de horror, no se puede, porque lo que más se necesita en esos momentos es luz”.
Dice que las escenas de Hostal, la película de 2005 en la que se muestran grotescas intervenciones al cuerpo humano, como el corte de un ojo o la tortura con un taladro, son casi un mal chiste para él. “Lo que pasa es que uno comprende que esto es entretenimiento. Las cosas que narran en esa película son imposibles, no son viables desde el punto de vista médico. Pero se hizo para vender, para entretener y uno tiene que comprender”, se resigna Vidal.
Pero también hay producciones que lo saben hacer bien. El ejemplo más claro lo expone Vidal con todo el rigor científico: durante varios años, asistió a talleres de capacitación sobre diversos temas forenses, entre ellos sobre los asesinos seriales. Escuchó sobre Ed Gein, que conservaba la piel y los huesos de sus víctimas, o sobre el caso de Gary Heidnik, que escondió en el sótano de su casa a seis mujeres sometiéndolas a las más pavorosas torturas durante un año. “Cuando vi El silencio de los inocentes me impactó muchísimo cómo habían logrado recrear eso tan monstruoso, pero sin exageraciones. Los gritos de la mujer, lo de la piel... para mí es una de las mejores películas. Me encantó. De verdad se notó que habían estudiado sobre el tema y eso, en este mundo, no pasa muy seguido”.
Por: Alejandro Millán / Los Ángeles /
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