Blanca Varela: la poetisa de estirpe espiritual

Premios como el Octavio Paz y el Reina Sofía la convirtieron en un personaje influyente en su Perú natal.

Es posible que a los lectores colombianos el nombre de Blanca Varela les resulte desconocido. No es extraño que sea así: en éste, como en muchos otros lugares, la poesía es desde hace ya mucho un género poco editado y poco leído, a pesar de la proliferación de festivales y eventos poéticos. Sin embargo, Blanca Varela es uno de los nombres más importantes de la poesía latinoamericana. Y para los amantes de su obra, casi un personaje de culto, tan poderosa es su voz, y tan original su visión del mundo, cruda, a veces brutal,  y sin embargo profundamente amorosa.

Nada pareció faltarle a la vida de esta mujer peruana, perteneciente a una familia de gente que amaba el arte y la literatura, que estudió Letras y Educación en la Universidad de San Marcos allá por los años 40, que estuvo casada con uno de los más grandes poetas del Perú, Fernando de Szyzlo, que vivió en París, en Florencia, en Washington, y que en sus últimos años recibió toda clase de reconocimientos, incluido el Premio Octavio Paz de poesía y ensayo. Sin embargo, su poesía está cargada a menudo de dolor, o de una ironía y un humor que develan una visión amarga o crítica del mundo.

Al periodista Jorge Coaguila le dijo, en 1994: “Pienso que soy una persona crítica, aunque no pesimista. Trato de decirme la verdad, de buscar una verdad que pienso que es relativa, porque lo que es verdad para mí no puede ser verdad para los otros. También hay una especie de preocupación por la justicia. Digamos que la vida cotidiana, la vida social tiene máscaras. Me da la impresión de que pretendo saber qué hay detrás de esas máscaras”.

Y en efecto, en esa búsqueda de su verdad personal, Blanca Varela va tan lejos como puede. En su poema Justicia dice así:

vino el pájaro

y devoró al gusano

vino el hombre

y devoró al pájaro

vino el gusano

y devoró al hombre


Aunque, como todos, Blanca Varela sufrió pesadumbres y frustraciones, y además el gran dolor de perder a uno de sus dos hijos, su circunstancia biográfica no  aparece aludida casi nunca directamente en su obra. O si aparece –como siempre sucede cuando se escribe– lo hace transfigurada por la palabra poética, convertida en reflexión de carácter universal. Una de las pocas excepciones es Puerto Supe, el primer poema de su primer libro, una reminiscencia de su infancia en la costa, “junto a la gran morada sin ventanas/ junto a las vacas ciegas, /junto al turbio licor y el pájaro carnívoro”. Octavio Paz, que sabía que la muchacha treintañera escribía poemas, se los pedía de vez en cuando.

En 1959, en un acto de fe en su talento, que prueba lo aguzado de su ojo,  publicó y prologó, sin que ella apenas se enterara, su primer libro, Ese puerto existe. Fue el primero de muchos otros, que escribió lentamente, sin ninguna prisa, y quizá sin demasiada confianza en el valor de lo que hacía. En sus primeras obras muestra una fuerte influencia del surrealismo, pero, como dijo Paz, éste es de “estirpe espiritual” y no de “escuela”. Quiere decir esto que, aunque con un trasfondo onírico, hay en su poesía una voluntad comunicativa que nace de un dominio final de todos los hilos racionales. Y que, en vez de estar vertida sobre las conexiones maravillosas de la realidad, remite ésta a lo más hondo de su conciencia, donde se dan sus más valientes batallas:

(…)

es un sueño estás sola

no hay otro

la luz no existe

tú eres el perro tú eres la flor que ladra

(…)

La escritura de Blanca Varela va a ir buscando caminos, libro tras libro, siempre en el filo del riesgo, de la experimentación. Así, al lado de poemas de verso amplio, como el maravilloso Nadie sabe mis cosas, se atreve, en una época en que estuvo muy interesada en la literatura oriental, al poema brevísimo, cargado de lirismo o de magnífica ironía:


Poderes Mágicos

No importa la hora ni el día

se cierran los ojos

se dan tres golpes con el

pie en el suelo,

se abren los ojos

y todo sigue exactamente igual.

Como nadie, maneja ese valor supremo de la poesía que es la ambigüedad. Así, cuando escribe a manera de feroz diatriba,  “Ve lo que has hecho de mí, la santa más pobre del museo, la de la última sala, junto a las letrinas, la de la herida negra como un ojo bajo el seno izquierdo”, puede estar hablándole a un amante, o a un marido, o al género masculino en general, o a Dios, al que menciona a menudo en su poesía a pesar de confesarse no creyente. Habla como mujer, como “la que debe abortar en cada luna”, pero no como poeta feminista, pues no aceptaba rótulos para la poesía, como lo dijo muchas veces.

Blanca Varela ha muerto, pero es inmortal. Porque en sus manos la poesía fue un arma de indagación, de conocimiento, instrumento de comunicación en medio de la algarabía del mundo. Arte al que le dedicó la vida. La muerte la encontró sola, como a todos, y como ella siempre supo que estaba frente al poema: “sin más enemigo que yo/ yo/ y el gran aire de las palabras”.

* Escritora y docente antioqueña.

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