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Su apellido real es Zabala, porque el que tiene se lo donó Jorge Luis Borges una tarde en casa del escritor Augusto Mario Delfino cuando lloraba desconsolada porque su padre no la dejaba usar su nombre para ser actriz.
Desde los 14 años las cámaras la adoran y el público también. Más de 50 películas recorren su historial, así como varios programas de televisión y múltiples obras de teatro.
Su belleza, glamour y talento la consagraron como una de las grandes actrices de la pantalla grande ganándose el título de ‘Diva del cine argentino’.
Daniel Burman, el mismo director de Abrazo partido, El nido vacío y Derecho de familia, la dirige en Dos hermanos en el papel de Susana, una mujer de 54 años que oscila entre el delirio y las ínfulas de grandeza, entre lo patético y lo cómico. La película está basada en la novela Villa Laura, del escritor argentino Sergio Dubcovsky, quien también participó en la realización del guión.
Dos hermanos se adentra en el mundo de Susana y Marcos. Su madre ha muerto y ellos se ven enfrentados a convivir con las minucias del presente y los fardos del pasado. No se miran a los ojos. La comunicación entre los dos es frágil, lejana e individual. Se hablan cuando ven un programa de televisión o en situaciones en las que no debería haber un diálogo. Entre amor y odio se van debatiendo, y, sin embargo, en el fondo, sueñan con poder estar juntos con sus defectos y virtudes.
Con la voz ronca, que siempre ha caracterizado a Graciela Borges, agravada por un resfriado, responde del otro lado del teléfono.
Cuando tuvo el guión en sus manos, ¿qué fue lo que la hizo aceptar el papel?
Venía de hacer dos películas muy diferentes, pero ésta me gustó porque era totalmente distinta a lo que había hecho. Una película de una enorme melancolía. Además, el personaje de Susana me pareció muy especial.
Cada personaje interpretado deja algo, ¿qué le dejó Susana? ¿Qué sentimientos le despertó?
Antonio Gasalla me decía en los ensayos: “Ódiala, es insoportable”. Y yo le decía: “No puedo detestarla, tengo que intentar rescatar algo, amar algo de esa persona y después meterme en la piel de ese personaje para ver qué fluye por sus venas”. Hay que tener en cuenta que ese ser tiene vida y que hay que perdonarlo. Si eso no pasa, no lo podés hacer. Susana me dio mucha ternura porque en realidad todo el mal que hace es para ella misma, uno no entiende por qué actúa de cierta manera. Todo es para figurar, para un lucro social. Ella nunca dejará de ser como es, pero sabe de la necesidad de un abrazo más tierno.
¿Qué la marcó el haber trabajado con Daniel Burman?
Burman y yo somos amigos de hace mucho tiempo. Somos presidente y vicepresidente de la Academia de Artes y Ciencias de Argentina, y siempre habíamos querido hacer una película juntos, pero nunca habíamos encontrado cuál se podía hacer. Teníamos un tema de hace unos siete años y no lo pudimos hacer porque era carísimo. Y un día me dijo: “¿Qué vas a hacer en tal fecha?”. Y pensé que era un viaje de la Academia... “Ay, no sé, tengo tan pocas energías”. “¿Y vos qué vas a hacer?”. “Filmar con vos”, respondió. Es un director muy talentoso.
¿Y qué le dejó Leonardo Favio?
Leonardo Favio es una maravilla, es el más grande de los directores. En cuanto a emoción es un rey, hablo casi todos los días con él, lo quiero muchísimo. Hay gente que está en la vida de uno y que uno comparte y piensa en todo el arte y la maravilla de lo que son. No está del todo bien de salud para saber si filmará o no próximamente.
¿Y Lucrecia Martel?
Lucrecia es una diosa. Es una persona que ha tenido las mejores críticas sobre su cine. En el Fripesci (Federación Internacional de Críticos de Cine) nombraron La ciénaga como la mejor película de la década y creo que es así. Lucrecia filma de un modo en que nadie lo hace, porque construye unos climas que son imposibles de creer.
¿Cómo fue trabajar al lado de Antonio Gasalla? Un cómico haciendo de serio…
No es sólo un cómico, sino un formidable actor. Creo que algo personal ha tocado a Antonio por haber interpretado a este personaje, porque ha estado muy inmovilizado. Hizo algunas de las escenas como los dioses, ya que trabajó con fervor sobre este tema. Nos gozamos mucho la película, tuvimos algunas discrepancias, pero buenas, de esas que uno hace cuando investiga el personaje de cada uno.
Se ha ganado el apodo de la gran diva del cine argentino. ¿Cómo se siente en ese título?
No me importa nada lo de diva. Lo que hago es trabajar en la vida, un paso delante de otro como todos los días. El próximo diciembre seré abuela por primera vez. Será una bebita y eso me tiene contentísima. Lo otro es un simple sobrenombre. Si les parece simpático lo acepto y me parece bien, pero no tengo una vida de diva. Llevo una vida tranquila, no me gusta ser mediática, me cuesta la vida pública, asistir a los lugares, las luces. Nada existe más que trabajar, algunas veces estoy más contenta y otras menos.
En una sociedad que insiste tanto en la belleza, ¿cómo lleva el paso del tiempo?
El otro día leí que decían que tenía la edad en la honra. Eso me gustó mucho. Considero que no he cambiado demasiado. A los 66 años no haber cambiado demasiado es bueno. No he incurrido en cirugías molestas o cambios de cara, heredé la piel de mi madre, que era muy buena. Estoy contenta con lo que tengo.
Cuando mira sus actuaciones anteriores, ¿cuáles la hacen sentirse orgullosa y qué otras le despiertan lo contrario?
Hay unas que me gustaron mucho, como Pobre Mariposa, de Raúl de La Torre, con la que tuvimos mucho éxito en el Festival de Cannes. Es una película sobre los nazis en este lado de la tierra y creo que es muy inteligente y que hice un trabajo bueno. Lo recuerdo especialmente, además porque acaba de fallecer. A Bogotá vine a estrenar otra película de él, Crónica de una señora. Hice siete películas con Raúl de La torre, casi todas me hacen sentir muy elevada como actriz.
Con una trayectoria extensa, llena de premios y reconocimientos, ¿qué le falta por lograr, por hacer?
No sé, lo que venga, será. No pienso mucho en el futuro, porque es demasiado incierto. En realidad lo mejor y lo único vivo que tenemos es el presente.
¿Qué opinión tiene del cine argentino?
Me gusta siempre el cine argentino, porque se hace con mucho esfuerzo. Hay algo especial que lo hace brillar. Tiene mucha personalidad. Si de 50 películas que se hacen en un año, diez son deslumbrantes, eso ya es un milagro.