Cultura |6 Sep 2012 - 11:51 pm
Un homenaje a Martine Franck, recientemente fallecida
El instante preciso
La primera mujer en hacer parte de la agencia Magnum. La esposa de Henri Cartier-Bresson. Lecciones de fotografía de una artista disciplinada y rebelde.
Por: Santiago La Rotta
Mujer en el Museo del Louvre. / Fotos: ‘Paris 79: 33 salon international de la photo et du cinema’ - Martine Franck
En 1971, Martine Franck tenía programada una exposición de sus fotografías en el Instituto de Artes Contemporáneas de Londres. Poco antes de que se abriera la muestra, un escenario importante para mostrar su trabajo, una buena oportunidad dirían algunos, canceló todo. La razón: en la invitación decía que su esposo iba a estar en la apertura.
La línea de entrada al corazón de Franck, las palabras precisas para entablar el romance: “Me gustaría ver tus hojas de contacto”. Quien las dijo fue otro fotógrafo, de nombre Henri Cartier-Bresson. La pareja se casó ese mismo año.
Mucho más que la esposa y la viuda de una de las figuras más prominentes de la fotografía, Franck fue fotógrafa: una artista del instante con una carrera prolífica que abarca algo así como 20 libros, medio centenar de exposiciones y un cuerpo de trabajo robusto que documentó la vida religiosa del Tíbet y los pobres de las calles de París.
Criada en un ambiente pleno de arte (un padre banquero de día, febril coleccionista en la noche), Franck desarrolló muy temprano un agudo sentido visual, una mirada particular para encontrar composiciones en la vida diaria, el gesto en la masa, el balance en el caos.
Su primera cámara llegaría poco tiempo después de graduarse de historiadora del arte. Leica, película en blanco y negro. Un equipo fiel y sencillo adquirido en Japón.
El método: el retrato honesto de la realidad. Aunque nunca fue una reportera gráfica de tiempo completo, una profesión llena de interrupciones, aviones, filas en inmigración, aventuras, peligros y complicaciones para la vida diaria, el trabajo de Franck se enfocó en ser testimonio, la voz de sujetos mudos en un mundo cambiante.
La obra de esta fotógrafa se inscribe en los principios defendidos por su esposo, aquellos de ofrecer un instante honesto y veraz, nada de manipulaciones, nada de negaciones, un mundo sin filtros, aunque bellamente retratado.
Los sujetos de sus fotografías aparecen desprevenidos, en el exacto momento en que el documento trasciende de mero registro a algo más. Sus composiciones son un estudio juicioso del detalle, la respuesta a la pregunta “¿qué le falta a este cuadro?”.
Este nivel de precisión es un asunto logrado mediante una disciplina observada con rigor y pasión. En una entrevista en 2007, Franck aseguró que su modo de fotografiar difería mucho del de su esposo, pues él “prefería encontrar cosas sin un plan, mientras que a mí me gusta hallar un tema y desarrollarlo”.
Casi siempre distante del glamour inherente a una ciudad como París, las fotografías de Franck, si no denuncia, sí constituyeron una suerte de investigación de la vida diaria más allá de los grandes bulevares y los Campos Elíseos.
Persiguiendo un interés particular en retratar otras culturas, la labor de Franck la llevó en varias ocasiones al Tíbet y a la India para fotografiar una y otra vez a los mismos sujetos con el ánimo de construir una narrativa más sólida, un documento menos efímero.
En 1983, entró oficialmente como miembro de Magnum, la agencia de fotografía fundada en 1947 por su esposo, entre otros, y que con los años se convertiría en uno de los referentes fundamentales de un arte profundamente influenciado por los cambios en la tecnología y en la forma de abordar desde los medios (principalmente los impresos) el relato de un mundo cada vez más entregado a lo instantáneo del entretenimiento. Fue la primera mujer en hacer parte del colectivo.
Más que la inclusión de género, la aceptación de Franck fue una validación definitiva a un cuerpo de trabajo que, para ese entonces, abarcaba más de 20 años de fotografías. Entre 1998 y 2000 fue la vicepresidenta de la agencia.
Las imágenes de Martine Franck, así como las de su esposo, son una lección de disciplina y entrega, un homenaje a la fuerza de la voluntad y el trabajo. Su forma de abordar la fotografía, desde el profundo interés por el otro, se erigió como una consigna en contra de la banalidad y la inmediatez. En 2001, Franck soltó en una entrevista una frase demoledora: “Los periódicos de ahora son un desastre absoluto, ya no trabajamos para ellos”.
Por: Santiago La Rotta
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