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Cultura| 22 Ago 2009 - 9:00 pm
Importante homenaje en Estados Unidos
Alfredo Molano adentro
Por: Myriam Bautista / Especial para El Espectador
Foto: Cortesía Aguilar - María Constanza Ramírez
Alfredo Molano perdió la cuenta de sus centenares de viajes por el país y a los 64 no para.El XVI Congreso de Colombianistas, que se realizó del 4 al 7 de agosto en la Universidad de Virginia, Estados Unidos, le rindió un homenaje al sociólogo Alfredo Molano Bravo, columnista de El Espectador y cronista de este diario y den las principales revistas del país. A pesar de que no pudo estar presente porque la embajada norteamericana no le renovó a tiempo su visa, la prestigiosa Asociación de Colombianistas, que promueve el estudio del país a nivel de humanidades y ciencias sociales, le hizo un reconocimiento al escritor de libros nacidos en caminos recónditos y de testimonios de los habitantes de la Colombia profunda y desconocida.
Los de Molano son libros especiales no sólo por lo que dicen, sino cómo lo dicen. Su modelo consiste en hacer crónicas de viaje que retratan con exactitud de cartógrafo la geografía áspera y amable del país y dibujan atmósferas, amaneceres, atardeceres y seres humanos con palabras simples y sencillas, con el fin de que el lector perciba las mismas sensaciones que las de los “viajeros”.
Sus crónicas de viaje no levantan polvareda, sus historias de vida, sí. En los testimonios que recoge y convierte en capítulos de libros o en libros enteros, nunca se llega a saber qué de lo publicado corresponde a la entrevista, qué a su autoría como sociólogo y qué a la ficción como literato. La fórmula es, sin embargo, muy exitosa y Molano se ha transformado en maestro para hacer minga con personas desconocidas, transcribir y ensamblar historias en las que cada quien conserva su individualidad, su sello propio.
Después de una interrumpida charla sobre su obra y sobre el homenaje de que fue objeto, saboreando un té verde con un pastel de canela, que le encantó como le encanta comer paella, ir a toros, enamorar inteligentes y bonitas mujeres que van y vienen por su vida, y consentir a su nieta, como tal vez nunca lo hizo con sus hijos a esa edad, a continuación su testimonio, intentando emularlo:
“Cuando regresé después de estudiar un posgrado en la Escuela de Altos Estudios en París, me metí al Llano, un sitio que quiero, porque lo recorrí en mis primeros años en compañía de mi padre. Sus historias, las de mis tíos, las de los peones, las de gente que entraba y salía, me parecían maravillosas y las disfrutaba. Volví con el deseo de repetir la experiencia, aunque debía hacer mi tesis sobre la renta de la tierra. Pronto me encaminé hacia otra parte. Por un lado, iban mis intenciones teóricas y académicas, y por el otro, lo que la gente me decía, me sigue diciendo, sin aburrirme un solo minuto. Abandoné la vaina teórica. Dos historias: la de un colono y la de un empresario, me fascinaron. Las transcribí, les hice un contexto con base en información secundaria y esa fue mi tesis. Mi director, Daniel Pécaut, no estuvo de acuerdo, discutimos muchas veces sobre el trabajo y su pregunta era, sigue siendo y será: qué de lo que le presentaba era mío y qué era inventado. No fue capaz de tomar una decisión, le pidió concepto a un personaje, otro profesor de la École, no recuerdo su nombre, especialista en historias de vida y el tipo dijo lo mismo: que ahí uno no sabía qué era literario y qué sociológico. Daniel me pidió que repitiera el trabajo y tomé en ese momento una de esas decisiones que se toman en ciertos momentos de la vida: radicales como escoger carrera, saber con quién se casa y de quién se descasa, y me descasé de Daniel, de la academia y me fui para lo que considero lo real, lo verdadero, lo que permite expresar el espíritu de lo que siento y quiero: comencé a escribir”.
“Mi primer escrito fue un opúsculo sobre los bombardeos del Pato, lo hicimos con Alejandro Reyes. El director de Cinep, Alejandro Angulo, nos dijo que fuéramos a ver lo que estaba ocurriendo con esa concentración, en el estadio de Neiva, de cientos de personas, huyéndoles a las bombas. Hablamos con varios de ellos. Una mujer me contó en una hora su vida y las de sus compañeros, 50 años de historia, desde antes de que esa región fuera República Independiente. Su testimonio lo volví historia de vida; Reyes hizo una interpretación del hecho y otro personaje, no me acuerdo su nombre, hizo un estudio semántico del lenguaje, porque era muy bello, cuidado, especial. Este material dio para un cortometraje de un mexicano, del que tampoco me acuerdo del nombre, ahora tengo una desmemoria total. El texto fue muy elogiado, pero interrogado por la Academia: ¿de qué se trata esto? No lo definí entonces como tampoco lo hago ahora”.
Los años del tropel, mi segundo libro, tiene su historia. Observé que la mayoría de los textos de los violentólogos eran interpretaciones y análisis de los testimonios recogidos por monseñor Guzmán en los años sesenta, no se tomaban nuevos y los viejos luchadores se estaban muriendo llevándose su cuento. Un amigo me consiguió fondos para hacer entrevistas a estos líderes. Hicimos la recolección de historias del norte del Valle y ahí comienzo a oír sobre Manuel Marulanda, la toma de Ceilán, otros guerrillos y sobre los chulavitas de Guavita, en el norte de Boyacá, o sea que ese libro tuvo dos componentes regionales muy fuertes. Ese manuscrito, porque en esa época escribía a mano, duró mucho tiempo guardado”.
“Luego, voy a trabajar a San José del Guaviare, con la Corporación de Araracuara. Cuando llegué me di cuenta de que por un lado iba el país y por otro lado esa región. De la coca nadie hablaba, pero todos sabían de los grandes cultivos y de su comercio pujante. De esa experiencia salieron Selva adentro como relato de viaje y Siguiendo el corte, historias de vida. También me hago el de la oreja mocha, tangencialmente toco el tema de la exportación de coca. Me tocó vivir una crisis de la coca y la salida de los colonos buscando otra manera para vivir: el oro del río Guainía y de ahí sale Aguas arriba, que tiene como antecedente Aguas abajo.
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