“Vallejo está en la cumbre literaria”

Investigador belga Jacques Joset le explicó a <b>El Espectador</b> la dimensión que está tomando la obra del polémico escritor antioqueño.

Como a la mayoría de lectores europeos, Fernando Vallejo agarró por el cuello al catedrático emérito de la Universidad de Lieja y reconocido crítico literario, Jacques Joset, con su novela prima La Virgen de los sicarios (1994). Hasta ese momento el belga era un filólogo hispanista experto en el Nobel colombiano, editor de Cien años de soledad (1987) y autor de Gabriel García Márquez, coetáneo de la eternidad. Sin embargo, el descubrimiento de la blasfemia dialéctica de boca y puño de una especie de Cioran tropical en Medellín lo obligó a cambiar el rumbo de sus investigaciones, a pasar del realismo mágico del costeño al realismo violento del paisa.

El resultado de su vertiginoso viaje a través de las diez novelas que ha escrito Vallejo, la más reciente El don de la vida, es un ensayo de 211 páginas titulado La muerte y la gramática. Las dos obras salen desde mañana al mercado, la primera bajo el sello editorial Alfaguara y la segunda con el de Taurus.

Joset logra identificar los principales derroteros creativos de Vallejo. Explora a fondo la influencia del poeta Louis-Ferdinand Céline desde la adolescencia, en especial de la obra Viaje al fin de la noche, así como las coincidencias de pensamiento del colombiano y el francés incluso hasta la creación final de este último, Rigodon, dedicada a los animales. Los dos rechazan los dogmas ideológicos contemporáneos y asumen una postura antihumanista que los hace capaces de despreciar hasta a su propia madre. Los dos también confluyen en el tema de la muerte, columna vertebral de sus libros.

Es un ejercicio riguroso de literatura comparada que lleva a Joset a confrontar a Vallejo en su casa en México y a través del correo electrónico para sentar las bases de una crítica profunda que ubica al polémico escritor en la cima de la literatura, por la fuerza de sus diatribas, por el impacto que han tenido en América y Europa. Esto a pesar de que en su caso es inútil aspirar a verdades absolutas porque en él todo es contradictorio.

Joset también evidencia que llegó el momento de dejar de entrevistar a Vallejo en busca de titulares de periódico, lo que ha llevado a la opinión pública a valorarlo más por su cantaleta que por su prosa, para meterse de lleno en la trascendencia de su literatura.

“¿Ese pederasta amargado un clásico?”, me dijo enervada esta semana una crítica suya que no lo soporta pero tampoco lo ha leído con juicio. Pues según le dijo Joset a El Espectador, sí. El efecto Vallejo crece a nivel internacional como una bola de nieve. Lo confirma desde Nueva York su agente Tom Colchie, cabeza de la prestigiosa agencia que ha autorizado traducciones a 15 lenguas en los últimos dos años. Sus novelas más traducidas son La virgen de los sicarios, también llevada al cine por el franco-iraní Barbet Schroeder (2000) y El desbarrancadero, cuyas ediciones en polaco y checo acaban de llegar a la casa de Vallejo en Medellín.

El belga se identifica con las palabras de Alberto Quiroga, autor de reseñas de la narrativa de Vallejo: “La frase corta, impulsiva, llena de interjecciones, de gritos, de exclamaciones, de cambios intempestivos de humor… el vértigo en unos claroscuros tenebrosos, densos, turbulentos, despiadados, crueles, criminales”. Otra parte del ensayo de Joset está dedicada a las “autoficciones” de Vallejo a través de “un yo narrador que se autoriza todas las libertades, hasta las de ‘mentir’ sobre sí mismo”, a ojos de Quiroga “un yo pendenciero, absoluto, castigador, que no da tregua y fustiga a diestra y siniestra como un dios rabioso y vengativo”.

¿Por qué Vallejo manda al diablo la omnisciencia de los autores de tercera persona, desde Dostoievsky hasta García Márquez? ¿Por qué ha desmitificado a Darwin con su Tautología (1998) y a Newton con el Manualito de imposturología física (2005)? ¿Por qué apenas reconoce influencias de Cervantes, “el más grande escritor”, y Mujica Láinez, “el más grande prosista”? ¿Por qué le da estatus a la grosería, al “hideputa cervantino” y al “hijueputa colombiano”? Según Vallejo, en El Quijote descubrió la fuente de “una sarta de palabrotas” para echarle a alguien “un baldado de vulgaridad”, aunque allí no encontró “el horror de la vida” que le dio esa mala madre llamada Colombia. Las respuestas están en el texto de Joset, que descalifica el facilismo de quienes ubican a Vallejo como “escritor maldito”.

Respalda sus denuncias abiertas contra las perversiones de la democracia y la demografía desbocada pero enseguida lo critica porque “no me parecen aceptables su misoginia ni su desdén por la ‘chusma’”. Deja en claro, para quienes se atreven a dudarlo, que Vallejo no es un escritor del montón sino un insigne gramático normativo, graduado desde que publicó Logoi en 1983; un ideólogo marginal al que ubica, inspirado en el arte y el perfil del pintor inglés Bacon, en el “fascinante cruce de caminos entre la poesía y el horror, la violencia y el sexo”. Se puede decir que Joset establece la “unidad subterránea” de la novela vallejiana y explora el ritmo de sus letanías, de su “burla suprema”, hasta asimilarlas a la música, considerada por el autor colombiano como el arte supremo. Y deja entre líneas una advertencia: que a Colombia no le pase lo que a Francia con Céline, que lo marginó y satanizó, y después de muerto desenterró su obra tras reconocer que decía verdades que una nación debe oír.

El Espectador. ¿Fernando Vallejo ya ocupa un lugar en la literatura universal?

Jacques Joset. Si consideramos que desde el modernismo, las literaturas de Hispanoamérica desempeñan un papel cada vez más protagónico en el discutible concepto de literatura universal, parece obvio afirmar que Fernando Vallejo ocupa una de sus cumbres actuales.

Usted que ha estudiado a fondo a García Márquez y a Vallejo, ¿qué paralelo puede hacer entre mundos reales ficcionales como Macondo y ‘El desbarrancadero’?

A García Márquez y menos a Vallejo le haría gracia la pregunta. Lo único sensato que se podría contestar es que cuando Gabo inventa Macondo, Vallejo recrea Medellín. El del antioqueño no es para nada un realismo mágico; es un realismo, si tiene la palabrota algún sentido en crítica literaria, que se precipita hacia la nada.

¿La obra de Vallejo tiene la suficiente fuerza y trascendencia para aspirar a un Nobel de Literatura?

No se trata ni de fuerza ni de eficiencia. Se trata de la aceptación posible del Nobel de Literatura por Vallejo. Sé que no rechaza por principio premios y honores —recogió el Rómulo Gallegos de 2003 y el Doctorado Honoris Causa que le otorgó la Universidad Nacional el año pasado—, pero no sé si soportaría inscribirse en una lista donde figura ya García Márquez. Por otra parte son muchos los escritores con o sin méritos que están en la carrera del Nobel y que aspiran a integrar la nómina. Pienso que Vallejo no participa en la competición. Y para terminar: ¿cree que los miembros del jurado están dispuestos a escuchar el discurso políticamente incorrecto que no dejaría de soltar Vallejo en la ceremonia de recepción?

¿Cuánto tiempo completa siguiéndo a Vallejo y cómo estudiarlo sin que la metodología de investigación se vuelva caótica como su obra?

Hice mis pinitos con un articulillo sobre La Rambla paralela en 2005 y desde hace cinco años le sigo la pista al escritor con los recursos de una formación de hispanista y de filólogo romanista. El rigor de un aprendizaje que no venía aún pervertido por los estudios culturales acota la pasión y el caos cronológico de mis lecturas.


¿El discurso blasfemo de Vallejo sorprende a autores o intelectuales europeos?

Desde un principio un intelectual que sea europeo, africano o latinoamericano no tiene que dejarse sorprender por un discurso literario. Es más, lo espera consciente o inconscientemente. Si un texto, siquiera de Vallejo, lo sorprende, no es un intelectual. Al lector del montón, el de Carlos Zafón o de Dan Brown, por ejemplo, claro que lo perturba el discurso de Vallejo.

¿Cómo compara el impacto de Vallejo en Europa y en América?

No puede ser el mismo. La recepción de un texto literario viene determinada por las condiciones concretas, espaciales y temporales, de lectura. Eso vale para Vallejo como para García Márquez y para todos los escritores habidos y por haber. Por otra parte es evidente que dicho impacto es mucho más fuerte en España que en Francia (donde no es nada inocuo) o en Alemania.

¿Y entre el público anglosajón?

No lo sé. Soy romanista y ni siquiera conozco las traducciones de Vallejo al inglés.

¿Al nivel de quiénes en la literatura universal pondría hoy a Fernando Vallejo?

El mismo concepto de literatura universal, un tanto esencialista, me parece discutible. Más vale hablar de literatura comparada que remite a redes textuales interactivas. Pero a uno por más “aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles” (Don Quijote, I, 9), se le escapará siempre un “papel” importante. Es muy posible por ejemplo que desconozca la existencia de un Fernando chino.

¿Cómo asimilar y catalogar en Vallejo ese juego entre el dominio pleno de la gramática española y, a la vez, validar a nivel literario lo vulgar?

En verdad no hay contradicción entre lo uno y lo otro como si no se pudiera increpar a Dios en una lengua correcta. En eso Vallejo no es nada original: el “Comte de Lautréamont” por ejemplo lo había hecho genialmente en 1868-1869 al publicar Les chants de Maldoror. Con un reparo: nunca Vallejo ni Lautréamont son vulgares.

¿La forma en que aborda en sus obras lo sexual, llegando según sus críticos, a promover la pederastia, afecta la universalización de su obra?

Todo lo contrario. Se sabe, por lo menos desde Freud, que lo sexual es un motor esencial de la vida, y no sólo de la humana. Los que le atribuyen una promoción de la pederastia son o bien lectores apresurados de su obra o bien inocentes que caen en la trampa de la provocación de unas entrevistas suyas.

‘El don de la vida’ es una perorata magistral de Vallejo con la muerte, pero ¿qué opina de la carga sexual desde la primera línea?

Quedarse en lo sexual para definir esa obra me parece a la vez una exageración y una reducción del alcance ideológico de la obra. Los que van más allá de la primera frase (“—¿Quién tiene la verga más grande en este bar de maricas?”) descubrirán que el verdadero tema del libro es como en todos los demás la muerte.

¿Cree como crítico que a Vallejo, por la fuerza de su punto de vista narrativo y su gran yo, se le puede atribuir la invención de la “autohagiografía”?

Lo de “autohagiografía” es una tomadura de pelo más de Fernando Vallejo. El género al que se atiene es la autoficción en sus más variadas modalidades. Lo que ocurre es que Vallejo le da un sesgo original y propio al género, que tampoco inventó. Existe desde antes de que el crítico francés Serge Doubrowski le dio la fe de bautismo o sea la etiqueta en 1977.

¿Por qué se quedó con el título ‘La muerte y la gramática’?

Era el que mejor correspondía al contenido: la muerte es la gran obsesión de Vallejo desde su primera autoficción.

¿Cree que Vallejo sí es un potencial suicida o es una pose que utiliza a conveniencia?

Se ha dicho lo mismo de muchos otros escritores cuya filosofía no respira el optimismo, que digamos. Estoy pensando en Cioran o en el Sartre de La náusea. Se murieron en su cama.

¿Qué aprendió que no sabía de literatura leyendo a Vallejo?

Ya que tengo un año menos que Vallejo y que, como Mallarmé, “j’ai lu tous les livres” (‘he leído todos los libros’), tuve la gran alegría de descubrir que un texto literario aún podía conmoverme.