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La artista Carolina Convers nunca se sintió muy femenina. Por el lugar que ocupó entre sus hermanos o por su gusto irreparable por los tenis siempre sintió que a diferencia de su madre, que bailaba en el ballet y le enseñaba la elegancia a las más pequeñas, ella siempre habitó en el mundo con algo más de desparpajo.
Asuntos que fueron sucediendo en su vida en torno a la maternidad, al amor y a la soledad la llevaron a hacer una búsqueda muy íntima de ese universo desconocido: el de sentirse plenamente mujer. Indagando en el pasado dio con unos álbumes familiares que después de hojear la hicieron consciente del matriarcado que la había rodeado. En la secuencia de fotografías descubrió imágenes bellísimas en las que unos peinados, unos vestidos estrechados en la cintura y unos coquetos tacones rojos le hablaron de otra época, de otros modos de ser mujer en el mundo.
“Esto era realmente un búsqueda interior. A mí no me gustan los temas de actualidad o ideológicos, lo mío es más micropolítico, el cuerpo, la vida íntima, privada desconocida de las mujeres”, explica la artista.
Con una técnica mixta que incluyó escanear las imágenes y cargarlas al computador, y después hacer los colores y reinventar los contornos usando programas de diseño como Photoshop, Convers imprimió estos viejos retratos sobre unos acetatos de gran formato y los pintó al revés, por primera vez, explorando colores intensos, brillantes, en su obra.
Luego, como si la asaltaran los recuerdos de aquellos años en los que su madre infructuosamente intentó enseñarle la primera posición y el demi-plié, esta artista convirtió sus cuadros en una especie de espejos en donde aparecían sus tías, su madrina, su abuela en una coreografía, en un salón de baile. La repetición, los fragmentos, le permitieron, por un lado, llenar la obra de mucho movimiento y, por otro, convertir ese mundo tan propio en uno que pudiera identificar cualquier mujer.
“La mayoría de las pinturas tienen desarticulado el rostro, es más, oculto, porque a la final son cuerpos anónimos, es una mujer, pero somos todas, somos esa forma de voltear el pie, esa manera en la que nos asomamos por la ventana y posamos las manos sobre la cintura”, comenta la artista, que en una de sus pinturas retrata a su tía soltera —toda familia tiene una—, que ya cumple 80 años y que aparece asomándose en un balcón en Sevilla. La imagen es como el retrato de la espera, de la incertidumbre, de la pesadumbre, sentimientos que se avivan a fuerza de ver repetido una y otra vez su gesto.
“Esta exposición, Evocación y retorno, es un gesto de gentileza con las mujeres de mi familia que al final retratan los universos femeninos en el que muchos nos hemos criado”, asegura Carolina.
Este proyecto, expuesto en la Galería Mundo, forma parte del ciclo “Diez por 10 + uno”, en donde 10 jóvenes artistas presentan su trabajo durante diez días en la galería.