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Cultura| 24 Jul 2008 - 10:20 pm
Hace 45 años Editorial Suramericana publicó ‘Rayuela’
Cortázar el enorme
Por: Ricardo Abdahllah/ París, Francia
“Cuando estés allá, ve y decile a Julio que lo queremos mucho”, le encargaron algunos amigos al escultor Julio Silva cuando supieron que se iba para París. El recado encerraba ya que Silva sería el “otro Julio”, pero no le molestó y aún se refiere a sí mismo de esa manera. Con eso en mente, bajó del tren en Gare Saint Lazare en marzo de 1955. No tenía mucho dinero ni pasaje de regreso y sabía que tendría que trabajar en lo que fuera, pero conocía también que en Buenos Aires ya había visto lo que había para ver. Algunas semanas después de su llegada, Silva se detuvo frente al edificio de la Unesco en la Avenida Kléber para transmitirle al otro Julio el mensaje que le habían encomendado.
“Abrí la puerta de su oficina, él estaba sentado en su escritorio y como era tan alto me pareció que nunca iba a acabar de ponerse de pie”, dice Silva en su apartamento, cuyos tres niveles están casi del todo ocupados por las máscaras que colecciona. La mayoría son africanas, pero hay también asiáticas y centroamericanas. Las mexicanas se distinguen por lo coloridas. Silva dice que no sabe cuántas tiene y organiza las fotografías para el catálogo de lo que será una donación importante a un museo de Buenos Aires. En las paredes pueden verse también algunos de sus dibujos originales. Por número, están en desventaja frente a las máscaras, pero es más notoria la diferencia de temperamento. Las máscaras, las nigerianas sobre todo, inspiran miedo a los mortales y al menos respeto a los temerarios; las figuras en las pinturas de Silva siempre parecen estar sonriendo o al menos intentando sonreír.
Decir que parece que Silva hubiera pintado cronopios parecería fruto de un exceso de emociones cortazarianas, si no fuera porque Silva hizo también la portada de Historias de cronopios y de famas. Del encuentro en la oficina de la Avenida Kléber, una vez que Cortázar terminó de ponerse de pie, nació una amistad de la que salieron innumerables cenas y un buen número de proyectos comunes. Silva fue el responsable de la original diagramación de La vuelta al día en ochenta mundos y con sus dibujos inspiró a Cortázar los textos de Los discursos de Pinchajetas y Silvalandia. La portada de esta obra muestra a los dos Julios con cara de cronopios, que le tendrían miedo a un ejército de máscaras camerunesas. En el dibujo Cortázar es el más pequeño. A lo mejor no están dibujados en proporción a su estatura real sino a su capacidad culinaria.
“Silva es un cocinero excelente” dice Tomasello. “Cuando cenábamos con él y con Cortázar y Yurkievich en mi casa, yo hacía algo sencillo. Una milanesa o una pasta, que también le gustaba a Cortázar. Silva en cambio inventaba cosas”.
Como Cortázar y Silva, Luis Tomasello es argentino y desembarcó en París en los cincuenta. Desde hace cuarenta y cinco años vive cerca del cementerio de Père Lachaise, en una casa que ha ido agrandando a partir del taller original que le compró a un carpintero que lo tenía abandonado y en el que adaptó un apartamento. Conforme pudo mover los muebles y ampliar la construcción, la habitación inicial ha vuelto a ser un taller. Llueve y hay un gato negro que no se ocupa de uno de esos ratoncitos pequeños de metro que vagabundea entre los listones de madera. Tomasello, aunque se recupera de una pierna rota, no deja de trabajar en las esculturas cinéticas a las que se ha dedicado desde los sesenta, por la época en la que una arquitecta argentina que lo conocía le dijo que una pareja con la que ella había trabajado buscaba a alguien para que les pintara su apartamento. Aunque Tomasello no era ese tipo de pintor, las finanzas no iban bien y ese trabajo le permitiría ganar algún dinero mientras llegaban las exposiciones y los compradores.
La casa en la Plaza del General Beuret que Tomasello pintó sigue siendo el hogar parisino de Aurora Bernárdez y el apellido Cortázar aún puede leerse en el buzón. Fue allí donde el escritor terminó Rayuela, que había comenzado en un cuartico del 7ème mientras trabajaba en El perseguidor. Ese cuento, el mismo Cortázar lo dijo, abrió para él, en cuestiones de fondo, el
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